Fútbol chileno: los “revolucionarios” tuvieron que venir desde fuera

En más de cien años de historia, nuestro fútbol ha tenido entrenadores capaces, serios, chantas, vivarachos y pillines, pero nunca alguno de ellos logró innovar respecto de tácticas o estrategias. Los cambios vinieron siempre del exterior, personificados en Francisco Platko, Mirko Jozic, Marcelo Bielsa y Jorge Sampaoli. ¿Razón? Nunca hemos sido un país futbolizado, como equivocadamente creen algunos.

Por EDUARDO BRUNA

Tras más de un siglo de fútbol chileno, en el análisis acerca de su evolución surge una verdad molesta pero irrebatible: los entrenadores nacionales han sido capaces, en ciertos momentos de la historia, de liderar unos pocos procesos exitosos; pero las “revoluciones” producidas han sido lideradas siempre por técnicos foráneos. ¿Extraño? Para nada. Tal aserto guarda íntima relación con un hecho que no se puede cuestionar ni desmentir: nuestros entrenadores son el producto genuino de un medio que nunca ha sido futbolizado.

Habrá algunos que rebatan tan audaz afirmación. Apelarán, cómo no, a la efervescencia nacional producida con motivo del Mundial de 1962. Al explicable jolgorio por una victoria inesperada. A la exacerbación de las pasiones previo y durante un Superclásico. A todas aquellas oportunidades en que la Roja mantuvo a todo un país en vilo y al carnaval multitudinario luego de conquistado un logro al cual no estábamos acostumbrados. Pero son hechos aislados. La excepción a la regla en un medio cuya tibieza obliga incluso a apelar a la épica para despertar pasiones que, de otra manera, permanecen aletargadas.

Para bien o para mal, estamos a mucha, muchísima distancia de medios mucho más futbolizados que el nuestro. No podemos ni de lejos compararnos con Argentina, Brasil o Uruguay, donde de partida el fútbol llegó antes a sus costas por la cercanía con el Atlántico. Mientras brasileños y trasandinos asumen su gusto por el fútbol como si fuera una religión, los uruguayos, habitantes de una nación pequeña, ven en sus logros futboleros la mejor manera de hacerse notar ante un mundo que, de lo contrario, hasta podría pensar que se trata de un país asiático o africano.

Somos tan poco futbolizados que el grueso de nuestros hinchas más fieles carecen de los conceptos básicos para analizar un partido de fútbol. En la victoria nos creemos generalmente mejores de lo que realmente somos y en la derrota, a falta de argumentos técnicos, apelamos a la pueril explicación de que “los muchachos no mojaron la camiseta”, o “no pusieron los huevos que había que poner”. Como si el fútbol se tratara exclusivamente de esfuerzo y coraje.

El experimento nunca se ha hecho, pero de llevarse a cabo nos desnudaría como hinchas circunstanciales: subir a una micro o a un carro del Metro a Fernando Zampedri, Marco Bolados y Pablo Aránguiz, por ejemplo, y preguntarles a los pasajeros si los reconocen. Si saben de quiénes se trata y qué camiseta defienden. Estoy seguro de que más de una sorpresa nos llevaríamos. ¿Futbolizados? Estamos locos. De partida, en ningún país futbolizado se aceptaría jamás que de los clubes se adueñaran tipos que sólo tienen plata, pero insignificante o nula trayectoria como hinchas, como pasó con los clubes nuestros a partir de 2005.

¿Habría permitido la hinchada de Boca, por ejemplo, que como presidente de su club la AFA hubiera nombrado a un dirigente de Vélez Sarsfield o de Arsenal de Sarandí, como ha pasado más de una vez en Colo Colo? Nunca. Habrían incendiado la AFA y “La Bombonera” juntas.

Riera: un “proceso”; jamás una “revolución”

Nuestros entrenadores han sido productos naturales de ese medio. Hemos tenido tipos serios, dedicados y profesionales, así como también otros que basaron sus posibilidades de éxito en la astucia, la pillería y en el sacar ventajas a cualquier precio. Con mayor o menos éxito, sin embargo, ninguno de ellos innovó en estrategias y tácticas. Ninguno fue capaz de liderar una revolución que quedara registrada en la historia y en los libros.

¿Fernando Riera? Muchos podrían mencionarlo, considerando que llevó a la Roja a su mejor participación en la historia de los Mundiales y contó con un prestigio que lo hizo dirigir en Europa y en Argentina. Sólo que Riera, todo un “gurú” para muchos quienes fueron sus dirigidos y quisieron ser al igual que él técnicos, en ningún caso podría ser calificado como “innovador”. Menos de “revolucionario”. Tal vez lo haya sido respecto de la conducta y la rigurosidad de los entrenamientos con jugadores muy dados a desbandarse o confundir la alegría con la chacota, pero futbolísticamente hablando se aferró a lo conocido, al punto que su cuadro de 1962 se paró siempre con el 4-2-4 mayoritariamente vigente en el mundo por esa época, y el retroceso circunstancial de Leonel o de Jaime Ramírez tenía que ver más con las necesidades del juego que con un esquema distinto en el que creía y desarrollaba en sus equipos.

Para decirlo claro, Riera lideró un proceso largo y serio que resultó sin duda exitoso, pero desde el punto de vista estratégico o táctico no significó nada nuevo ni un aporte novedoso a lo ya conocido.

Francisco Platko, húngaro, no fue por cierto el primer entrenador foráneo en dirigir en Chile, pero se metió en la historia cuando, en 1941, realizó toda una revolución táctica en la banca de Colo Colo.

Con experiencia en Suiza, España, Portugal, Inglaterra y Rumania, entre otros países, implantó en el “Cacique” la idea del denominado “half policía”. Convencido de que lo primero que había que hacer era anular al hombre en punta del ataque rival, encontró en José Pastene el jugador justo para hacer esa tarea de perro de presa. “Anti fútbol”, dirían los puristas y los líricos, pero lo concreto es que la defensa alba, liderada por Santiago Salfate, nunca se había desenvuelto con tanto alivio, al paso que la ofensiva colocolina, con Enrique Sorrel, César Socarraz, Alfonso Domínguez, Norton Contreras y Tomás Rojas era arrolladora.

Resultado: Colo Colo lograba su tercera estrella y repetía de manera contundente el título como invicto conquistado en 1937. Ganando 13 partidos y empatando cuatro, la vuelta olímpica del “Cacique” tuvo más brillo que nunca.

Medio siglo después, Mirko Jozic

Casi medio siglo tuvo que pasar para que al fútbol chileno llegara otro entrenador que remeciera estructuras anquilosadas: Mirko Jozic. El croata, campeón del mundo en Chile con su selección Sub 20 por entonces yugoslava, abrió el apetito del “Cacique”, presidido por otro descendiente de croatas (Peter Dragicevic), para que realizara en el club albo un ambicioso trabajo formativo en las series menores. Pero cuando previo a la Copa América de 1991 en el país Arturo Salah deja la banca de Colo Colo para asumir en la Roja, el directorio albo decide que el reemplazante más idóneo es ese Jozic que, cumplida su labor, había regresado a Europa.

A su llegada de regreso al Monumental, no dejó de llamar la atención que declarara que “llego para que Colo Colo siga siendo campeón del fútbol chileno y obtenga la Copa Libertadores de América”. ¿Exceso de optimismo? Nada de eso: convicción pura en sus méritos y en los de sus dirigidos.

Los jugadores albos sintieron rudamente el cambio. Mientras Salah tenía la costumbre de la cercanía con el jugador, Jozic era todo lo contrario. Aparte de su español todavía incipiente y deficiente, el croata era escasamente amigo del diálogo, de la charla tan protocolar como hueca y del arrumaco a sus dirigidos. Como se caricaturizaba tan acertadamente por aquellos días, Mirko no era de los que recorría las habitaciones de sus jugadores concentrados para taparles las patitas, cuidando de que no se resfriaran.

Sabía, además, que contaba con los jugadores adecuados para imponer un esquema absolutamente distinto al claramente “rierista” que aplicaba Salah. Lizardo Garrido iba a ser el “líbero” mientras Miguel Ramírez y Javier Margas, ambos rápidos y fuertes, ejercerían una marcación al hombre sin pausas sobre los dos “puntas” del rival. Eduardo Vilches sería la rueda de auxilio, al paso que Gabriel Mendoza por la derecha, y Jaime Pizarro por la izquierda, patrullarían las bandas en un incesante sube y baja.

No tenía ese equipo un “armador típico”, pero Rubén Espinoza era el que mejor se adaptaba, al paso que arriba había con qué hacer daño: Marcelo Barticciotto, Patricio Yáñez, Ricardo Dabrowski, Rubén Martínez, Luis Pérez y hasta Sergio Salgado en una primera etapa, eran garantía de llegada y de gol en cualquier esquema.

Lo que ocurrió, ya se sabe. El “esquema Jozic”, definido como de “rombos” sobre la cancha, tuvo su prueba de fuego la tarde de su debut, frente a Universidad Católica, sin que sus propios jugadores se mostraran muy convencidos. El “Chano” fue lapidario cuando en la víspera dijo que “o esto resulta o va a ser un completo desastre”.

Resultó. Colo Colo no sólo venció a Universidad Católica con un gol de Miguel Ramírez en el Monumental, sino que el esquema había funcionado. Y tan bien, que aparte de transformarse en candidato a ser una vez más campeón, afrontó la Copa Libertadores de 1991 dejando atrás el verdadero trauma del año anterior, con Arturo Salah en la banca, en que luego de ir venciendo por 3-1 a Vasco da Gama, perdió mediante penales el paso a cuartos en el Estadio Nacional.

Superado el grupo frente a Barcelona, Liga Deportiva Universitaria y Deportes Concepción, Colo Colo dejó luego en el camino a Universitario de Lima, Nacional de Montevideo y Boca Juniors para arribar a una final ante el campeón vigente: Olimpia de Paraguay.

Lo acontecido se conoce de sobra. El fútbol chileno conquistaba por primera y única vez un trofeo tan esquivo como inalcanzable. Pero mientras la prensa sudamericana se deshacía en elogios hacia ese equipo que volvía a romper la hegemonía del Atlántico luego de la hazaña protagonizada por el Atlético Nacional de Medellín, en Chile no escaseaban las voces de aquellos técnicos nacionales que desdeñaban el “esquema Jozic”, tildándolo de “anticuado” y hasta de “anti fútbol” por una marcación al hombre que, según los críticos, ya no se realizaba en ninguna parte del mundo.

Lo de ellos era la “marcación zonal”, igualmente válida, por supuesto, pero con la que nunca habíamos ganado nada.

La “fiebre del Loco”

El tercer “revolucionario” del fútbol chileno, qué duda cabe, fue Marcelo Bielsa. “Fusilado” por la prensa argentina luego de su fracaso con la albiceleste en el Mundial Corea-Japón de 2004, y por abandonar el cargo en plena campaña hacia Alemania 2006 cuando el equipo estaba en puestos de clasificación, Bielsa estaba recluido en su campo de Rosario, seguramente viendo la forma de reinventarse, cuando recibió la oferta, por parte de Harold Mayne-Nicholls, para hacerse cargo de la Selección Chilena.

Contra todo pronóstico, los contactos prosperaron. Fiel a su ascética costumbre, Bielsa se instaló con camas y petacas en “Juan Pinto Durán” y condujo a Chile a una clasificación inédita para el Mundial de Sudáfrica. No sólo porque la Roja no necesitó de la habitual calculadora, puesto que llegó sólo por detrás de Brasil, sino por haber sido el equipo que más partidos fuera de casa había ganado en toda la historia de la Selección en este tipo de confrontaciones.

Con un 3-3-1-3, el fútbol de Bielsa era, ante todo, vértigo, lo que sin embargo no era sinónimo de desorden. Se trataba de un equipo con jugadores en permanente desmarque cuando la pelota le pertenecía, pero solidarios absolutos a la hora de perderla. Y es que el argentino podía perdonar cualquier cosa, menos que un jugador de su equipo fuera el espectador mejor ubicado de la cancha. Correr, marcar presionando y mostrarse, fue algo de lo que todos sus dirigidos se fueron imbuyendo.

Para llegar al gol todos los caminos estaban permitidos, pero convenció también a sus dirigidos que en el fútbol actual las opciones crecen cuando se busca por las bandas. 

Logró, además, algo que sólo un entrenador de jerarquía consigue: mejorar a sus dirigidos o, al menos, disimular en cuanto se pudiera sus limitaciones. La Roja de Bielsa podía ganar, empatar o perder, pero con el convencimiento íntimo de que sólo se doblegaría frente a un rival que hubiera sido efectivamente superior. En otras palabras, era capaz de convencer a sus equipos de que vencer -frente al rival que fuese- no era la utopía que siempre nos pesó hasta su llegada.

La caída de Mayne-Nicholls implicó la partida de Bielsa. Que el sillón de la ANFP lo ocupara Sergio Jadue fue, además, decisivo para el trasandino. Sus palabras en la despedida serían, con el paso del tiempo, premonitorias.

Sampaoli: tan capaz como sinvergüenza

Tras el breve paso de Claudio Borghi por la cabina técnica de la Roja, rumbo a Brasil 2014, la posta la tomó Jorge Sampaoli, un tipo que demostró toda su capacidad tanto como su escasa ética. Porque entró en conversaciones con Jadue estando aún el “Bichi” vigente y porque, aprovechando de que trataba con delincuentes, le sacó al fútbol chileno todo el dinero que pudo sin reparar para nada en procedimientos.

Pero en la historia quedará no sólo la clasificación al Mundial brasileño, sino una Copa América 2015 absolutamente inédita para un fútbol perdedor por todo un siglo.

Y es que, continuando con el probado “estilo Bielsa”, Sampaoli tuvo la ventaja, además, de contar con una denominada “generación dorada” con mucha más trayectoria y mucho más recorrido. Es decir, los jugadores que ya con Bielsa habían demostrado su capacidad, contaban ahora con una madurez que los tornaba mucho más confiables y seguros en sus medios.

Sampoli sacó buen provecho de todo eso. La Roja salía a buscar el partido en cualquier cancha y por más blasones que el rival exhibiera. Luchando cada pelota como si fuera la última, conseguida ésta el que la tuviera contaba con varias alternativas para pasarla. La Selección Chilena, guardando las proporciones, revivía por momentos el juego vertiginoso y asfixiante que los holandeses habían impuesto en el Mundial de 1974 con su famosa “Naranja Mecánica”. 

Hasta como “Perros salvajes” fueron calificados en un documental que mostraba cómo la Roja imponía superioridad numérica en todos los sectores de la cancha.

Imposible olvidar la forma que Chile mandó de vuelta a casa a la España campeona del mundo en el Maracaná. Imposible, también, olvidar que meses antes, en Stuttgart, la Roja, perdiendo por la mínima, había tenido por las cuerdas a la Alemania que se consagraría campeona del mundo en Brasil 2014.

Que nunca hayamos tenido entrenadores innovadores en estrategias y tácticas no es, desde luego, un cargo ni un reproche. Es sólo la palmaria realidad de un fútbol que no nos apasiona tanto como muchos creen. Y nuestros técnicos son fruto natural y genuino de esa tibieza.

Para ser más justos, sólo somos hinchas de verdad en determinados casos y en ciertas circunstancias. Pero nadie inventará una iglesia para seguir al ídolo como si de un Dios se tratara, ni se va a cortar jamás las venas porque la Roja quede eliminada o el domingo pierda su equipo. Aunque de un Clásico se trate.