El monstruo abrió un ojo

Cuando Argentina agonizaba, un milagro le dio la clasificación a octavos de final. Los que esperaban venganza tienen que esperar. Los que iban a hacer trizas a Sampaoli quedaron calladitos, los pocos que aún confiaban ahora sonríen. Pero esto no ha terminado.

El cuento dice así:
El monstruo agonizaba, y la gente -temerosa al comienzo- se fue acercando de a poco y todos terminaron arremolinados a su alrededor. Algunos rezaban pidiendo su recuperación, otros esperaban escépticos, la mayoría sonreía esperando su muerte. Y, de pronto, el monstruo abrió un ojo. Y todos huyeron despavoridos.

La historia es así:

Faltaban cinco minutos para que el partido terminara y el empate dejaba a Argentina eliminado del Mundial. Más todavía: Nigeria había estado a punto de clavarle otro puñal, pero el arquero evitó el gol lapidario. Después, el árbitro dudó entre cobrar o no un penal, recurrió a la imagen del televisor y lo dejó sin sanción. Pero ocurrió el milagro: un rústico defensor apareció a la entrada del área de los africanos y empalmó un centro como el mejor de los delanteros, y dejó a la Albiceleste instalada en octavos de final, con todos los favoritos mirándola con desconfianza o con temor.

Los estrepitosos programas deportivos de la televisión argentina se preparaban ya para el festín. Los alaracos diarios trasandinos preparaban títulos crueles. Los exagerados relatores radiales preparaban un discurso fúnebre lleno de cicuta. Maradona parecía angustiado, pero interiormente estaba contento (aunque, drogado o borracho, no sabía discernir bien qué sentía). Y el país esperaba al entrenador y sus dirigidos para insultarlos y denostarlos.

El 1-1 con los pobres islandeses y el 0-3 con los entusiastas croatas habían desatado una oleada de improperios y descalificaciones de las que ni siquiera el adorado Lionel Messi se escapaba. No sólo eso: muchos pedían que no jugara contra Nigeria y que nunca más fuera citado a la selección.

COMPARACIONES GOZOSAS

El equipo, definitivamente, no funcionaba. Su máxima figura era un fantasma. Los astros de grandes equipos europeos parecían principiantes. Su defensa era un pasadizo. Su arquero regalaba goles.

Y todos culpaban a Sampaoli. Cargos: no había trabajo, según se reflejaba en el juego anodino del equipo; no tenía don de mando, y eso le impedía poner orden en un camarín peleado; no sabía qué hacer con Messi, y se dejaba llevar por lo que éste y su banda le decían.

Y parecía raro, porque a Sampaoli se le puede criticar por fresco en el asunto de las platas, pero nadie le puede reprochar ignorancia, flojera o falta de carácter.

El casildense hizo un trabajo magnífico en Chile dirigiendo a Universidad de Chile y a la Selección. Si era bueno acá, ¿por qué era tan malo allá? Otras preguntas: ¿Olvidó, acaso, todo lo que sabía? ¿Renunció a sus métodos bielsistas y adoptó otros nuevos? ¿Le bajó un cansancio que le impedía trabajar?
Nada de eso. Hay diferencias entre el Sampaoli de Santiago con el de Buenos Aires ajenas al fútbol: el aumento de tatuajes, el sobrepeso y el uso de ternos durante los partidos (ya remedió lo último). Pero el gran cambio futbolístico no está en él, sino en sus dirigidos.

Cuando el Pelao asume en la Roja encuentra un grupo que se había criado con José Sulantay y se había consolidado con Marcelo Bielsa. Al lado de unos pocos veteranos, los integrantes de la generación dorada se encargaban de empujar el carro con todas sus energías y talentos. Con un desparpajo asombroso para el fútbol chileno, aseguraban que iban a ser campeones mundiales. Y no sólo lo decían: mostraban las ganas para conseguirlo.

Cuando se hace cargo de la Albiceleste encuentra un grupo desanimado por la pérdida de tres finales consecutivas, una en el Mundial anterior y dos en la Copa América. Contra lo esperado, los jugadores y el medio no sienten ansias de superación. Más bien, están aletargados.

Sampaoli conocía el medio y era respetado. Sus experiencias en O’Higgins y sus éxitos con Universidad de Chile le daban autoridad y producían respeto. Por el contrario, nunca dirigió en Argentina y siempre fue mirado con desconfianza. Además se encontró con el mismo dilema de sus antecesores cercanos: entre llamar a los consagrados y jugársela con los jóvenes, se decidió por lo primero.

Había buen material para trabajar en Chile. Y eso hizo. La base de sus éxitos estaba en la repetición de movimientos, maniobras y ejercicios. Todo lo que iba a suceder en cada partido estaba previsto. Si un jugador se movía hacia algún lado, el resto sabía dónde ponerse. Nacieron así las posiciones de Marcelo Díaz (volante o líbero), los descuelgues alternados de Mauricio Isla y Jean Beausejour, las apariciones sorpresivas de Charles Aránguiz y Arturo Vidal en el área ajena, las diagonales sorprendentes de Eduardo Vargas, los goles decisivos de Alexis Sánchez.

No había mucho por hacer al otro lado de la cordillera. El plantel se juntaba muy de vez en cuando, los partidos preparatorios fueron escasos. Su gran tarea parecía ser -y no estaba descaminado- encontrar la manera de facilitarle el trabajo a Messi para que retomara en la selección el trascendental papel que cumple habitualmente en Barcelona. Y no lo consiguió a tiempo.

Aspecto importante fue también la ambición de los jugadores. Aunque varios habían alcanzado alturas en el fútbol mundial, quería seguir escalando. La ventaja para Sampaoli es que le creían y estaban dispuestos para el sacrificio. Un documental español los calificó en 2016 como “manada salvaje”, por la fiereza con que buscaban la recuperación de la pelota y la solidaridad con que anulaban a los mejores del equipo contrario.

Allá, esa ambición no existía. Los nuevos miraban hacia arriba a los consagrados. Y éstos, aburguesados y cómodos, no querían despeinarse mucho en la cancha.
Recién en el tercer partido mundialista, cuando estaban agonizando y los esperaba el infierno, mejoraron algo la actitud. El juego siguió en deuda, pero consiguieron el objetivo mínimo de salvar la primera ronda.

Lo que viene es incierto. Pero nada se puede predecir. Argentina tiene material humano para pelear el título y Sampaoli está acostumbrado a salir de situaciones difíciles.

El mundo suspira, mientras Francia espera.