God save la soberanía partidaria

Tras la elección de los integrantes de la Convención Constituyente, en su mayoría independientes, a los partidos políticos chilenos no les gustó la pérdida de poder, ni menos que el mundo cambiará sin ellos.

 

Altiva, la compañera escribió: “Yo no me pierdo”. Esa afirmación obligó a la pausa. ¿Así es la izquierda o ha confundido, entre el dolor inicial y los casi 50 años de abusos, la convicción con la prepotencia?

El necesario análisis exige tanto lo objetivo como lo subjetivo y en tiempos de engaños, se sobrevalora la emoción. Los partidos políticos chilenos quedaron helados con el resultado en que la mayoría de los convencionales constituyentes eran independientes y se agruparon en una lista llamada “del pueblo”. No les gustó la pérdida de poder, ni menos que el mundo cambiará sin ellos.

Para la derecha, obvio, eran los “rotos”; para las izquierdas, una unidad que ellos no esperaban. Unos porque el verdadero disfraz no era el de Pikachu, sino el de sus colectividades que venían usufructuando de financiamientos oscuros y la costumbre obliga. Otros porque les ha costado mirar más allá de su centralismo, por orden, por temor, por costumbre de pretender controlar hasta la verdad.

Lo claro es que a ni un solo partido le gustó el triunfo de la Lista del Pueblo. Era demasiado. Y esa unidad, en los hechos representaba lo que es la población carenciada, mayoritariamente, desde el origen: profesionales hijos de trabajadores, empleados, dueñas de casa y hasta el típico engañador, ese que se hace pasar por, pero tiene lo suyo, en una parcela. El sospechoso de siempre, vendido o no y aún sin explicar.

Con ese último personaje de dudoso origen, se inició el torpedeo a la Convención. ¿Cómo era posible tal rasquerío haciendo la nueva Constitución?

Y no paró la demostración, por cierto, con constantes aportes de los propios de la mentada lista. Que uno votó desde la ducha, ¡y lo dijo!, otros comían en los jardines del aún ex Congreso, bailaban y hacían ceremonias extrañas, y algunos se reunían con militantes de máquinas para “acordar instrucciones”. No se podía con los independientes, era indispensable recuperar el poder.

Larga es la lista de pequeñas operaciones que fueron desprestigiando a la Convención. Una, más bien mediana, ocurrió en el cambio de directiva cuando el espectáculo dejó fuera a quién, seguro, habría seguido enalteciendo la testera frente al enemigo constante de la prensa privada y, con ello, ante la opinión pública. Asumió, tras peleas picantes, una dupla tierna, pero sin la fuerza ni estatura de los primeros, aunque Domínguez hizo más de lo esperado con claridad.

Una mesa débil, sin voz, tierna, sin manejo político era muy difícil que llevara a buen puerto la tarea, pero lo hicieron lo mejor que pudieron, cumpliendo los plazos. En Chile el tiempo está sobrevalorado.

Con una Convención desprestigiada, con los medios de prensa horadando lo hecho, cómo brazo estratégico de la derecha, y una izquierda dividida entre el no ser, sino socialdemócrata, y otra que insiste en su verdad, el pueblo confundido, agotado de memes y malas cosas debía, además, sufrir alzas tras alzas como en ningún otro país del mundo, todos con inflación porque la pandemia alguien tenía que pagarla. Nunca el rico, menos acá donde sus ganancias siguen también en alza. Pero ellos saben llorar golpeando el bolsillo de los trabajadores, quienes, solidarios, les agradecen no echarlos.

Y así, a un tercio de la pega convencional, el discurso de la derecha se fue imponiendo, con datos falsos y todo lo que ellos acostumbran. Y, en especial con la mirada aprobatoria de los primeros partidos que no querían a los independientes. Desde el socialismo, la bancada cumplió con el deber encomendado: frenar todo cambio profundo que desarmara la estructura subsidiaria (esa que permite que, con los impuestos de todos, en especial de los más pobres, se financien empresas de los más acaudalados).

La única tienda que buscó alianzas concretas con los ex Lista del Pueblo, siempre y cuando estuvieran apoyando sus propuestas, fue la del PC. Nada que permitiera remontar el lodo derramado.

Con un jefe de gobierno entregado cuando aún faltaba un tercio de la carrera, era complejo vencer. No se conoce un mando que antes de la batalla final diga: “Si gana el opositor vamos a hacer esto”, así, no es posible vencer. Aunque sigan defendiendo esa estrategia, no, nunca es eficiente bajar la moral de los pocos que estaban en las calles intentando convencer sobre la necesidad de cambiar el abuso de la Constitución de Pinochet por una que garantizaba los derechos.

Así, el final fue lo que fue. El pueblo que había apoyado a los independientes, se puso al lado opuesto. No les gustó lo hecho, sin leer o por flojera, era más fácil el discurso simple que les dijo: “Es mala la wueá”. Y los partidos respiran confiados en que serán ellos los que decidan, con ministras representantes de lo mismo de antes del estallido y los taxistas diciendo lo mismo de antes: total, YO, igual tengo que trabajar, porque esto nunca va a cambiar.

La izquierda en deuda, la cuenta sigue en sus manos, ojalá no se pierda entre tercios irreales, porque el universo real ya no lo dan a conocer.