El hendra, una amenaza alada

Grandes congregaciones de murciélagos han sido señaladas como responsables de la propagación del virus.

Por ANDRÉS ALBURQUERQUE / Foto: PAT JONES (NATURE)

Hace casi 20 años, el ecólogo Raina Plowright estaba en un bosque del norte de Australia cuando, al anochecer, observó que cientos de miles de murciélagos zorros voladores rojos se lanzaban al aire.

Plowright, ecólogo de enfermedades de la Universidad de Cornell que estudia la prevención de pandemias, se interesó por los murciélagos porque son portadores del virus hendra. Y aunque es inofensivo para los murciélagos, pueden transmitirlo a los caballos a través de sus heces y orina.

En los equinos se manifiesta como una desagradable enfermedad respiratoria y neurológica. Pueden desarrollar una secreción nasal espumosa, problemas para respirar y comportamientos extraños, como lanzarse contra la pared de un establo. El virus mata a tres de cada cuatro caballos que infecta.

“El problema es que la gente trata a caballos enfermos y se contagia. Afortunadamente, el virus no se propaga fácilmente entre los humanos. Sólo se han documentado siete casos, pero cuatro de ellos fueron mortales”, afirma el especialista.

Con una tasa de mortalidad humana tan elevada (57.4%), la posibilidad de un brote podría ser devastadora. “Estamos hablando de un acontecimiento catastrófico que cambiaría la civilización”, afirma Plowright.

Hendra, nombre de un suburbio de Brisbane (Australia) donde el virus mató a varios caballos de carrera, trajo a Plowright al país. Quería entender las condiciones que hacían más probable que el virus pasara de los murciélagos a los caballos. Capturó a varios zorros voladores rojos para ver cuántos tenían el virus y cómo cambiaba ese número con el tiempo.

“Lo que observamos es que normalmente había muy pocos con virus. A menudo no encontrábamos ningún virus en la población”. Esa escasez fue una sorpresa, dada la gran cantidad de murciélagos que se agolpaban y podían transmitirse fácilmente el virus entre sí.

En 2006, Plowright volvió a Australia para analizar a los murciélagos en busca de hendra. Incluso había convencido a un equipo de documentales de National Geographic para que lo acompañara a hacer la crónica de los espectaculares enjambres de murciélagos en el cielo. Sin embargo, esta vez no encontró ningún murciélago.

¿Qué había sucedido? Que había habido un ciclón en la costa de Australia y no había comida para los murciélagos. Las fuentes de néctar de las que se alimentaban habían desaparecido.

Cuando Plowright y su equipo encontraron por fin un grupo de murciélagos, menos de 50, estaban demacrados, claramente hambrientos por falta de comida. Y cuando tomaron muestras de su sangre, ésta estaba repleta del virus de hendra.

“Eso nos hizo pensar que el estrés nutricional podía estar provocando la infección y la propagación del virus en estos murciélagos”, afirma. Pero Plowright y sus colegas querían más confirmación. Así que revisaron los datos de 25 años de otra especie de murciélagos: los zorros voladores negros del este de Australia. Y encontraron el mismo patrón: cuando los murciélagos estaban bien alimentados con néctar, tenían bajos niveles de hendra. Pero cuando estaban hambrientos y demacrados, estaban repletos del virus.

“En algunas partes de nuestra zona de estudio, el 96% del hábitat invernal ha sido talado para el desarrollo agrícola y urbano. Eso es alarmante, porque los murciélagos pueden saltar a través del paisaje, encontrando néctar en verano. Pero luego, en invierno, no hay nada disponible. Esto significa que tienen que buscar comida más lejos”, dice Plowright.

El año 2020 fue especialmente revelador, pues terribles incendios arrasaron el hábitat invernal de los murciélagos, y la escasez de alimentos hizo que las madres tuvieran menos éxito en la cría.

“Realmente todo nos decía que habría un terrible cúmulo de eventos de propagación del virus de hendra. Y por eso lanzamos advertencias y pedimos que se vacunara a los caballos (en 2012 se dispuso de una vacuna para caballos que se considera segura y eficaz)”, explica.

Y el año pasado hubo una inesperada floración masiva de plantas en invierno, sobre todo del eucalipto azul, que atrajo a unos 200 mil murciélagos hambrientos. La razón de esa floración no está clara. Pero Plowright y su equipo volvieron a examinar los datos del zorro volador negro del último cuarto de siglo.

“Nos quedamos atónitos: cuando hubo floración invernal, nunca hubo un caso de desbordamiento”. Conclusión: mientras los murciélagos tenían suficiente comida, el virus no aparecía.

“Lo que realmente tenemos que hacer es volver a plantar esos bosques de invierno, y eso no es nada difícil. Sólo estamos hablando de un puñado de especies que florecen en invierno. Son especies que sirven de hábitat a los koalas, y como en Australia se están llevando a cabo enormes programas de regeneración del paisaje, sólo tenemos que asegurarnos de que sean estos árboles de floración invernal los que se incorporen”, concluye Plowright en la revista Nature.