Alejandra Matus: «El empoderamiento real de la ciudadanía pasa por el derecho a reírse de los poderosos»

La periodista, devenida en dramaturga, repasa el tránsito que ha vivido para montar su primera obra de teatro y, en paralelo, reitera una de sus premisas: «Atreverme a decir cosas que veo y que sé son incómodas».

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO

-No sé si es acorde a la entrevista, pero pienso de inmediato en Boric, que ha tenido gestos allendistas, gestos de simulacro allendista, modos de hablar, los lentes que usó cuando fue electo… Todo esto entra en el concepto sociológico de simulacro. Como vivimos bajo una carcajada empresarial, quizá la pregunta podría ser ¿te parece un simulacro el estado democrático actual?

-Claro, tal como tú dices, nos queda el simulacro. El sistema democrático se construye sobre la base de fuerzas políticas de determinados sectores para conseguir adhesión mayoritaria a ciertos puntos. Tampoco uno puede plantear ciertos temas como un ideal normativo si la sociedad no lo quiere asumir. Y con esto pienso en el trato de la mujer y en el papel de la mujer. Entonces, es fácil y cómodo hacer discursos feministas y dar la impresión de avance, que son avances que por supuesto valoro, no es que lo desmerezca. Por ejemplo, un gobierno paritario, uno de los principales gobiernos paritarios del mundo, magnífico, razón para celebrar, pero cuando las mujeres seguimos principalmente al cuidado doméstico y al cuidado de los hijos, y en general al cuidado de cualquier persona que está en torno y eso determina tu participación en la sociedad, me parece que todavía es simulacro. El cambio justo va a ser cuando realmente las tareas de cuidado y doméstica se distribuyan en la sociedad sin sesgo de género. Así, el humor, como el periodismo, no transforma nada, pero ayuda a mirar donde no se quiere mirar.

-A propósito, ¿por qué ir del periodismo serio político al teatro? Es un movimiento atípico y muy interesante.

-Hay otros periodistas que han hecho teatro, pero están más cerca de la literatura, como Gumucio. Del periodismo de investigación, no conozco otro caso. Para mí es parte de lo mismo que hago: atreverme a decir cosas que veo y que sé que son incómodas.

-Pero es un registro que te permite decirlo de otro modo, ¿es orgánico el cambio?

-Yo creo que esas limitaciones de género, en términos creativos, son artificiales. Porque una puede hacer periodismo serio y escribir poesía y ser sinceramente poeta. No es que una escriba poesía para hacer periodismo de investigación, o para poner lo que el periodismo de investigación no muestra. No, es otra cosa, otra cosa que también puedo hacer. Ha sido un privilegio poder montar una obra, no pensé que alguien se iba a interesar en montar mi obra, pero creo que también esas limitaciones que nos ponemos suenan como a “se va a desperfilar”.

-Eso es muy patriarcal.

-Claro, tienes que hacer esto o lo otro, no te salgas de tu rol. No hagas más nada. No te metas donde no te han llamado.

-Hace poco me tocó escribir sobre otra obra de teatro que pone en escena una nueva dimensión de la violencia en dictadura: el tema de las guaguas robadas y enviadas al extranjero. Antes era detenidos desaparecidos, memoria, pero el tema de las guaguas no estaba visibilizado.

-Eso también ha sido ulpo, porque eso es algo que se viene denunciando hace tiempo. Es un trabajo que les costó mucho a las agrupaciones de madres y familiares, hijos también, que se buscan. No fue fácil lograr la atención de los medios, pese a su masividad. Claro, ha estado en los medios, pero la sociedad no lo ve.

-El anverso proporcional es “el comunista comeguagua”, mientras ellos traficaban niños al extranjero, despojándolos de madres y con familias ultra vulnerables.

-Claro, y además esto se dio fundamentalmente en dictadura, pero el tráfico de niños es una cuestión histórica. Es algo que he investigado y lo tengo en un libro que está a la espera para salir. Y la iglesia, los curas, las monjas, han tenido un rol fundamental en el tráfico de niños. Desde el tráfico de niños no queridos de la clase alta para enviarlos a algún lugar, hasta la “colocación” de niños. Es cosa de escuchar al cura Joannon: ellos sienten que estaban haciendo un beneficio para salvar a esa criatura. Pero en el fondo son los que se sentían con la autoridad para distribuir niños, con la voluntad o no de la madre. Y aquí viene el tema del género: la madre no es parte de la ecuación. La madre es tonta, estúpida, es joven, es pobre, es loca, es cualquier cosa que a ellos les permite disponer de su maternidad. Y esa mirada se ha trasladado al Estado, porque originalmente en Chile era un tema que asumió la iglesia y las congregaciones hasta bien entrado el siglo XX, y copiando la mentalidad eclesiástica. Entonces, es un tema muy profundo, lamentablemente.

-Volviendo al humor y a las formas de decir y decirnos, a pesar de que el país está en el bolsillo, ¿te parece que nuestro modo de hablar, nuestro humor, es una especie de reserva subversiva?

-El humor, y esa ha sido también mi experiencia de vida, me permite escribir, y por eso me salió comedia, una comedia negra. Porque como yo he vivido en mi vida cotidiana, desde la dictadura, nuestras relaciones con amigos, amigas, nuestras relaciones subversivas, siempre ha consistido en reírnos de las cosas más crueles porque es la única forma de soportar tanta crueldad. Si no, te volvís loco.

-Me quedé pensando en qué piensas tú respecto de la lógica neocolonial del destape como modelo de transición, que hoy vuelve con este binomio Iglesias-Boric, por ejemplo.

-Pienso en el tiempo de los romanos: ¿podía Zimbabwe escapar de la lógica imperialista? No. El imperio está allí, y habla latín, te va a cobrar impuestos, etc. No podemos desconocer lo que está. Y estando allí, me parece que lo astuto como pueblo es tomar lo que te beneficia y desechar lo que te perjudica. Y muchas veces nos perdemos la posibilidad de apropiarnos de cosas que los imperios te dan… Pienso en España y Estados Unidos. O sea, te apropiaste de lo malo y no te quedaste con lo bueno. Por ejemplo, el robusto sistema de libertad de expresión tanto en España como Estados Unidos. Almodóvar en Chile todavía no existe. Todavía no. Los standuperos gringos son cáusticos. Me acuerdo de haber estado allá, Bush había salido recién de la Casa Blanca y existía un show que se llamaba “That´s my Bush!”, dado que “bush” tiene un doble significado: el presidente y el vello pubiano. Y se burlaban de Bush con una libertad desacacralizadora del poder. Me parece que eso es fundamental en una democracia; si no eres capaz de hacerlo, o si lo haces y tiene consecuencias, es que todavía estamos en el sistema oligárquico. Ahora, es evidente que no estamos en una democracia tan tutelada como la de los noventa. Gran cantidad de las cosas que se dicen hoy día te hubiesen significado querellas, etc., pero eso no significa que estemos en un nivel de democracia saludable. A mí me parece que independientemente del resultado, si la gente vota izquierda o derecha, el empoderamiento real de la ciudadanía pasa por respetar o conceder o apropiarse del derecho a reírse de los poderosos. Ese es el piso, de ahí para arriba. Porque si tú no puedes hacer eso con libertad, esa inhibición es la misma que hay en la oficina para no decirle algo al jefe, la misma que se produce en los partidos políticos para no plantear un tema… Entonces nada se resuelve porque los temas incómodos, que son los que hay que tratar, no se resuelven. Son la piedra en el zapato: sigues caminando con la piedra, con la ampolla, con la pata chueca, la columna desviada, porque no te atreves a mirar donde tienes que mirar.

-Me haces pensar en algunos textos de Freud sobre el humor (“El chiste y su relación con el insconsciente”, por ejemplo), pero también se me ocurre que, si bien puede ser una válvula de escape, igual puede ser una especie de evasión, ¿qué piensas?

-Pero, ¿y qué hay de malo con la evasión? A mí me gusta un concepto que está en las canciones de Jorge González y que lo verbalizó varias veces en sus conciertos, que es el derecho a sacar la vuelta. Entonces, claro, nos han impregnado de esta idea de que la vida es ser productivo y nada que no sea productivo debe estar, o si no sirve para un fin no vale la pena. Reírse es también una manera de estar en el presente y vivir. No tiene por qué tener un fin.

-César Aira tiene un librito, “Evasión y otros ensayos”, donde defiende justamente esta idea. ¿Por qué evadir es malo? Cuando uno evade, escapa, se está salvando.

-Pero por supuesto. Muchas veces me pasa a mí que la gente ve que mi trabajo es súper serio, súper duro, y de repente me ven bailando flamenco o cagándome de la risa. Es como si pensaran por qué pierdo el tiempo en eso. No podría tratar temas duros si no tengo mi espacio de evasión, de procrastinación incluso, de vivir en el fondo.

-Hace un rato estoy pegado con una idea: no hay nada más subversivo que la alegría. Conecto esto con el humor. Lo pensaba en relación a “Chile, la alegría ya viene”. Hay palabras y emociones castigadas en nuestro país, como la alegría. Pienso en el Departamento de Estudios Humorísticos de Gumucio, quizá podría haber un Departamento de Estudios de la Alegría.

-Son cosas que las universidades no se dan derecho a hacer. Conozco a Gumicio, porque es colega mío en la UDP. Me parece súper interesante, pero no logra lo que debiera, dado el contexto universitario. Debería investigarse más el humor, sociólogos, historiadores, economistas. La relación que guarda con la salud mental. Es un tema que el pueblo chileno siempre ha tenido. Por ejemplo, es una de las razones por las cuales a mí no me gusta mucho la serie de los 80. Porque en esa serie se muestra lo que había, una realidad difícil, dura, pero en los 80 nos cagábamos de la risa. Si en algún momento nos cagamos de la risa, fue en los 80. Y no está presente ese sentido de humor popular.

-Es que yo creo que Andrés Wood no llega a eso, no lo ve. Y de nuevo: tiene que ver con cómo tratamos o abordamos la memoria.

-Por ejemplo, ahora con las redes sociales y los memes. Pasa algo y los memes están altiro. En ese tiempo, pasaba algo, como el atentado a Pinochet y ya estaba lleno de chistes.

-Meme versus chiste, tal vez, ¿no?

-La talla, el sentido del humor, ha estado siempre presente en el pueblo chileno. Lo que pasa es que desde la elite o desde la intelectualidad se mira el humor como una cosa de rotos. Es de roto reírse. “En la boca del tonto abunda la risa”. Hay un desprecio por la alegría. Por supuesto que es súper utilitario: no te rías porque tienes que trabajar 14 horas diarias.

(Continúa mañana).

 

SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS

Poeta y traductor. Ha publicado “Animal muerto” (Aparte, 2021) y “Po, la constitución borrada” (facsímil digital). Entre otros, ha traducido a John Berryman, Mary Ruefle, Zachary Schomburg y Chika Sagawa. Forma parte del colectivo artístico transdisciplinar Kraken.