“El sueño del hechicero”: sobre la presencia radical de Orélie-Antoine.

El proclamado rey de La Araucanía y la Patagonia, Orélie-Antoine, es un personaje que no muchos conocen y que debiera estar en algún ejemplar de la mítica editorial chileno-argentina Francisco de Aguirre. El hombre-sueño sigue vigente como política para nosotros. Este texto está basado en un trabajo de investigación de la periodista Marilú Ortiz de Rozas.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Fotos: ARCHIVO

La Araucanía, Wallmapu hoy en boca de todas y todos, alguna vez tuvo un rey. Como todo rey, era un delirante. Orélie-Antoine, era el nombre del autoproclamado rey de la Araucanía y la Patagonia. Tenía que ser un francés. Hace pensar en los poemas de Teillier; no tengo ninguno a mano, pero por lo menos está Pascual Coña dentro. Los sueños responden a la historia de una manera que la historia no responde a nada.

De acuerdo a las 1.500 páginas de Jean-François Gareyte, que publicó dos tomos bajo el título de “El sueño del hechicero, Antoine de Tounen, rey de Araucanía y Patagonia”, la persona crucial de esta historia era el toqui Mañil, “una especie de rey-hechicero, respetado como un semidiós por todas las tribus de la montaña, de las cuales era el jefe natural, hasta la desembocadura de los ríos”, como registra una fuente de la época referida por el autor.

Como muchos saben, los mapuche gobernaban desde los sueños, “la política de los sueños”, diría Walter Benjamin. Mañil Wenu, entonces, se fue a dormir y a soñar para resolver algo. Consciente de que no podrían luchar sólo por su independencia, esa noche sueña que vendría un rey para defender la tierra (mapu) sagrada contra argentinos y chilenos. Un hombre blanco, de barba abultada y de cabellos negros y revueltos. Este sueño es parte de la mitología local, pero también se encuentra en el informe que hiciera el cónsul francés en Chile (1873) sobre Antoine de Tounens para el gobierno de su patria.

En abril de 1860, Mañil recibió una carta de Orélie-Antoine firmada como el “Príncipe de Tounens”, quien se encontraba en el norte de Chile. En su trabajo de archivo, Gareyte encuentra estas cartas, también la respuesta del toqui Mañil, ambas confiscadas en su momento durante el arresto del Rey. Tounens había llegado al puerto de Coquimbo en 1858 a bordo del “La Plata”, abogado y masón, era un utopista de primera línea y su sueño era concretar la Gran Colombia bolivariana: crear los Estados Unidos de América Latina, un continente federado.

Como señala Gareyte, Tounens “no era un campesino, sino un abogado de conocimientos sólidos respecto a cómo formar un Estado, que es lo que propone al toqui en su carta: una constitución, lo que es muy moderno para su época”. Entonces, Mañil Wenu lo invita a conversar. Lamentablemente el toqui muere antes del encuentro, pero es relevado por su hijo, Quilapán, quien lo recibe en noviembre de 1860. El presidente Manuel Montt recibe una carta donde le informan de la existencia de este reino y de su constitución, reproducida en el primer tomo de “El sueño del hechicero”, y que fuera publicada en El Mercurio de Valparaíso el 28 de diciembre de 1860, día de los inocentes.

Quizá la única forma de independizarse Chile sea bromeando, lo que recuerda la cita del poeta brasileño Paulo Leminski: distraídos venceremos.

Al respecto, Gareyte escribe: “En Francia tampoco nadie le creerá. Antoine de Tounens es un hombre del sur, allá sólo los del norte tienen crédito. Pero los mapuche sí le creen, lo nombran su rey y él va a arriesgar su vida para prevenirlos de un ataque sorpresa del ejército chileno, en 1862, lo que no hace sino aumentar su respeto por él”. Al poco tiempo el estado de Chile comienza a tomar más en serio a este personaje, y se preocupa; De Tounens representa un peligro para los intereses nacionales y el comandante Cornelio Saavedra, encargado de la misión histórica denominada “pacificación de La Araucanía”, jura su muerte, como señala Marilú Ortiz de Rozas.

Según los informes médicos de la época, Orélie-Antoine no está loco. Algo que parece increíble. Seguramente, si alguien hiciera lo mismo en este época, sería asesinado rápidamente y, además, sería diagnosticado con algo terrible. Un loco, en definitiva, como si hubiera que aplacarlos. La violencia estatal no tiene límite y es ubicua.

Mientras vivimos, mientras intentamos vivir en las condiciones que el Estado de Chile nos impone, en La Araucanía sigue la “pacificación”, que lamentablemente también ha modernizado sus maneras. Como dijera el poeta Juan Carreño: «Pueblo contra pueblo es amar». Orélie-Antoine es un personaje de nuestra historia, o más bien de la historia mapuche, que habría que recuperar como un sueño y prestarle atención a lo que éstos nos dicen.

Marilú Ortiz de Rozas, periodista y doctora en Letras de la Universidad de La Sorbonne-Nouvelle, investigó las 1.500 páginas de Jean-François Gareyte sobre Orélie-Antoine, «rey de Araucanía».