Alejandra Matus: «La clase alta es un grupo de personas con poca interacción con el exterior»

En esta última entrega de la entrevista concedida a El Ágora, la periodista habla de la obra que estrenará en mayo, “Asilo contra la opresión”, que gira en torno a tres figuras clave de ese Chile que aún estamos viviendo: Salvador Allende, Lucía Hiriart y Augusto Pinochet.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO

¿Cómo llegaste a trabajar con Natalia Valdebenito? ¿Conocías antes su trabajo?

-Ha sido bien sincrónico lo que ha pasado entre Natalia y yo. Cuando ella hizo ese espectáculo en Viña, porque fue pionera, abrió el camino (los standuperos entraron con ella). Pero a Valdebenito la contrataron pensando que el Monstruo se la iba a comer. La contrataron para destruirla. Pero de una manera magistral ella no sólo hizo reír sino que puso temas incómodos, y se atrevió a decir “feminismo” cuando era una palabra sucia. Feminismo era como pegarse un balazo en la guata, se lo dije. Cuando dijo “feminismo”, pensé aquí se la van a comer. Pero lo hizo de la manera que lo hizo y salió bailando. Tiene algo que ver con el show de Jorge Alís, que yo lo uso en mis clases de periodismo. Pasa algo con estos standuperos, sociólogos populares, que recogen el espíritu de la época y lo hacen evidente. Ella lo hizo y después no quería darle una entrevista a nadie porque tenía una opinión sobre el sistema de medios bien clara. Y yo le propuse a la revista Paula tratar de entrevistarla. Y por ahí ella había leído las cosas que yo había escrito y aceptó darme la entrevista y así la conocí. Y hablamos de esto, de todo el trabajo que había en su rutina, porque ella trabajaba su libreto, no tenía guionistas…

-Había lectura y escritura.

-Claro, ella no es solamente la que hace la performance, es la creadora de su espectáculo. Bueno, hablamos de eso y de lo difícil que es que la gente lo comprenda. Porque a veces se le acercan y le dicen “queremos hablar con tu agente…”.

-Es que fue un golazo. Puso los temas en la mesa, desde el humor, en un momento en que estos temas no estaban en el aire.

-Sí, corrió la barrera. Bueno, entonces a partir de que yo había escrito “Doña Lucía” el 2013, ella habló de Lucía Hiriart en su rutina. “La vieja buena pa’vivir” y el Twitter “Se murió la vieja”. Igual Lucía Hiriart se convirtió en un ícono pop. Después participé en un programa al que ella me invitó, el Súbela, y cuando tomó forma la idea de que la obra se iba a montar, pensé altiro en ella para doña Lucía, porque ella entiende el sentido de la obra, y además tiene que querer a la Lucía para interpretarla. La incomodidad trabaja en todos los niveles. Y que haya aceptado, feliz.

-¿Pero estaba de cajón igual, o no?

-No estaba de cajón, porque si se lo hubiese propuesto el año pasado, no hubiese podido ya que tenía mucha agenda.

El elenco que protagoniza la primera obra de teatro escrita por Alejandra Matus.

-¿Cuándo escribiste esta obra? Leí que fuiste a un Máster…

-Sí, fue cuando fui al Master de NYU y tuve clases con Alejandro “Chato” Moreno, es maravilloso, lo amo. La escribí entre el 2019 y el 2020 entregué el texto.

-¿Y tienes alguna referencia en el teatro, algunos textos?

-No. De hecho, no sabía que iba a escribir comedia. Lo que hizo el Ale, con un método suyo, fue abrirnos la cabeza a la creatividad, el único límite te lo ponías tú. Los temas que trataron cada colega en ese taller, eran todos temas brígidos. Escribimos varias cosas antes de llegar al trabajo final. Quizá la comedia es la vía. Yo siento que la comedia me eligió a mí, yo no intelectualicé. Las cosas se asentaron y salieron así. Pero a mí siempre me gustó, como espectadora de teatro, Jorge Díaz, por ejemplo, él es un referente. De simple espectadora, te digo. Yo compraba los libretos de él, los leía todos, porque me parecía que tenía un humor chileno. Es que el humor chileno es muy bueno.

-A raíz de esto, tengo para mí que los otros pueblos latinoamericanos no llegan a comprender nuestro lenguaje, que de alguna manera somos incomprensibles y desde ahí nace nuestro humor, que es cáustico.

-Pasa algo con lo oral. Ahí tengo una reflexión. Pasa algo con los medios, con la intelectualidad y la cultura entendida con mayúscula, sin desmerecer la necesidad de la escolaridad, de que la gente aprenda a leer… Pero esta idea de que el que no sabe leer es tonto también me parece muy violenta. En Chile, históricamente, sólo sabe leer bien una minoría. Y nuestras culturas originarias todas tenían una cultura oral. Yo soy descendiente diaguita y no hay lengua diaguita porque se extinguió. No hay escritura.

-A veces pienso que eso es un acto de justicia. No estoy de acuerdo con que se extingan las lenguas pero es como “no te mereces esta lengua, así que mejor que desaparezca, no queremos tu museo sobre nuestra cultura”.

-Claro, porque el acto de escribir te alinea el cerebro de una manera, es normativo, tienes que leer de alguna manera. La cultura oral es circular, multidimensional. Entonces, a mí me parece que en la cultura oral hay mucha riqueza que no se reconoce porque no está escrita. Y esta manifestación del humor, de lo que llamamos el humor chileno, es fundamentalmente oral. Eres parte o no eres parte. Si tú no has vivido en ciertos lugares, ciertas poblaciones, te perdís todos los chistes. No es sólo extranjeros, sino que también pasa en las divisiones de clases. Es la única arma que tiene el pueblo, que le es propia. Cuando uno ve conceptos publicitarios, cosas de moda, todo surge de apropiaciones de este caldo de cultivo, una talla, un concepto, una palabra que sube. Son pocas las veces que una palabra viene de arriba para abajo.

-En el fondo la literatura es una cristalización de una cultura oral que ya no puede no estar escrita porque es mucha.

-Pero siempre es una porción. No es que abajo esté la barbarie, que el analfabeto sea tonto… No es tonto, sólo que no sabe leer. No significa que no pueda tener conocimientos, que no pueda valorar su estado de cosas y tener posición y opinión. Entonces muchas veces lo expresan desde el humor, porque no les está permitido, porque no sabe leer y escribir, no le está permitido debatir, participar de una conversación de intelectuales porque lo van a descalificar por la manera en que habla. Pero en la talla está la venganza (risas).

-Me quedó dando vueltas lo del humor en los 80. Tú me decías que comenzaste a trabajar el 87 como periodista, y pensaba en la adolescencia en dictadura. Adolescencia y humor en dictadura.

-Yo tenía 7 años para el golpe. Mi enseñanza básica, media y universitaria, fue en dictadura. Y todo. Entonces el sistema escolar era una parte mínima de la realidad para mí, mi mundo era fundamentalmente oral, y yo estudié en los liceos llamados “con número”, con letra y número. Crecí en Iquique, Calama y Santiago. Entonces, claro, había un mundo muy rico de personas que entre comillas no llegaron a la universidad, quedaron en estos trabajos y que para el sistema probablemente puedan ser personas incapaces, pero para mí eran seres humanos maravillosos y de los cuales aprendí el humor innato. Yo no tuve que estudiarlo, es parte de mi formación. Ahí es donde yo pienso: mi compañero de banco, con el que nos cagábamos de la risa todo el día, no es tonto. ¿Por qué tenemos un sistema cultural y educativo que sólo reconoce habilidades que te da la clase?

El humor no está ausente, por razones obvias, en esta comedia escrita por Matus.

-Algo que valoro de Boric y que me parece interesante es el hecho de que no tenga título. Quiero decir, también es valioso tener un título, pero no tenerlo también, sobre todo por cómo uno se forma. Ser Presidente de Chile sin título es único, creo, aunque él también tiene el componente de clase.

-Es que no tener título y no tener clase, es un camino; y no tener título y tener clase, es otro camino. Mira, yo veo esto desde un punto de vista antropológico. La clase alta es un grupo de personas con poca interacción con el exterior, muy endogámicos, sin estímulos para ser mejor, porque qué necesitas tú si eres hijo de tal persona. No necesitas probar nada, no necesitas esforzarte. Entre amigos, sin mencionar nombres, cuando he conocido gente con mucho poder de la clase alta, digo: “Este gallo, de carnicero, no hubiese sobrevivido”. No hubiera sobrevivido porque no hubiese sido capaz de sobrellevar una situación así, una carnicería.

-Se lo comen. El carnicero comido.

-(Risas) Sí, se lo comen. Y ahí está este tipo de gran personaje, y una dice “broma que, más allá de posturas políticas, broma que esta persona tiene tan poca cultura”. No me refiero a los libros, sino a la cultura de la vida, de saber que hay personas tan valiosas que están haciendo cosas cotidianas y este otro personaje no sabe o no llega a esa parte de la realidad y piensa que es superior. Pongo a mi compañero de banco al lado de esa persona y le pega tres patadas y un chirlito. Entonces, en mi opinión, esa endogamia nos hace muy poco graciosos.

-Me quedé muy pegado con el humor en los 80. Se abrió un portal. Hay un libro, no recuerdo exactamente el título, pero se trata de la risa femenina en Chile…

-Era como un secreto: ah, las mujeres no se ríen. Había un escritor iquiqueño, que se murió, el Papato, que le decíamos nosotros. Voy a buscar el nombre… Alcanzó a escribir muy poco porque se murió, pero era hilarante. Era pura cultura popular. Por supuesto que nadie lo pescó, en Santiago o en Iquique por lo menos, pero era maravilloso. Chao. El mismo Hernán Rivera Letelier lo tiene, y lo tiene porque ha vivido allí. Es que lo tenís o no lo tenís. Es que si ya no tenemos poder, si ya no tenemos acceso a ciertos bienes básicos que debiéramos tener…

-Si ya no tenemos, dices, que ya no los tuvimos…

-Hasta ahora no lo tenemos. Si no lo tenemos hasta ahora, por lo menos respétame. Porque te puedo dar clases en muchas cosas. Y ese es para mí el mínimo.

En este punto decidí apagar la grabadora sólo para terminar con esta hermosa idea de “lo mínimo”. El respeto como mínimo, al revés de lo que se piensa. Por eso el concepto de dignidad es tan problemático, como decía un amigo filósofo-librero en México: la dignidad es la utopía del burgués. La dignidad es una invención de clase justamente porque no la hay y para que no la haya. Hay palabras castigadas en Chile, pero hay personas como Alejandra Matus cuyo pensamiento hace que todavía podamos reflexionar y reírnos, como en esos versos de Lihn: “En el gran mundo como en una jaula/ afino un instrumento peligroso”.

El humor tiene una relevancia histórica y social que a veces no advertimos del todo. La mejor forma de advertirlo es cultivar el humor, pero cultivar de manera espontánea, sin planteárselo. Hay personas que lo tienen y otras que no, pero en general en Chile hay una inteligencia humorística, por ejemplo en Raúl Ruiz, Violeta Parra con su “Mazúrquica Modérnica”, que aparte de ingeniosa y graciosa, es el terrible cachamal para el país.

Siempre es prudente hacer una distinción entre el país y la cultura (o las culturas, como se dice ahora). Chile tiene una reserva ecocrítica en el humor, nuestro humor es único y nos permite llevar el día, pero también nos vuelve comunidad en la risa y el goce, cuyos potenciales poéticos (en reemplazo de políticos) estarán a prueba este año, que se perfila, al menos desde la política del miedo, como un año difícil, gracias a los especuladores de siempre y sus vasallos.

El humor es una institución en Chile, que al ser una institución verdadera no puede instituirse, a diferencia de las instituciones falsas que se instituyen justamente porque son falsas y afianzan la falsedad. La talla es una institución verdadera por eso no tiene ministerio. Al contrario, la talla es puro misterio. La doble recomendación sería asistir a la obra de Alejandra Matus, “Asilo contra la opresión”, que se estrenará en mayo en el GAM para los 50 años del golpe, y que rían, que echen la talla y que la distribución de la alegría comience por casa. La alegría es subversiva: a no quedarse dormidos.

 

 

SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS

Poeta y traductor. Ha publicado “Animal muerto” (Aparte, 2021) y “Po, la constitución borrada” (facsímil digital). Entre otros, ha traducido a John Berryman, Mary Ruefle, Zachary Schomburg y Chika Sagawa. Forma parte del colectivo artístico transdisciplinar Kraken.