“El último sueño” de Pedro Almodóvar

Cada vez son más los cineastas que se revelan escritores cuando ya tienen una filmografía sólida. El caso de Almodóvar no ha de sorprender pues sus películas siempre fueron novelas rosa.

Por SEBASTIÁN GOMEZ MATUS

No es sorpresa que Almodóvar acabe de sacar un libro de relatos donde despliega sus temas fijos tratados con el aire y tiempo que la escritura le da al pensamiento. En la introducción al volumen, el propio autor señala que “este libro es lo más parecido a una autobiografía fragmentada […] El lector acabará obteniendo la máxima información de mí como cineasta, como fabulador y el modo en que mi vida hace que una cosa y las otras se mezclen”.

Se sabe que el género autobiográfico ha metonimizado la literatura. También sabemos que prácticamente todo el cine de Almodóvar es autobiográfico y que es el género por excelencia de las identidades y las disidencias. Lo que no sabemos es que la autobiografía puede dejar de ser un género y comenzar a ser literatura, ya que lo autobiográfico está incluido desde que el nombre del autor acompaña el título de su libro. En este caso, el título es hermoso, que hace pensar en la política del sueño entendida con Walter Benjamin: allí comienza todo.

Haber sido un niño de provincia marca la vida de cualquier artista y, en general, los grandes artistas suelen ser de provincia. En el panorama nacional, es regla. Sin ir más lejos, Raúl Ruiz, el mejor cineasta de nuestro país, era de Puerto Montt, y era un escritor de fuste, un lector avezado. Para Almodóvar, haber salido de su pueblo fue una forma de sobrevivir a un eventual suicidio u homicidio en contra suya. La coerción provinciana suele ser brutal.

Cuando todavía no era conocido como cineasta, de hecho, mucho antes de hacer su primera película escribió la nouvelle Fuego en las entrañas, una fotonovela porno llamada Toda tuya; fue colaborador para El País, Diario 16 y La Luna, entre otros medios. Además, escribió cómics como Star, El Víbora y Vibraciones, donde se encuentra Patty Diphusa, que protagoniza la novela que lleva su nombre (1991). Toda esta literatura homosexual o disidente, tiene dos grandes referentes argentinos: Copi y Manuel Puig, ambos vinculados con el teatro y el cine respectivamente. Comento esto para que se sepa que la movida cultural madrileña ya tenía un modelo en las literaturas conosureñas. También pienso en Néstor Perlongher y nuestro olvidado Mauricio Wacquez.

Es así que “El último sueño” (Reservoir Books) viene a ser el corolario de una vida abigarrada y plena de actividad vitalista. Cabe destacar que son relatos escritos entre 1967 y el año que corre, es decir, es un trabajo desempolvado puesto en el presente. En entrevista con El País, sostiene que con los relatos abrió “puertas a una zona de mi vida de la que no he hablado. En la literatura da la sensación de que tienes que contar más cosas acerca de ti mismo”. Lo que pasa es que en la literatura hay espacio y ocupación del tiempo; el cine es tan trabajoso, cuenta mucho menos de lo que pueden las palabras.

Lejos de soberbias, en la misma entrevista el cineasta aclara lo siguiente: “Tuve una temprana vocación de escribir, desde niño, aunque eso no me convierte en escritor. Publicar este libro tampoco me convierte en escritor. No me da vergüenza y creo que tiene el interés suficiente para ser leído, pero escribir es algo más que esto. La gran literatura es otra cosa”. Este gesto de humildad y de contexto, vuelve mucho más interesante el libro y magnética su persona. El trabajo cinematográfico de Pedro Almodóvar tiene su espejo compaginado en 208 páginas que reflejan los intereses y deseos de uno de los cineastas más controversiales del último tiempo.