Fuego y muerte: la secreta obscenidad del Festival de Viña en medio de una tragedia

La V Región intenta reponerse de una catástrofe que deja más de un centenar de muertos, miles de damnificados y las heridas abiertas de una catástrofe que exige respetar el duelo. Los organizadores del evento insisten en hacer una «fiesta» en medio de una zona marcada por el dolor y la desgracia.

Por DANIEL PÉREZ PAVEZ / Fotos: AGENCIAUNO

Es una catástrofe.

El centro de Viña del Mar parece una ciudad desierta a las 6 de la tarde en un día de verano. El toque de queda decretado por el Gobierno en una de las zonas más afectadas por los incendios más mortíferos de la última década guardó a visitantes y locatarios en sus hogares. De noche, apenas se dejan ver algunos indigentes, pero sobre todo coches de la policía resguardando que se cumpla el toque de queda para facilitar las ayudas y evitar nuevos focos de fuego. Viña huele a humo, cenizas y angustia, reporta la corresponsal del diario El País de España.

Desolador y doloroso, el panorama impacta a quienes trabajan entre los escombros y a los que fijamos la mirada sensible en una cámara de televisión que sondea, con morbo desmedido, los rincones más inaccesibles del dolor.

Hasta hoy son ya 123 las víctimas fatales del fuego que arrasó como un abrazo mortal, en pocas horas, quince mil viviendas de distintos puntos de Valparaíso, Viña del Mar y otros sectores de la Quinta Región, dejando aproximadamente cincuenta mil damnificados.

Es una desgracia.

De hombres y mujeres, de familias, de niños y ancianos, de habitantes de una zona que siempre ha vivido con la vista puesta en el mar, desde donde vinieron las anteriores amenazas fatales de marejadas y tsunamis. El aire trae aroma a quemazones forestales, a casas arrasadas por lenguas de fuego, a automóviles fundidos por cientos de grados de temperatura y cadáveres calcinados entre los restos desplomados de las construcciones. La fatídica visión pesa demasiado para rescatistas y funcionarios que recorren cerros y quebradas detrás de rastros de vida y signos de sobrevivientes.

Es una tragedia.

En ese terrible y macabro escenario, los organizadores del Festival de la Canción –sí, el Festival!- dan señales increíbles: entre la alcaldesa Macarena Ripamonti, los dos canales organizadores, la productora a cargo del negocio y algunos medios empeñados en tapar el sol con un dedo, ofrecieron una patética fórmula con tintes de “calmante” para anestesiar a la opinión pública.

La propuesta fue suspender la gala de la alfombra roja donde desfila con sus mejores pompas la flor y nata de nuestro corral farandulero, apelando además a los números y cifras de lo que significa desplegar el evento para la “economía de la región”. En rigor, para ellos no importa el dolor de las miles de víctimas, sino los números y ganancias de copar de música, fiesta y fuegos artificiales un escenario fúnebre, marcado por la sombra de la muerte que aún ronda los cerros y calles de Viña y Valparaíso.

Mientras tanto, algunos concejales ya aconsejaron suspenderlo –como se hizo razonablemente a causa de la pandemia- y el Gobierno evalúa una decisión que también le compete en medio de un desastre nacional.

El Festival de Viña registra en su historia versiones donde el dolor de los chilenos se cubrió con la máscara del espectáculo, la frivolidad y los aplausos. En 1974, mientras Chile atravesaba una dramática etapa de represión y abusos a los derechos humanos a pocos meses de asumir la dictadura, la Quinta Vergara le rindió honores a Augusto Pinochet y desde el proscenio Bigote Arrocet le dedicó el icónico “Libre” de Nino Bravo.

En definitiva, los incendios son un drama que enluta el alma de todo Chile. La realización del Festival en medio de una tragedia de muerte y espanto sería un signo doloroso y obsceno, acaso una antorcha para iluminar la incredulidad de todos…