El fútbol, como el país, vivirá un año en peligro


El descontento ciudadano, como no podía ser de otra manera, permea
todo dentro de una sociedad. La muerte de un hincha albo, y sobre
todo la intervención de la jueza encargada del caso, enardecieron aún
más los ánimos ya enardecidos y en Coquimbo tuvimos ya la primera
muestra de aquello.


La dirigencia de la ANFP, los clubes, no pueden alegar haberse sentido
sorprendidos por los graves incidentes que determinaron la suspensión del
encuentro entre Coquimbo Unido y Audax Italiano, el pasado viernes,
cuando recién transcurrían 17 minutos de juego.
Desde el trágico fallecimiento de Jorge Mora, hincha albo atropellado y
muerto a la salida del Estadio Monumental el martes pasado, luego de
concluido el partido entre Colo Colo y Palestino, sectores más duros e
ingobernables de la hinchada del fútbol ya habían advertido que, si no había
justicia, tampoco habría fútbol.
Si algo faltaba para enardecer aún más ánimos que ya están enardecidos
desde el estallido social del 18-O, las impertinentes frases que lanzó la
jueza Andrea Acevedo, del 14° Juzgado de Garantía de Santiago, durante la
audiencia de formalización de Carlos Martínez, el carabinero que conducía
el camión de caballares que arrolló a Mora, provocándola la muerte, fue la
gota que rebasó el vaso.
Yendo mucho más allá de sus atribuciones, y apelando a inaceptables
prejuicios, la jueza Acevedo dio a entender que para ella el hincha albo era
un delincuente, “por pertenecer a la Garra Blanca”, y que lo más probable
es que hubiese ido además borracho, “porque por algo venía saliendo de un
partido de fútbol”.
Nada que pueda sorprendernos en esta sociedad de morondanga que nos
han legado sucesivos gobiernos ineptos y acomodados. En este país, al
mapuche le pusieron etiqueta de curado, al trabajador la de flojo y al
ciudadano común la de un fresco que quiere que se lo regalen todo.

En simple, y sin tener ningún antecedente, como ella misma lo reconoció,
condenó a la víctima y adelantó que el carabinero Martínez no estará ni un
día detenido.
Nadie sensato esperaba que el funcionario de carabineros fuera condenado
y preso. No en este país, en que la justicia, supuestamente ciega al
momento de cargar la balanza para uno u otro lado, tiene siempre un ojo
muy abierto para fallos donde los poderosos, y quienes están encargados de
defender que lo sigan siendo, libran siempre piola. Mucho menos en este
caso, caratulado como cuasi delito de homicidio. Pero lo que resultó inaceptable fue que esta jueza de pacotilla vomitara todos sus prejuicios sin la más mínima consideración por el fallecido, familiares y amigos de Mora, ni respeto por una investidura que la obliga, aunque sea en apariencias, a mostrarse imparcial y objetiva.
Gracias a esta jueza papanatas el país pudo enterarse, después de más de un
siglo de fútbol, que nuestros estadios son una verdadera fábrica de borrachos, por más que al interior de ellos el consumo de alcohol esté prohibido. No sólo eso: que pertenecer a una barra te transforma automáticamente en delincuente.
Intolerables prejuicios, injusta estigmatización.
Sería como concluir que el Poder Judicial, y entre ellos esta jueza, está
lleno de corruptos y coimeros, a causa de incontables fallos en que siempre
-y sospechosamente- ganan los mismos.
Suspendido el fútbol a finales de octubre del año pasado, la actividad se
reanudó en este 2020 con claros signos de que el bálsamo que supuestamente es para las masas lo era hasta por ahí no más. Y es que la ira que tomó el lugar de la supuesta mansedumbre de la gente luego del estallido estaba morigerada, pero nunca muerta.
La rabia por un estado de cosas intolerable estaba, en suma, latente. Y se
pudo apreciar eso en los estadios (entre ellos el propio San Carlos de Apoquindo) e incluso en festivales de música, cuando el cantito machacón,
grosero e insultante hacia la figura de Piñera surgió reiterado con la
potencia de miles de voces.

Dedicatoria extendida luego a Carabineros.
Incluso en Curicó, la tarde del debut del equipo local frente a Deportes La
Serena, y cuando todavía “no había pasado nada”, la hinchada dueña de
casa desplegó un inmenso lienzo que se hacía eco de las demandas de la
gente y apuntaba a la sordera de quien gobierna, con la complicidad y/o
lenidad de sectores políticos teóricamente “opositores”.
“Si no hay justicia, tampoco habrá fútbol”, fue la clara amenaza de la
“Garra Blanca” tras la muerte del hincha albo, que llevó a recordar aquel
día en que esta agrupación, que por cierto cuenta con muchos elementos
indeseables, se dio el lujo de detener un partido entre Unión La Calera y
Deportes Iquique, en el estadio de La Florida. Y, con ello, precipitar el
abrupto final de un torneo a esas alturas balbuceante.
Por todo ello es que lo ocurrido en el “Francisco Sánchez Rumoroso” es
censurable, pero en ningún caso inesperado. Alrededor de medio centenar
de hinchas invadieron el campo de juego portando un lienzo que decía: “Calles con sangre, canchas sin fútbol”. Hasta ahí, todo bien, hasta que la
turba, fuera de control porque sabe que quienes deben controlarlos carecen
de toda autoridad moral para combatirlos, como Piñera y las fuerzas del
orden, arremetieron contra la caseta del VAR, rompieron cinco cámaras y
agredieron cobardemente a personal del Canal del Fútbol.
Cristián Garay, árbitro de la brega, determinó que no estaban las
condiciones de seguridad necesarias y decidió suspender el partido. Hecho
que no sólo abrió un paréntesis de duda acerca de la fecha de su reanudación, sino que hasta puso en peligro el encuentro que el martes, por la Copa Sudamericana y en el mismo escenario, debe sostener el cuadro “pirata” frente al venezolano Aragua F. C.
El censurable hecho ocurrido en el reducto coquimbano dejó en claro,
además, las graves falencias que en el aspecto de la seguridad presentan
nuestros estadios. Y es que, sin la presencia en su interior de carabineros,
que hasta podrían ser un factor más para la violencia dada la conducta
observada durante todo este tiempo, la seguridad corre por cuenta del
cuadro que ejerce como dueño de casa. En otras palabras, el orden es
supervisado por guardias privados que carecen por entero de preparación y
de los elementos imprescindibles para mantenerlo.

No sólo eso: como las Sociedades Anónimas Deportivas escatiman hasta el
último peso, el número de guardias que contratan suele ser, además, absolutamente insuficiente para la masa que asiste.
Menudo problema se compraron, pues muchachos, cuando sin tener dedos
para el piano se metieron en esto del fútbol concebido como un negocio: o
se dotan de medidas de seguridad realmente eficientes, o van a tener que
seguir reduciendo el aforo de los diferentes recintos. Porque carabineros
dentro de los estadios nunca más. Un servicio público no puede estar para
el beneficio de privados que buscan el lucro.
Lo concreto es que el fútbol, como el país, seguirá viviendo un año en
peligro. Sencillamente porque es mucha la violencia institucionalizada
como para que la masa no se crea con derecho a responder también con
violencia frente a la humillación y al abuso.
Lo que pasa es que la violencia ejercida por una turba es chocante, repele y
produce entre indignación y miedo. La violencia que ejercen los poderosos
-leáse autoridades, políticos, fuerzas del orden, empresarios y un largo
etcétera- es silenciosa, sibilina y sutil, pero no menos devastadora cuando
quien la sufre es la inmensa mayoría.
A eso nos han llevado quienes reemplazaron una dictadura para beneficio
propio, pero olvidándose por completo de la gente, de sus sueños, sus necesidades y aspiraciones.
¿Esperaban que eso fuera eterno, manga de sinvergüenzas?