Estado de excepción o la solución fácil para un problema difícil

La decisión del gobierno de no aplicar, en esta etapa, un estado de excepción en la Región de Los Ríos, con la explicación de que se usarán otras medidas previas para abordar los sucesos violentos ocurridos en algunas comunas, parece razonable.  Sin embargo, el anuncio generó airadas críticas de distintos sectores políticos y ostentosos titulares que hablaban de “otra voltereta” y nuevos cambios de opinión.  A tal punto llegaba la certeza de que se ampliaría el despliegue militar, que algunos ya se referían al tema como un hecho.

Foto de archivo.

Lamentablemente, las críticas de políticos y los titulares de medios de comunicación se concentraron no tanto en la decisión misma, si no en el cambio de opinión de La Moneda al respecto. Cabe preguntarse si hubo cambio de opinión o se trató de otro error político-comunicacional, cuando dos días antes la ministra de Interior insinuó que se tomaría esa medida, pero que se anunciaría dos días después. Las decisiones de ese tipo no se insinúan, no se adelantan, las respuestas no se extienden más allá de lo necesario porque se prestan para confusión.  Las medidas gubernamentales se anuncian una vez tomadas.

La demanda por presencia de militares en Los Ríos se suma, en todo caso, a la petición en el mismo sentido de parlamentarios de regiones del norte. Pero el problema de fondo es la grave situación de inseguridad que aqueja al país, expresada en actos delictuales violentos, muchos de los cuales eran prácticamente desconocidos en Chile hasta hace pocos años.  Los asaltos, crímenes cometidos por menores de edad, bandas de narcotraficantes que se apoderan de villas y poblaciones son una realidad en muchos barrios y ciudades del país y unos no son menos relevantes que otros. Entonces, el Estado de Emergencia parece una solución simplista para problemas complejos.

El punto es que la situación que afecta al norte grande –Arica, Tarapacá y Antofagasta– es diferente en su origen, así como en sus métodos y actores participantes, al prolongado conflicto en los territorios de la llamada Macrozona Sur. También podríamos hacer distinciones similares con el tipo de delincuencia que actúa en la Región Metropolitana y otras ciudades de tamaño grande o mediano. ¿Ponemos estado de excepción e instalamos militares en todos los lugares con problemas, como una suerte de solución mágica?

Mantener amplios territorios del país bajo una situación legal excepcional, con despliegue militar que definitivamente no aborda el problema de fondo y, a lo más, consigue mostrar tímidas cifras de disminución de hechos violentos, no parece ser el mecanismo adecuado. Si se cediera a las demandas de los sectores políticos, –tanto de aquellos que en su rol opositor buscan constantemente cuestionar y presionar al gobierno, como de los  parlamentarios que no trepidan en criticarlo, aunque supuestamente son parte de las coaliciones gobernantes–, podríamos llegar a extremos grotescos y peligrosos: tener una parte significativa del territorio bajo tutela militar.

El argumento puede parecer extremo e impensable, porque la historia de Chile de los pasados 50 años no lo permite.  Todavía estamos atrapados entre los nostálgicos de la dictadura que solo se sienten seguros rodeados de seres con uniformes y armas en ristre, y los que sufrieron los estragos del régimen militar y que, por lo tanto, sienten que toda presencia uniformada es sinónimo de peligro inminente.

El punto es definir, aplicar y explicar cuáles serían los métodos más apropiados para cada espacio de nuestro país que se ve afectado por acciones violentas y delictivas, tomando en cuenta sus características y dimensiones. Una vez realizado ese ejercicio, determinar la pertinencia de usar Fuerzas Armadas para controlar el orden público en un Estado democrático.  Eso se le pide al gobierno –a este o a cualquier otro– y claramente las acciones deben ser diferentes para cada lugar porque las causas, características y protagonistas de los delitos son distintos. Plagar de militares el territorio nacional no es la solución, ni en el fondo ni en la forma.