Elson Beyruth

Elson Beyruth: el recuerdo de un grande que sigue vivo a ocho años de su muerte


Un día como hoy, 15 de agosto, falleció ese delantero brasileño que venía por dos años a Colo Colo y se quedó para siempre en esta tierra, al punto que sus restos descansan en el mausoleo de los Viejos Cracks del “Cacique”. Delantero tan letal como noble, el “Negro” está, sin dudas, entre los jugadores extranjeros más notables que alguna vez pasaron por nuestras canchas.

Por EDUARDO BRUNA

Este 15 de agosto será sin duda un día de recuerdo triste para los miles de hinchas que tiene Colo Colo a través de todo el territorio nacional. En especial para los seguidores albos más viejos, porque es más que probable que para los más jóvenes la figura inmensa y legendaria de Elson Beyruth se haya ido diluyendo con el paso de los años, opacada por la pátina del tiempo y otros nombres más contemporáneos e igualmente importantes para una historia que, como la del fútbol, es dinámica y no admite pausas.

Y es que la madrugada de ese infausto día trajo la noticia que no por esperada dejó de ser igualmente devastadora: a los 70 años, y producto de una serie de problemas médicos derivados de una implacable diabetes, había dejado de existir ese jugadorazo brasileño que a los 23 años había llegado a Chile para militar por dos años en el “Cacique”, pero que al final se quedó para siempre, al punto que sus restos descansan en el Mausoleo de los Viejos Cracks de Colo Colo.

La historia es tan simple como conmovedora: corrían los primeros meses de 1965 cuando Hugo Tassara, director técnico de Colo Colo, viajó a Río de Janeiro a buscar ese delantero que el equipo necesitaba a gritos, luego que la estrella de Luis Hernán Alvarez, goleador record del fútbol chileno en un campeonato, con 37 conquistas -marca hasta el día de hoy imbatida-, se había ido lentamente apagando.

En su libreta llevaba dos nombres, que dio a conocer a la prensa a la hora de su partida: se trataba de Beirutti (sic) y Foguete, ambos reservas en el Flamengo y, por lo mismo, mucho más asequibles que un delantero ya consagrado. Sin embargo, le bastó asistir sólo a una práctica del “Mengao” para saber que quien le interesaba era ese Beirutti veloz, potente y para nada torpe con el balón en sus pies. El directorio albo, encabezado por Guillermo Herrera, se movió rápido para concretar una transferencia que, para Beirutti, iba a significar la posibilidad de mostrarse para, al cabo de dos temporadas, regresar a su tierra como un futbolista ya hecho y consagrado.

Entonces, recién a su llegada al viejo aeropuerto de Los Cerrillos, la prensa pudo enterarse que ese delantero brasileño, desconocido incluso en su propio país, llevaba por nombre Elson, y que su apellido era realmente Beyruth, fonéticamente igual que el de la capital libanesa. No muy alto, de tórax amplio y piernas tan gruesas como arqueadas, el joven delantero carioca supo por primera vez lo que era ser objeto de la atención mediática.

No llevaba muchos días en el país cuando debió de inmediato debutar. Partía el Torneo Oficial, una soleada tarde de otoño de 1965, y Tassara no dudó para entregarle la camiseta de titular, con ese 10 en la espalda que lo acompañaría hasta su retiro. Colo Colo, enfrentando a Audax Italiano en el Estadio Nacional, caía por 0-1 cuando al debutante brasileño le metieron el pase profundo. Beyruth, recargado por la izquierda, su hábitat natural, dejó atrás al defensor que intentó detenerlo y a la entrada del área despachó un zurdazo que se metió como un misil en un rincón alto. El romance había comenzado y sería para siempre. Colo Colo finalmente ganaría por 3 a 1 ese partido, pero más que por el triunfo, el hincha salió feliz con ese brasileño que lo había cautivado con su fútbol y su entrega.

Es curioso, incluso hasta paradojal, pero su aporte coincidió con la sequía de títulos más larga del club albo en toda su historia. Un campeonato como el de 1963 no se volvería a celebrar sino hasta 1970, y cuando todo estaba en contra.  Al año de llegar, sin embargo, Elson Beyruth supo que, a pesar de ese frío invernal hasta entonces desconocido para él, duro e implacable, Chile iba a ser su país y Colo Colo el club de su vida. 

Los dos años por los que primitivamente venía se cumplieron, pero mientras el “Cacique” se propuso retenerlo a como diera lugar él, a esas alturas, ya no pensaba para nada en ese retorno que en un principio se había propuesto, como no fuera para ir a visitar a su familia y disfrutar nuevamente de las tibias aguas de Ipanema o Copacabana.

Le tocó una época mala, qué duda cabe. Fiel a lo que parece ser su destino, Colo Colo transitó por campañas mediocres producto de equipos desjerarquizados y en 1968 hasta supo de una nueva intervención a causa de sus agudos problemas económicos. “Colo Colo no tiene dinero ni para pagarle a la lavandera”, fue titular de diario humillante para el hincha albo. Pero en medio de ese panorama oscuro e incierto, era Elson Beyruth quien mejor encarnaba las esperanzas del resurgimiento de entre los despojos de un club cuya masiva convocatoria nunca se traducía en los ingresos que le correspondían.

Colo Colo vegetaba, pero mientras tuviera jugadores como Beyruth había esperanzas. Y el reencuentro con la grandeza se produjo cuando menos se esperaba. Es que ese de 1970 fue un torneo especial. 

En medio de la permanente búsqueda de campeonatos “atractivos”, se jugó primeramente un Torneo Metropolitano, en el que Colo Colo quedó a siete puntos de Unión Española, el líder, y luego un Torneo Nacional, en que el cuadro popular llegó a nueve puntos del equipo hispano, que deseoso de obtener el título y pelearles de igual a igual a los grandes, se había reforzado como ninguno. Distancia amplia, considerando que en esos años aún no se implantaba el sistema de tres puntos. Pero la liguilla final, con ocho equipos (Unión Española, Colo Colo, Universidad de Chile, Universidad Católica, Deportes Concepción, Green Cross de Temuco, Lota Schwager y Everton), significaba partir de cero.

Igualados Unión Española y Colo Colo en puntaje, la penúltima fecha de aquella apasionante liguilla parece definirlo todo. Enfrentados a estadio lleno, Unión parece dar un paso decisivo a la corona con gol del paraguayo Eladio Zárate y le saca dos puntos de luz al cuadro albo. Pero increíblemente, en la última jornada Everton derrota a Unión y en el encuentro de fondo Colo Colo hace lo propio con Green Cross de Temuco. Todo igualado, nuevamente. Se hace necesario un partido de definición, de pronóstico más que incierto. 

Y el 27 de enero de 1971, para el hincha albo es la gloria y para Beyruth la epifanía. Abre la cuenta, aunque un gol de Carlos Pacheco marca el equilibrio y obliga a un alargue de 30 minutos a 22 hombres agotados hasta la extenuación tras un año interminable.

Pero en Colo Colo está Beyrtuh, que a diez minutos del fin del segundo alargue se manda el carrerón de su vida. Deja atrás con velocidad y potencia a los defensores hispanos que intentan detenerlo y mete el zurdazo que batirá al meta Juan Olivares para desatar la explosión en el recinto ñuñoíno y el carnaval a través de todo el territorio.  Es un gol que, curiosamente, sólo pueden ver los más de 70 mil fanáticos que pudieron conseguir una entrada.  En un hecho increíble, y que trascenderá su condición de mera anécdota para transformarse en histórico, el salto premonitorio de un hincha albo tapa la cámara. Los millones de telespectadores de esa noche calurosa de verano sólo pueden ver el balón durmiendo en las mallas y el festejo frenético de Beyruth, seguido por todo el equipo albo, mientras en las graderías asoman las primeras antorchas.

Sacado en andas, Beyruth nunca fue más ídolo que esa noche. Sus goles habían llevado a Colo Colo a un título increíble, con reminiscencias de ese “Maracanazo” protagonizado 20 años antes por brasileños y uruguayos.

No volvería jamás a esas alturas. Siguió siendo un jugador notable, pero los años y su físico sometido a las más duras refriegas le fueron pasando la cuenta. Hasta que en plena Copa Libertadores de 1973 –de doloroso recuerdo para el hincha popular- se marcha a Magallanes. Ahora son Carlos Caszely, Sergio Messen y Sergio Ahumada, los dueños de la titularidad en Colo Colo.

Pero aunque vistiera otras camisetas, Elson Beyruh jamás se fue de Colo Colo. No, al menos, de la veneración insobornable del hincha albo. Hasta Blanco y Negro, Concesionaria tan criticada como resistida, tuvo para con él un gesto de esos que ya no se estilan en el frío mundo de los negocios. Gabriel Ruiz Tagle (nobleza obliga) dejó la presidencia no sin antes cubrir todos los gastos de una hospitalización eterna del ídolo, afectado de una alevosa diabetes. Y Guillermo Mackenna, Hernán Levy y Carlos Tapia, sus sucesores en la Concesionaria, tampoco lo dejaron jamás solo.

En estos días tristes de muerte y cesantía generalizada, el panorama se antoja doblemente gris tras recordar un año más desde su partida. Es que Elson Beyruth, que venía por un par de temporadas y se quedó para siempre, pertenece a esa clase de extranjeros que serán siempre bienvenidos. Porque fue, además de un delantero letal e implacable, un jugador siempre honesto y noble. Capaz de recibir en la cancha las más duras agresiones, las más alevosas patadas, sin quejarse nunca ni buscar jamás una revancha. Admirado y respetado siempre por compañeros y rivales, Beyruth debe estar, sin lugar a dudas, entre los jugadores foráneos más grandes que han pasado por canchas chilenas.

Por eso es que, a ocho años de su partida, su recuerdo sigue vivo entre los hinchas y, naturalmente, entre los aficionados albos. Sobre todo en aquellos viejos que tuvieron la suerte de verlo en todo su esplendor, marcando goles en todos los estilos y hasta anotando más de una vez una conquista que, en aquella época, habría sido calificada sin duda de “maradoniana”.

Como él lo quiso, sus restos descansan para siempre en esta tierra, que acogió con el corazón tierno y los brazos abiertos al futbolista notable que fue y al ser humano cabal, jamás protagonista de un hecho censurable.

Hasta siempre, Elson.