ESPECIAL 11 DE SEPTIEMBRE/ Columna de Sebastián Gómez Matus: La memoria como institución

Hace días quería referirme a la filia que produce la memoria en el país, o bien a cierto sector del país, para no equivocar una metonimia.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO AGENCIAUNO

Anoche salí en búsqueda de un bar con un amigo para conversar. Rápidamente nos dimos cuenta de que la oferta nocturna de Santiago es mínima si tienes un gusto personal por el bar, es decir, por un ambiente. Entre Bellas Artes y metro Católica no hay más de cinco bares, después grandes lagunas de ciudad abandonada a la hostilidad de la noche.

Caminamos por el centro buscando una fuente de soda y las gárgolas de la calle ahuyentaban a cualquier transeúnte que quisiera errar algunas horas por Santiago. Entonces recordé que tenía que escribir este texto sobre la memoria: en una ciudad en la que caminar por el centro histórico es entregarse a un probable cogoteo, donde la memoria es un acto selectivo que omite el presente y la práctica de una ciudad, lo que Lefebvre llamó “el derecho a la ciudad”.

Mientras en la esfera absolutamente desconectada de la realidad tangible que supone la política, sobre todo en sus últimas semanas previas a este día, todo es conmemoración y actos representacionales (“todo documento de cultura es un documento de barbarie”), de noche el país muestra su peor cara, una ciudad sin memoria, digamos¸ a merced de varios avatares: pobreza, indigencia, delincuencia y la imposibilidad de poder disfrutar de la propia vida en el espacio público como no sea en recintos donde prima el tarjeteo y la inflación (¿desde cuándo un schop bordea los 8 mil pesos?). Si no te cogotean en la calle unos zombies transnacionales, te cogotean los “bares”, expendios de plasticidad y postal del chileno arribista que, en pagar de más, siente una gratificación de movilidad social.

La tesis es más sencilla: la memoria es una institución cultural que surge ante la falta de justicia. Ya que nuestra institucionalidad jurídica y a los políticos realmente no les interesa que la haya, tenemos memoria. De lo contrario, se acabaría su posibilidad de seguir siendo políticos; lo demuestra el hecho de que todos la han prometido y nadie ha cumplido. Eso es la democracia: consenso, no política propiamente tal, que significa disenso. En Argentina ya hicieron una película sobre el juicio a sus dictadores, acá se estrena la película de un cineasta que no entiende en lo absoluto su país y quiere representarlo (ahora paródicamente) con un dictador vampiro que es inmortal (aquí hay al menos dos lecturas posibles: una oda o una crítica) y que le avergüenza ser ladrón pero no asesino. Esto último puede ser metáfora del presente: robamos pero no matamos, aunque el saqueo estructural merma las vidas nacionales hasta acabarlas, incluso antes de morir. Un poeta dijo: “memoría de poesía”. Estamos ante una política cultural del souvenir simbólico.

Entonces el Gobierno decide centrar su política interna y filocultural en la memoria, que se sepa lo que pasó; no mirar el presente ni trabajar hacia adelante. Una tautología lindante en lo macabro. Mientras¸ el país deambula y funciona en la afasia, se erige un programa de la memoria. La distancia entre representatividad populista y realidad nacional es insalvable. Se quiere hacer memoria de un proyecto de país trunco por la violencia de parte de un sector que sigue ejerciendo esa misma violencia pero de manera mucho más sofisticada: el triunfo del ethos neoliberal en el chileno, en el feminismo de cuño liberal. Era lógico que prevaleciera un feminismo sin conciencia de clase que reproduce la lógica que impugna. Es lógico que el Gobierno sea un grupo de personas alucinadas con poder subsanar una realidad pretérita con actividades culturales y no un grupo de personas enfocadas en hacer justicia y ver la realidad a día de hoy.

Chile es una gran crisis espiritual: cada uno, cada una, “cada une”, es policía del otro. La derecha está inoculada a tal punto en la conducta nacional que el delirio no permite ver que la gente que se confiesa de izquierda es más neoliberal que la gente que señala, sólo que no tienen el poder ni quieren reconocerlo. Reconocerlo sería hacer memoria. Por último, el negacionismo es el contrario dialéctico que necesita la política para seguir siendo el espectáculo que es después de Allende y de la dictadura.

La democracia chilena, anquilosada en un populismo de doble cara (izquierda y derecha unidas jamás serán vencidas), responde a la siguiente fórmula de Rancière: lo político (no la política) es el encuentro entre dos procesos heterogéneos: el gobierno y la igualdad; al primero le llama policía y al segundo, emancipación. De allí que “el tratamiento de un daño es la forma universal del encuentro entre el proceso policial y el proceso igualitario”. En Chile ambos procesos se quieren asimilar desde el Gobierno, desde lo policial, que a su vez encarnó en civiles, que en búsqueda de la igualdad emancipatoria, se pusieron el uniforme y comenzaron su propia policía, cuya trinchera está en las redes sociales, no en la sociedad.

Por último, como escribe la poeta documentalista Muriel Pic: “La memoria es una economía”. Y como toda economía, persigue un interés financiero. Si la imagen del pasado surge de una remembranza involuntaria, como un rayo que de pronto cruza la mente y echa luz sobre los pecios del naufragio, una política de la memoria vuelve reglamentario el recuerdo, las formas de hacer memoria, que además responden a gente cuyo sesgo de clase los tiene donde están, del otro lado de la gente que no ha recibido justicia. Sobre todo si la memoria quita espacio a la imaginación de otra escena vital, no donde las grandes alamedas se estrechan cada vez más, como anoche: en el centro de Santiago no cabe una aguja. Y en Chile, el colapso es, más que inminente, una presente.

SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS

Poeta y traductor. Ha publicado “Animal muerto” (Aparte, 2021) y “Po, la constitución borrada” (facsímil digital). Entre otros, ha traducido a John Berryman, Mary Ruefle, Zachary Schomburg y Chika Sagawa. Forma parte del colectivo artístico transdisciplinar Kraken.