El legendario bochorno del gran Amadeo Carrizo

El 20 de mayo de 1966, cuando River Plate vencía 2-0 a Peñarol en el Estadio Nacional  por la Copa Libertadores, el recientemente fallecido ídolo argentino se sobró en una maniobra y provocó la sonora rechifla del público y la notable reacción de los uruguayos, que ganaron 4-2.

Por Julio Salviat

Esa tarde, promediando el primer tiempo, Amadeo Carrizo recibió una de las ovaciones más grandes que haya escuchado un arquero en canchas chilenas: unas cuarenta mil personas lo aplaudieron –muchos de pie– premiando una maniobra de antología. El portero de River Plate se vio superado por un disparo alto de Pedro Rocha y no solo giró su cabeza para ver dónde terminaba el balón sino que también giró todo su cuerpo, adivinando lo que sucedería: la pelota se estrelló violentamente contra el horizontal y volvió mansita a sus manos, que lo esperaban de espalda a la cancha y de frente al arco.

Promediando el segundo tiempo, el mismo Carrizo recibió una de las grandes rechiflas que se recuerde contra un arquero en el recinto ñuñoíno: sobrado, amortiguó de pecho un balón que caía blandamente a sus manos, nada más que para mofarse del delantero que corría en procura de ese pase profundo. Y mientras la gente repudiaba, los uruguayos preparaban su venganza.

Ahí estaba yo, aplaudiendo primero, chiflando después y disfrutando finalmente, esa tarde del viernes 20 de mayo de 1966, cuando Peñarol, de Uruguay, y River Plate, de Argentina, dirimían la final de la Copa Libertadores.

MANOS Y MENTE GRANDES

Fue la primera y única vez que vi en acción al considerado el mejor arquero en la historia del fútbol argentino y el mejor guardavallas sudamericano en el siglo XX.

Ya sabía algo de sus historias y de sus hazañas. Por entonces yo tenía 23 años y trabajaba como reportero de Moneda en el diario La Nación mientras estudiaba Periodismo en la Universidad Católica, y no podía perderme un partido como ese. Carrizo había cumplido 40 y era una leyenda. Apodado “Tarzán”, defendía el arco de River desde 1945 y lo seguiría haciendo durante dos años más antes de irse a Colombia a despedirse del fútbol defendiendo la portería de Millonarios.

Se le consideraba un revolucionario en su puesto. Integrando el legendario equipo que se metió en la historia como La Máquina de River, descubrió que un cuadro que atacaba tanto necesitaba un portero adelatado. Hasta entonces los arqueros jugaban bajo los palos y su límite de adelantamiento era el área chica. Carrizo comenzó a jugar al borde del área grande y, adelantándose al progreso, fue el primero que salió jugando con los pies. Por eso los argentinos lo consideran como “el arquero que inventó el puesto”.

Con una pinta bárbara, el gran Amadeo fue el primer futbolista sudamericano que se convirtió en rostro de marcas. Cuando se fue de River, bajó notoriamente la presencia femenina en la platea del estadio Monumental.

Sus manos enormes y su inteligencia futbolística, aparte de las soberbias condiciones para el puesto, lo llevaron a convertirse en un ídolo sin enemigos. Hasta los de Boca lo respetaban. Cuando ya estaba retirado y le llovían los homenajes, se destacaba su presencia en 551 partidos oficiales de la competencia trasandina, los siete títulos locales conseguidos por los de la banda roja, los dos campeonatos sudamericanos con la selección argentina, la Copa de Naciones conseguida en Brasil y la extraordinaria racha de 769 minutos sin lamentar un gol en contra.

UNA BOFETADA FATAL

A ese personaje estaba mirando esa tarde gris de 1966. De la admiración pasé al encono: ¡cómo podía burlarse así, si la decencia indica que hay que ser generoso con el enemigo caído!… River ganaba dos a cero, con goles de Daniel Onega bordeando la media hora y de Jorge Solari a dos minutos del descanso.

Pero esa maniobra sobradora fue una bofetada muy fuerte para los uruguayos. Y Peñarol, alentado por el público, consumó una remontada histórica. Antes del segundo gol argentino, Amadeo Carrizo se había salvado dos veces enfrentado a tipos que no fallaban: primero, bloqueando un mano a mano con Alberto Spencer, el mejor ecuatoriano en la historia del fútbol,  y después abortando una maniobra de Juan Joya, uno de los mejores punteros que produjo el fútbol peruano.

Pero después de su sobrada se le vino la noche. Descontó Spencer a los 65’ e igualó Julio César Abbadie a los 71’. Los 90 minutos finalizaron 2-2. Y hubo necesidad de alargue. En la media hora complementaria, Peñarol mantuvo el dominio y cada vez más apuró a la defensa de River.

Cuento corto: Spencer repitió su acierto a los 101’ y Rocha liquidó el asunto a los 109’. Y cuando hizo sonar el último silbato Claudio Vicuña, el mejor árbitro chileno de la época, aplaudimos todos.

Con el tiempo, recuperé las simpatías por Amadeo Carrizo. Ya había lamentado el desastre argentino en el Mundial de Suecia, en 1958, y había festejado con él la conquista de la Copa de las Naciones, en el que Argentina le ganó a Portugal, Brasil e Inglaterra con la valla invicta en 1964.

Ahora me alegra que Villa Devoto, donde nació, haya construido un mural precioso en su homenaje. Y lamento su muerte, acaecida el viernes 20, la misma fecha en que falleció hace 30 años otro grande de todos los tiempos: el ruso Lev Yashin.

PORMENORES

Final Copa Libertadores 1966.

Cancha: Estadio Nacional.

Público: 40.000 espectadores, aproximadamente.

Árbitro: Claudio Vicuña (Chile).

PEÑAROL (4): Ladislao Mazurkievicz; Pablo Forlán, Juan Lezcano, Nelson Díaz, Omar Caetano; Julio César Cortés, Néstor Goncalves, Pedro Rocha; Julio César Abbadie, Alberto Spencer y Juan Joya. DT: Roque Máspoli.

RIVER PLATE (2): Amadeo Carrizo; Alberto Sainz, Eduardo Grispo, Roberto Matosas, Abel, Vieytez; Juan Carlos Sarnari, Jorge Solari, Ermindo Onega; Luis Cubilla, Daniel Onega y Óscar Mas. DT: Renato Cesarini.

Goles: 28’, D. Onega (RP); 42’, Solari (RP): 65’, Spencer (P); 71’, Abbadie (P);  101, Spencer (P); 109’, Rocha (P).