El Godfrey Stevens que conocí

Lo vi pelear, pero sólo lo traté más íntima y profundamente cuando su luz como pugilista hacía rato se había apagado. Criterioso, caballeroso como el que más, nunca habló mal de nadie ni buscó excusas para explicar alguna de sus derrotas.

 

Fui más cercano a Godfrey Stevens cuando su luz como boxeador se había apagado. Lo había visto pelear en un par de oportunidades, suficiente para gustarme como pugilista, pero poco para tratarlo y conocerlo más íntimamente. De hecho, sólo lo tuve personalmente cerca por primera vez cuando, una fría mañana invernal de 1969, nuestro profesor de Periodismo Informativo en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile –Camilo Taufic- lo invitó para que, muy temprano, llegara hasta calle Los Aromos, detrás del Pedagógico, a darnos una charla con entrevista posterior incluida.

Sin saber, ni sospechar siquiera lo que depararía el destino, junto a un par de compañeros me correspondió recibirlo y darle la bienvenida en la puerta principal del Pedagógico, que daba a José Pedro Alessandri, siempre más conocida como Macul, y posteriormente acompañarlo a que tomara la movilización colectiva de regreso a su hogar.

En ese momento, su pelea por la corona del mundo de los pesos pluma se veía cercana en el horizonte, pero producto de su campaña, y de las gestiones que al más alto nivel realizaba un Manuel Sojit tan busquilla como parlanchín, ésta se llevaría a cabo apenas meses más tarde, en la capital de Japón.

Para que se entienda mejor: Sojit, en aquella época, cumplió un papel tan trascendental en la carrera de Stevens como la que cumpliría, años más tarde, Juan Carlos “Tito” Lectoure con Martín Vargas.

Recuerdo que, aquella vez, Godfrey causó una buena impresión entre los noveles estudiantes de Periodismo. Lejano por completo a la fanfarronería, Stevens se mostró criterioso, respetuoso y educado. Recordé aquella vez, también, que era habitual que, terminados sus combates, y más allá de lo cruentos que hubieran sido, Stevens tomaba el micrófono para dirigirles una palabra de agradecimiento a todos aquellos que, por apoyarlo, habían llenado una vez más el Teatro Caupolicán.

Es que era, sin duda, un boxeador especial. Uno que, surgido de un sector eminentemente popular, como la Población Juan Antonio Ríos, y sin mayores estudios, tenía una educación y un don de gentes que sobresalía.

La historia cuenta que, gustándole otras disciplinas, optó por el boxeo, aunque nadie le augurara un mayor futuro. Como muchos, apareció un día cualquiera en el Gimnasio México deseoso de aprender y de defenderse de mejor forma ante conflictos que en su barrio eran frecuentes.

Delgado, de baja estatura, un poco esmirriado incluso, Stevens por pinta no sedujo a nadie. Pero perseveró y poco a poco fue derribando barreras que, sin embargo, nunca aventaron del todo los “sí, pero…”. Y es que Godfrey, sin duda, fue aprendiendo y evidenciando una técnica superior a la media, sólo que hasta el más neófito no podía dejar de considerar su carencia de pegada definitoria como el gran escollo para saltar al más alto nivel competitivo con posibilidades.

Hubo, sin embargo, un entrenador que siempre creyó en él: Emilio Balbontín, uno de los técnicos nacionales que más profunda huella dejaron en su paso por los cuadriláteros. Y es que, para “don Emilio”, el boxeo más que una lucha era un arte, donde la inteligencia y la técnica tendrían siempre la primera opción frente a la simple fuerza bruta.

Superando las dudas y los malos augurios, Stevens debutó profesionalmente el 26 de febrero de 1960, en el Teatro Caupolicán, mismo escenario que, en 1963, lo vería coronándose como campeón de Chile, tras superar por puntos y en forma unánime a Elías Vargas.

Tras dos batallas épicas frente a Carlos Cañete, en el Luna Park de Buenos Aires, Godfrey Stevens finalmente se consagró campeón sudamericano de peso pluma, derrotando al argentino Jorge “Cucusa” Ramos, en el año 1967.

Defendió exitosamente su corona en seis oportunidades, superando a ranqueados mundiales como el colombiano Antonio “Mochila” Herrera, el estadounidense Bobby Valdez y el mexicano José “Copetón” Jiménez.

Preparándose para pelear por el título del mundo, enfrentó también a “Kid” Pascualito (paraguayo), José Smecca (argentino), Enilson Gomes (brasileño) y Don Johnson (estadounidense).

Así, hasta que el 8 de febrero de 1970, tendría la gran oportunidad de su vida, desafiando en su propia casa a Shozo Saijo, campeón del mundo de peso pluma. Un combate que, muy de mañana por la diferencia horaria, veríamos transmitido en directo desde el Gimnasio Budokan de Tokio, Japón, a través de la naciente Televisión Nacional de Chile.

La historia y las imágenes cuentan de una pelea más que digna de Stevens, pero en la que nunca llegó a tener posibilidades de ganar. Siete años mayor que el campeón, la superior trayectoria y experiencia del chileno no alcanzó. Saijo era tan técnico como Stevens, pero más fuerte y con una potencia en los puños de la que el nuestro siempre careció. Con un sistema de puntuación distinto al que conocemos ahora, las papeletas de los jueces resultaron tan claras como irrefutables: Ken Morita votó 74-6, Masao Kato 73-66 y Tadeo Ugo 74-66.

Increíblemente, el regreso de Stevens al país resultó sorprendentemente apoteósico. Miles de personas se dieron cita en Pudahuel para darle una bienvenida que en el resto del mundo no se entendió. Nosotros sí. En esos años todavía seguía vigente la colosal tontería de los denominados “triunfos morales”.

El hecho, sin embargo, debe interpretarse como el profundo y genuino cariño que Godfrey Stevens despertó siempre en el aficionado. Cariño que yo dimensioné mucho mejor cuando, siendo periodista de El Mercurio, ubicado por esos años en Compañía con Morandé, me lo encontraba seguido en los paseos peatonales y compartíamos más de un café.

Y es que Godfrey era todo un caballero. Jamás me “peló” ni habló mal de nadie. Ni siquiera de Emilio Balbontín, con el cual al final terminaron distanciados. Y para qué decir si a la charla, por pura casualidad, se sumaba Miguel Merello, leal amigo, gran periodista y profundo conocedor del boxeo. La conversación se transformaba en todo un “café concert”.

Acaso la única vez que lo vi triste a Godfrey fue cuando Merello, comentándole su definitivo retiro, lo retó por haber ido a enfrentar a Alexis Argüello, el mejor boxeador nicaragüense de todos los tiempos, para cosechar una previsible derrota por nocaut. Stevens aquella vez reflexionó diciendo: “Es que es el destino del boxeador, Miguelito. Cuando uno quema sus últimos cartuchos y llega una oferta como ésa, no se puede decir que no, porque hay que seguir viviendo y manteniendo la casa. Sólo después uno se da cuenta que lo llevan para hacer de trampolín de una figurita emergente y nada más”.

Fue la última vez de Godfrey arriba de un ring.

Hasta que, de repente, a Godfrey no lo vi más. Sólo después me enteré de que, junto a su familia, se había ido a radicar a Australia, buscando una tranquilidad y una seguridad que, para su veteranía, el país era incapaz de entregarle.

Por eso mismo, la noticia me golpeó rudamente este sábado 20 de agosto. Y es que, aunque Godfrey tenía ya 84 años, y hace tiempo venía con su salud delicada, uno siempre quiere creer que todavía es pronto para pensar en el definitivo adiós.