Germán Bobe: lo profano, lo divino y la cultura queer

El realizador dictó una serie de clínicas acerca de su obra audiovisual y plástica en la Cineteca Nacional de Chile.

Por RODRIGO CABRILLANA / Foto: ARCHIVO

Una cautivadora y didáctica charla, que incluyó la exhibición de distintos cortos y videoclips, contempló la participación del cineasta Germán Bobe en una serie de seminarios en que hizo referencia a su vasta producción artística y a los diferentes componentes que son parte de ésta.

Porque escuchar a Bobe deslumbra, y sobre todo nos introduce en un amplísimo mundo de vanguardia que se combina de tal forma, que sus creaciones, la mayoría que data de los años 90, permanecen absolutamente vigentes y, sobre todo, se proyectan con un discurso que tiene cada más propagación y aceptación en todos aquellos que van conociendo su obra más a fondo.

Ya que fue en gran parte la rebeldía al conservadurismo de la sociedad chilena lo que probablemente influyó en Germán para canalizar a través del arte todo aquello que deseaba expresar. Sin embargo, aclara que “estas tres palabras: lo divino, lo profano y lo que es queer, definen en parte mi trabajo, no en su totalidad, pero son algo que está en mi obra mayormente. Tengo una relación con la religión y sus ídolos no de una manera negativa, pero no creo en ellos y no creo en la iglesia como una divinidad, nunca lo he creído”.

Por lo mismo, fueron muchos los artistas que se unieron al trabajo de Germán, y en el colectivo Al Camp Troupe, compuesto por músicos, actores, pintores y hasta gente que hacía collage, desarrollaron una serie de ideas con una definición artística en común, que legó con los años la realización de películas, videoclips, fotografías y discos, entre muchos otros productos también que han permanecido incluso, inéditos.

Asociación que tuvo su cara más representativa en agrupaciones musicales como Los Tres y Javiera & Imposibles, donde Bobe fue un colaborador primordial e ilustre dentro de lo que fue la estética que ambos proyectos cultivaron.

De hecho, después de vivir una vida cosmopolita en su niñez y juventud, Germán se instala en Chile a fines de los 80, en 1988 realiza su primer trabajo y luego comienza una travesía por el mundo de la música, donde va a transformarse en un connotado director de videos musicales, que lo lleva a trabajar no solamente con la banda de Álvaro Henríquez, sino también con otros proyectos como Los Jaivas y Chancho en Piedra.

Ocasiones en que va a desplegar todo su arte multidisciplinario, caracterizándose por la mezcla de formas, utilizando “las imágenes clásicas hasta los estilos típicos del universo kitsch”. Por lo cual, el mundo imaginado de Bobe va a contemplar no solamente las tradicionales representaciones que aluden a una religiosidad occidental, sino que también se incluye a mujeres, transformistas, lo relativo al sacrilegio y, por supuesto, a elementos de un paisaje que se relaciona plenamente con la identidad chilena.

Por esa razón, Germán comienza en sus registros a suplantar divinidades, a incluir mujeres en escenas religiosas típicas como “La Última Cena” e, incluso, a representar a ídolos malignos como el Diablo, siendo también una fémina. Es decir, Bobe busca provocar en una época política cultural que se inicia con la transición y en que se anhelaban nuevas aperturas desde la ciudadanía, pero donde finalmente se va generar que sufra censura incluso con dos de sus magistrales videoclips (“Déjate Caer” e “Hijos de la Tierra”), por parte de uno de los canales de televisión abierta que promovían su trabajo en los estelares de música local.

Sin embargo, para el realizador es interesante, porque son acontecimientos que hoy cobran relevancia por medio de investigaciones y conversatorios que “generan un interés que estaba un poco perdido”, según termina de acotar.

Germán Bobe con Ángel Parra durante una grabación de un videoclip del grupo Los Tres.

Mientras que el arte de Germán Bobe se instala en Chile desde el margen, pero ante todo va abriendo caminos, va estableciendo nuevos marcos en lugares que eran intransitados e inexplorados por la sociedad chilena contemporánea. En escenarios y entornos en que lo queer va marcando fuertemente su presencia y que está en todo lo que hace el cineasta.

Trayectos que anteriormente habían experimentado otros artistas como Pedro Lemebel y Francisco Casas de Las Yeguas del Apocalipsis, la artista visual Gloria Camiruaga y tal vez otros muchos que también tuvieron que abrirse paso en medio del tradicionalismo y el continuismo de un modelo país que estaba poco acostumbrado a la diversidad.

En resumen, el trabajo de Bobe logra trascender, y eso es una ganancia no menor que mantiene plenamente activo y desarrollando muchos más proyectos al cinematógrafo que alguna vez Álvaro Henríquez sindicara como una especie de Brian Epstein para Los Tres (“Noches de Rock & Roll” p. 487).

Sin duda, la factoría de Germán que se inicia en una burbuja con distintas personas que fueron sus colaboradores, hoy tiene un lugar de culto en la vanguardia del arte nacional. “Eso que nos permitía crear libremente y que a veces se entendía y no se entendía”, según palabras del propio director.