El primer día sin Maradona

Argentina despertó doliente y ojerosa. Horas atrás, una «insuficiencia cardíaca congestiva crónica, que generó edema agudo de pulmón», como se leyó en el parte médico, había terminado con la vida de Diego Armando Maradona. El Diego a secas o el Diego de la gente. El ídolo devenido en mito. El Pelusa. El 10. D10s. Y ya nada será lo mismo. 

Por MARCO SOTOMAYOR 

En el barrio de San Andrés de Tigre, en la zona norte del gran Buenos Aires (ahora llamada Área Metropolitana), terminó la vida del más grande futbolista argentino de todos los tiempos. En rigor, su deteriorada salud había entrado hace rato en cuenta regresiva. Sin embargo, su médico, Leopoldo Luque (sí, tiene el mismo nombre del goleador campeón del mundo en 1978), se mostraba optimista.

Maradona había bajado 11 kilos durante la pandemia, gracias a una dieta sana y ejercicios de movilidad que le ayudaron a tolerar el dolor de la rodilla derecha de la que fue operado en 2019.

Sin embargo, ayer, a las 11:30 horas del 25 de noviembre, el mismo día que murió el gran George Best, Diego tomó un descanso del cual no despertó. La incredulidad y la tristeza invadieron a toda Argentina. «Llora el fútbol», titulaban los portales deportivos. Pero se quedaron cortos: el llanto fue el de toda una nación.

EL PORQUÉ DE LA IDOLATRÍA

En 60 años, Maradona construyó una leyenda y se convirtió en el ícono popular más importante de la cultura trasandina. Y aunque Argentina siempre sorprende con futbolistas excepcionales (José Manuel Moreno, Alfredo Di Stéfano, Mario Kempes, Lio Messi…), el fenómeno que generó traspasó la cancha y la pelota (la misma «que no se mancha», como dejó en claro el Diego en más de alguna oportunidad): escribió un relato épico en torno de elementos aglutinantes de la esencia de ese país.

El sociólogo trasandino Pablo Alabarces escribió acerca de este fenómeno: «Por un lado, por su condición de articulador del viejo relato nacional-popular y plebeyo del peronismo, contemporáneamente con el declive político de ese peronismo. Maradona era un eficacísimo símbolo peronista en tiempos de menenismo (…). Y por otro lado, su salida de la escena deportiva cambiaba radicalmente la posibilidad misma del relato del héroe deportivo nacional-popular, dado que era imposible repetirlo».

Así, Alabarces apuntó a una dimensión que Maradona alcanzó en Argentina y que ningún otro jugador podrá alcanzar jamás: la del héroe nacional. El gol que le marcó a Inglaterra en el Mundial de México (un 22 de junio de 1986, es decir, cuatro años y 8 días de la rendición argentina en la Guerra de las Malvinas) lo catapultó a una altura insospechada. A ser considerado un semidiós o derechamente un D10s, con iglesia, sacramentos y fieles. 

«En la crisis argentina entre 1973 y 2001, todo lo que Maradona simbolizaba cobraba un cariz especial», agregó Alabarces.

El chico nacido en la pobreza, venido de la nada, sólo con su talento había vengado al país de una afrenta bélica. Ese contexto histórico-social irrepetible distingue, tal vez más nítidamente que otros factores, a Maradona del resto de la pléyade de estrellas que posee el fútbol trasandino.

COMPROMISO TOTAL

Para completar el cuadro de -casi- «prócer de la patria», se sumó un discurso asistémico, que remecía las estructuras de poder cada vez que habría la boca: contra la corrupción en el fútbol, contra la FIFA, contra el imperialismo…

«Durante los años de ausencia de las canchas, Maradona hizo muchas cosas. Posiblemente demasiadas, porque además estábamos condenados a enterarnos de todas. Murió y resucitó dos veces; engordó, adelgazó, engordó; se separó, volvió a vivir en pareja (s); fue padre nuevamente, nuevamente ausente; fue animador televisivo, conduciendo el programa más narcisista de la historia del espectáculo mundial (La Noche del Diez). En ese período, Emir Kusturica filmó Maradona por Kusturica (2008), el encuentro excesivo de dos narcisistas monumentales».

El Diego no se quedaba solo en la palabra. También emprendía acciones concretas: devoción y respaldo a regímenes progresistas, como el cubano de Fidel Castro y el boliviano de Evo Morales; compromiso con las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo (éstas últimas subieron un mensaje realmente conmovedor por redes sociales tras la muerte del 10: «El Diego del pueblo, el que reparaba en las injusticias y el dolor ajeno. El Diego solidario, que supo decir verdades sin importar las consecuencias. El que nos llenó de alegrías y hoy su partida nos inunda de tristeza. Hasta siempre querido Diego. Gracias por tu generosidad. Vivirás en nuestra memoria”); odió a las estructuras de poder de la FIFA y de la CONMEBOL, y un largo etcétera de causas a las que adhirió.

Concluye Alabarces: «Si la cultura y la política, y especialmente el peronismo, y también el fútbol, tienen un enorme peso emotivo, Maradona es un nudo que concentra, como pocos en la Argentina, esos repertorios: el amor antes que el elogio. Y también el odio, antes que la crítica».

El vacío que dejó Maradona, como vemos, será imposible de llenar. Lo velan a esta hora en la Casa Rosada, sede del gobierno argentino, exactamente en el Salón de los Patriotas Latinoamericanos, donde fue velado el ex presidente Néstor Kichner, en 2010, y ya se anuncia una despedida multitudinaria en Buenos Aires y en todo el país.

Un adiós digno de un héroe nacional. De un mito o de una leyenda. Del más grande, no del mejor (ahí está Pelé), sino del más grande…