Felipe Camiroaga, eterno

Gracias a casi 25 años de carrera, el “Halcón de Chicureo” logró fama y ser reconocido como el mejor animador de la televisión chilena. Su trágica muerte, a los 44 años, convirtió a este símbolo medial y opinante en leyenda; una que revive en cada aniversario de la tragedia aérea que también arrebató la vida a otros veinte chilenos que buscaban el bienestar de los demás.

Único, sin par, inolvidable. Si hasta parece que no ha muerto. Como él, nadie. No hubo. No habrá. No tiene sucesor ni heredero. Ya han pasado once años desde la tragedia. En cada aniversario, el dolor se agiganta, vívido, muy vívido. No sólo en el público, sino también en quienes conocimos al Pipe; ese otrora niño tímido que en cuerpo de talentoso y extravertido animador enamoró a millones de televidentes y en ellos encontró admiración, reconocimiento y cariño a raudales.

El 2 de septiembre de 2011 fue de incertidumbre para los chilenos. Noticia en desarrollo. La información, a cuentagotas, refería un accidente aéreo en el mar del archipiélago de Juan Fernández. Un avión de la Fach se estrellaba contra las aguas del Pacífico. En la aeronave viajaban, en misión solidaria, veintiún personas del mundo militar, el Consejo de la Cultura, la fundación Desafío Levantemos Chile y de TVN. El rostro más conocido, por cierto, el de Felipe Camiroaga, nacido el 8 de octubre de 1966, hombre ancla del programa “Buenos días a todos”, el añoso matinal de la televisora pública que nunca fue lo que era, éxito de sintonía, sin él.

La noticia paralizó al país. Tras la confirmación oficial de los hechos, todos los esfuerzos de rescate fueron puestos a prueba. En las audiencias, la esperanza se mantenía: confianza en que habría sobrevivientes. Conforme pasaron horas, días e infinitos plegarias y ruegos, el naufragio de la esperanza: no hay sobrevivientes. Conmoción nacional. Un país en llanto. La tragedia -una que tenía nada menos que a Camiroaga como protagonista- lo vistió de duelo y de honras fúnebres multitudinarias.

EL MEJOR MOMENTO

Felipe murió en el mejor momento de su carrera. Tenía 44 años de vida. Resuelto, dueño de sí, guapo, famoso, idolatrado, millonario, el galán tan exitoso como deseado, el príncipe de un país carente de ídolos. Sí, una suerte de príncipe que cargaba daños de infancia por el abandono de su madre, uno que fue resiliente, que se levantó desde dolor, alcanzó el estrellato, que tuvo varias princesas, pero nunca su reina. Uno que también hizo de su vida lo que quiso. ¡Un acto permanente de valentía!

Varios romances que consignó la crónica de las celebridades. Nunca se casó. No tuvo hijos. Sépanlo: nunca estuvo en sus planes, aunque tampoco lo descartaba de plano. ¿Su sueño? Taxativo su anhelo: instalarse, a sus 50 años, en su paraíso de ensueño: el campo, cual ermitaño, rodeados de aves, caballos y perros, y arropado del cariño de ese círculo estrecho que conformaban sus afectos verdaderos (ésos que no lo usaron para hacerse famosos bajo su alero o llamaron a los medios, pidiendo off the récord, para no siempre hablar bien de él).

Camiroaga siempre contó con el cariño del público, aun cuando no haya sido grito y plata con cada una de sus apuestas televisivas. Si se analizan su atributos y habilidades, hoy legado y objeto de culto, fue muy competente. En el marco de una evaluación -la misma que se aplica hoy a las figuras televisivas-, cumplió con todos los criterios de la escala de apreciación: coherente, creíble, informado, inteligente, carismático, honesto y entretenido (con puntuación máxima y desempeño “destacado”).

A Pipe, sobre todo esos cercanos que lo conocen desde su juventud, le calza el rótulo de showman, el de alma de la fiesta. Formado para estar detrás de cámara, dado su particular

estilo e innegable estampa, saltó al set e hizo carrera. De promesa televisiva juvenil -ingresó a RTU, lo que hoy es Chilevisión en 1988-, se transformó en un fenómeno en su adultez (a Televisión Nacional ingresó en 1992 y fue su máxima figura masculina hasta su deceso).

Camiroaga fue un comunicador por excelencia. En su calidad de animador, debutó en la conducción con “Video top” y devino en promesa televisiva con “Extra jóvenes”. Sin duda, sus mayores logros en pantalla fueron “Pase lo que pase”, “Animal nocturno” y “Buenos días a todos”. También incursionó en el mundo del melodrama como actor (“Rojo y miel” y “Jaque mate”), pero sus embrionarias dotes histriónicas no lo llevaron al éxito. Donde sí descolló fue en su faceta de comediante: El Washington y el muy bien logrado Luciano Bello, antológico.

SU COMPROMISO

Camiroaga, en sus últimos años televisivos, también fue líder de opinión con una narrativa clara, conciliadora y para nada timorata. Fue valiente en un país donde mostrar las particulares percepciones, pareceres o valoraciones tienen sus costos (ver la casa destruida por un incendio, por ejemplo, para que se guarde silencio). Rompió con el paradigma: la recurrente neutralidad de los conductores chilenos que quieren agradar a las masas y no quieren asumir el costo de opinar sobre la coyuntura, ya sea por ignorancia argumentativa o miedo al castigo popular u otras represalias.

Sí, el “Halcón de Chicureo” sí tuvo voz ideológica. En tanto agente de cambio medial, mostró, con fuerza y sin aspavientos, sus preferencias de centroizquierda. En su relato político -directo, informado, sereno y sincero-, defendió causas medioambientales y también las estudiantiles; también elevó su voz para criticar los abusos del poder y la falta de justicia social en un país que, en ese entonces, aún no despertaba.

El animador, el más querido de Chile, no dudó en declararse adherente de la ex Presidenta Michelle Bachelet. Tampoco en dar su respaldo público a Eduardo Frei Ruiz-Tagle, en su fracasado segundo intento de llegar a La Moneda.

Camiroaga, persona y personaje, fue comprometido con su tiempo y sabía perfectamente desde la esquina que lo observaba y se debía actuar desde su visión de mundo, en la que los conceptos de justicia social, libertad, respeto y solidaridad eran cimientos. Me pregunto respecto de qué habría dicho Felipe en estos momentos en que Chile, tan dividido como esperanzado, exige con urgencia cambios verdaderos. Sin duda, su postura -dadas su significación y resonancia en las multitudes que en este día lo veneran- hubiera marcado la pauta como siempre lo hizo.

Camiroaga descansa en el cielo eterno. Junto a la Silvita Slier y Roberto Bruce, sigue cabalgando tras sus sueños (como también lo hacen las otras dieciocho personas que con él partieron haciendo lo que dignifica, hacer el bien).