Emmanuel Macron: la porfía de un presidente

El mandatario francés cae en picada en popularidad y los analistas coinciden en que afrontará años muy difíciles.

Por ANDRÉS ALBURQUERQUE / Foto: ARCHIVO

Un año después de su reelección como presidente de Francia, Emmanuel Macron vio en las últimas semanas cómo se disipó el aura de éxito con el que ganó los últimos comicios sin hacer campaña y, según todos los analistas, enfrentará cuesta arriba los cuatro años que le restan, con escasísima popularidad y en minoría en ambas cámaras.

“Hay una fractura entre Macron y la sociedad y a eso se suma la ausencia de una mayoría política que le permita avanzar como quisiera”, explica Antoine Bristielle , director del observatorio de opinión de la Fundación Jean Jaurès.

Esa opinión, muy extendida, se ha visto refrendada en editoriales de los principales diarios, en los últimos tiempos muy críticos con el presidente. “Más aislado que nunca”, dice Libération, mientras que el conservador Le Figaro considera que “Macron exaspera” y Le Monde, que es su principal aliado, cree que “la duda se ha instalado, incluso, dentro de su partido”.

La reforma de las pensiones, por la que Macron apostó todas sus fichas, terminó siendo aprobada por decreto, lo que para los adalides de la democracia resulta una afrenta dolorosa e imperdonable.

Eso desató una intensa agitación popular, que se prolonga por más de un mes y que no tiene fecha de vencimiento. Este martes, el presidente volvió a abandonar el Elíseo para ir al contacto con los ciudadanos, pero las manifestaciones y cacerolazos organizados por sus opositores perturbaron su viaje.

Era el tercer desplazamiento que efectuaba el jefe del Estado desde la promulgación de la reforma que retrasó de los 62 a los 64 años la edad mínima para jubilar y de nuevo se encontró con manifestaciones en su contra. En esta ocasión, visitó un centro sanitario en Vendôme, a 200 kilómetros al sur de París, y la organización del viaje suspendió todo encuentro con los ciudadanos para evitar altercados.

De esta forma se evitaron las escenas de la semana pasada, cuando tanto en Alsacia como en el sureste, Macron dialogó con ciudadanos que le expresaron su malestar por la reforma de las pensiones y por la manera en la que lo hizo, utilizando el mecanismo que evitó el voto parlamentario.

El 24 de abril del año pasado, Emmanuel Macron se convertía en el primer presidente francés en revalidar el cargo en los últimos 20 años, después de Jacques Chirac en 2002. Sin embargo, 365 días después, su presente en el poder es tremendamente complicado.

En aquella oportunidad, Macron alcanzó el 58,55% de los votos en el balotaje, derrotando por segunda ocasión consecutiva a la candidata de ultraderecha Marine Le Pen, quien obtuvo el 41,45%.

Según los analistas, Macron no se impuso tanto por sus propuestas, sino por el temor que generaba la llegada de Le Pen al poder.

“A partir de ahora, soy el presidente de todos”, aseguró por entonces Macron, quien prometió gobernar con un “método renovado” y responder a la “ira” de quienes votaron por Le Pen, consciente de que ganó en parte gracias al “cordón sanitario” contra su rival.

Pero no lo ha hecho. Los cacerolazos que lo persiguen a cada acto desde la semana pasada muestran un malestar con la forma de gobernar del liberal, quien endureció por decreto las reglas del juego para imponer su impopular reforma de pensiones argumentando que no había dinero, mientras aumentaba sustancialmente el gasto militar.

Y aunque le quedan cuatro años en el poder, en la elección presidencial de 2027 (a la que Macron no puede presentarse) “la hipótesis de que Marine Le Pen pueda llegar al poder no puede descartarse”, dijo el analista demoscópico Bernard Sananès.

El “punto de inflexión” en el último año, según Sananès, fue la reforma “maldita”, que el porfiado de Macron impuso por la fuerza ante el temor de perder en el Parlamento.

La decisión desplomó su popularidad. Con un 26%, se acerca a su nivel más bajo desde la protesta social de los “chalecos amarillos” que sacudió su primer mandato y dejó imágenes como los destrozos en el Arco del Triunfo en diciembre de 2018.

La crisis comenzó a forjar una imagen de presidente “autoritario” y “desconectado” de la realidad, que sus oponentes le achacan, y que este año retomó fuerza.

“En la época de los chalecos amarillos, Macron se presentaba como un baluarte contra el desorden, pero ahora para muchos franceses, él es el caos”, advirtió Frédéric Dabi, de la empresa de sondeos Ifop.

Según la politóloga Delphine Dulong, “la dificultad mayor es que le quedan cuatro años para aplicar un programa que no tiene el apoyo de la mayoría de franceses” y con una “legitimidad y autoridad” tocadas.

¿Cómo podrá dar un vuelco a su política, que los franceses consideran muy del gusto de los ricos y poderosos? Eso está por verse.

“Macron necesita demostrar que está siempre en marcha y por eso ha querido pasarse sin los partidos y sin los sindicatos. Pero no puede hacer lo mismo con el Parlamento”, estima Bristielle, quien cree que la situación actual no hace más que incrementar su imagen de autoritario.

Según una encuesta publicada por el semanario Le Journal du Dimanche, uno de cada dos franceses está “muy descontento” con su política, lo que revela “un rechazo visceral” en buena parte de la población, según Dabi.

Macron, que en diciembre cumplió 45, tiene ahora cuatro inciertos años por delante, y con el fantasma de la ultraderecha golpeando las puertas de La Bastilla.