Hace 40 años, Villablanca fue campeón del mundo de boxeo por 19 días

La noche del 5 de junio de 1982, el melipillano se transformaba en el primer monarca mundial del pugilismo chileno venciendo al puertorriqueño Samuel Serrano por nocaut técnico. Pero el 24 de ese mismo mes, la Asociación Mundial de Boxeo desconoció el resultado, manteniendo como campeón al boricua. Los recuerdos y entretelones de una noche tan histórica como inolvidable.

Por EDUARDO BRUNA

El venezolano Jesús Celis, árbitro del combate, le levantó la mano declarándolo campeón del mundo de los livianos juniors (130 libras ó 58.967 kilos) de la Asociación Mundial de Boxeo; el sancionador de la pelea, el estadounidense Nick Karasiotis, le calzó el cinturón que lo distinguía como el nuevo monarca de la categoría. Sobre el ring montado en el Teatro Caupolicán, un exultante Benedicto Villablanca hacía realidad un sueño largamente acariciado y siempre frustrado: ser campeón mundial de boxeo, haber conseguido lo que antes no habían podido lograr el “Tani” Loayza, Arturo Godoy, Godfrey Stevens y Martín Vargas.

La euforia, en un casi desierto Caupolicán, fue de todos modos indescriptible, pero nada comparada con lo que, a partir de ese momento, comenzó a vivirse en Melipilla, la ciudad del retador, ahora devenido en campeón del mundo. La rural y bucólica localidad esa noche prácticamente no durmió celebrando el inédito logro de uno de los suyos.

Casi tres semanas después, sin embargo, los teletipos de las agencias internacionales traían una noticia que costaba creer. La Asociación Mundial de Boxeo, a través del puertorriqueño Luis Batista Salas, presidente del Comité de Campeonatos del Mundo del organismo, había decidido desconocer el triunfo de Villablanca. Pero no sólo eso: para el único organismo mundial que por esos años competía con el Consejo Mundial de Boxeo (CMB), el campeón seguía siendo el también puertorriqueño Samuel Serrano.

La rocambolesca historia, sin embargo, había comenzado a escribirse años antes, con la llegada a Chile de un promotor tan polémico como audaz: Ricardo Liaño, cubano de nacimiento pero español de toda la vida.

Ricardo Liaño.

Liaño, un aventurero que había recorrido Sudamérica montando espectáculos artísticos, decidió un día organizar en Ecuador combates de lucha libre. De allí a derivar al boxeo había sólo un paso. Y Liaño, decidido a llevarse el mundo por delante, lo dio sin tener la más mínima duda de que en ese nuevo plano también le iría bien.

Cuando llegó al país pronto puso los ojos sobre Pedro Miranda, apodado “Ray”. También melipillano, el muchacho boxeaba bien y tenía una mano derecha de golpe más que respetable. Pero la evidente indisciplina del apodado también “Loco”, que siempre tomó el boxeo como un pasatiempo, porque lo suyo era enamorar mujeres, cantar y tocar la batería, hizo que Liaño lo descartara y se fijara entonces en Benedicto Villablanca. Por curiosa coincidencia, Villablanca era también melipillano, también liviano juniors y, como si eso fuera poco, estaba casado con una hermana de Pedro Miranda.

Merced a su esfuerzo, a su profesionalismo, a su seriedad y a un estilo agresivo que se hacía sentir, más allá de sus indudables ripios técnicos, Villablanca fue poco a poco ganando puntos en la consideración de Liaño, que no tardó mucho en convencerse de que, para montar la pelea con la que él siempre había soñado, Benedicto era el hombre.

Comenzó a dirigirle la carrera y tuvo la suerte de coincidir con unos años en que la televisión se peleaba la transmisión del boxeo como espectáculo masivo y gustador. El artificial dólar a 39 pesos, además, era un incentivo extra para contratar púgiles extranjeros para los cuales el Chile de esos años era poco menos que una nueva California.

Liaño, que al principio de boxeo no sabía nada, pero aprendió más rápido que ninguno, fue programando seguido en sus carteleras del Canal 13 a Villablanca, hasta hacerlo sumar el número necesario de victorias para llevarlo hasta un desafío mayor: el 7 de agosto de 1981, el melipillano le respondía plenamente, ganando al peruano Luis Bendezú para conquistar la corona latinoamericana de los livianos juniors. No paró allí: tres meses después, el 27 de noviembre de 1981, Villablanca se transformaba en campeón sudamericano, derrotando por puntos al argentino Roberto Haidar.

Para Liaño, Benedicto Villablanca estaba listo para el mayor desafío de todos: enfrentar al campeón del mundo de la Asociación Mundial, Samuel Serrano. 

Samuel Serrano.

Deseoso de pasar a la historia de este país que él decía querer tanto o más que el propio, Liaño no se anduvo con chicas: enterado de que Serrano expondría su corona en Venezuela, frente al local Leonel Hernández, no titubeó en comprar dos boletos de avión y partir hasta Caracas para iniciar las conversaciones con el promotor del monarca del mundo, el puertorriqueño José “Pepito” Cordero, y, de paso, para que Villablanca viera en acción, en vivo y en directo, a quien podía ser pronto su duro adversario.

A Serrano, que todavía la quedaba una defensa opcional, es decir, pelear contra quien él quisiera, para después pensar recién en el retador obligado, no le parecía mal incluso venir a Chile a medirse con Villablanca. Como dijo el melipillano años después, “todo se facilitó porque Serrano, luego de examinar el ranking, vio que de los diez primeros el más malito era yo y no demoró nada en decidirse”.

Firmada la pelea, para el 5 de junio de 1982 en el Teatro Caupolicán, Villablanca la tomó como debiera tomarla todo profesional. Se concentró en los alrededores de Melipilla con su técnico, Galvarino Olave, y durante semanas llevó una vida casi monacal. Al “footing” de madrugada le seguía un entrenamiento tan a fondo como intenso e, instado por Liaño, que para la publicidad tenía un olfato único, por las tardes se dedicaba a talar árboles a lo que es hachazo hasta convertirlos en pequeños leños, tal y como en su tiempo se le había visto hacer a Joe Louis o a “Rocky” Marciano.

Villablanca, que nunca fue un bobo, sabía que pugilísticamente frente a Serrano era poco lo que podía hacer, pero desde que se confirmó la pelea se propuso llegar física y mentalmente mejor que nunca, aunque para ello durante días eternos tuviera que dejar de lado esposa, hijos y todas esas distracciones que son tan propias de los 24 años.

En medio de esa preparación como nunca antes la había tenido, la tensa vigilia para Villablanca fue, al cabo, más corta de lo que indicaba el calendario. Por lo menos, él la sintió así. Hasta que llegó ese sábado por el que tanto tiempo había esperado y soñado.

Liaño, que infructuosamente trató de conseguir apoyo económico del gobierno, convencido de que la dictadura valoraría su esfuerzo de aportar con circo a falta de pan, se llevó menudo chasco. Obligado por las circunstancias, tuvo que fijar precios casi prohibitivos para el costo de las entradas. Consecuencia: esperaba sobre 6 mil personas y al Caupolicán esa noche no llegaron más de 300.

Incluso a “Don Francisco”, figura principal de la televisión chilena de aquellos años, el entusiasmo por presenciar el combate le duró sólo hasta llegar a la boletería y enterarse de lo que costaba un boleto de ring side. Económicamente poderoso como el que más, dio media vuelta y se fue protestando. Hay que imaginarse lo que fue para otros, de mucho menos nutrida billetera.

Ricardo Liaño aquella noche perdió hasta la camisa, como se dice popularmente. “Pepito” Cordero, un tipo turbio y que años después moriría en oscuras y violentas circunstancias, exigió el pago por anticipado de la bolsa y el locuaz español no se suicidó únicamente de milagro. Para poder responder tuvo que hacer verdaderos malabares y, prácticamente, hipotecar todo lo que tenía y endeudarse con quien pilló a mano.

Pero ese problema, por cierto, no llegó a Villablanca, que recluido desde temprano en su camarín, ajeno a todos los entretelones, era como el kamikaze dispuesto a matar aunque él también muriera en el intento.

La pelea fue, ciertamente, terrible. Porque aunque Villablanca, más guapo que nunca, se la jugaba  con todo, tras el balance de cada asalto llegaba a su rincón sabiendo que Serrano lo había hecho mejor. Para decirlo claro, por cada golpe que lograba propinar recibía dos o tres. Parecía que en cualquier momento, de no desplomarse frente a alguna de esas muchas manos que lo estremecían, su rincón iba a arrojar la toalla o él iba a apelar a la sensatez para decir no más. ¿No lo había hecho el propio Roberto “Mano de Piedra” Durán, guapo entre los guapos, cuando se vio tan indefenso frente a “Sugar” Ray Leonard?

Pero rendirse no estaba en los planes de Villablanca. Dolorosamente para todos quienes presenciaban la pelea, estaba haciendo realidad lo declarado en los días previos, cuando a la prensa que concurría diariamente a su campamento le había dicho: “Es la gran oportunidad de mi vida y no la voy a dejar pasar así como así. A mí me van a tener que bajar muerto del ring”.

Pese a su clara inferioridad, en el 6° asalto se produjo sin embargo una incidencia que al final resultaría clave. Una mano de Villablanca, en el clinch, había logrado producirle a Serrano un largo y profundo corte sobre su ojo derecho. Y aunque el puertorriqueño generalmente llegaba a su rincón tras cada round sabiendo que seguía sumando puntos a su favor, esa herida, profunda y que sangraba profusamente, no dejaba de preocuparlo a él y a sus segundos, que dedicaban todo el minuto de tregua a trabajar en ella para evitar o al menos atenuar la hemorragia.

Villablanca, que seguía recibiendo golpes durísimos que preludiaban el nocaut, llegaba a su rincón tras cada asalto visiblemente conmocionado. Pero el agua con que bañaban su cabeza lograba revivirlo como de milagro. No sólo eso: el segundo de Olave, Freddy Strutz, un panameño que había viajado la noche anterior, contratado por Liaño especialmente para actuar en ese combate, recurría a un viejo truco del boxeo de su país para despejarlo y que pudiera seguir peleando: le mordía, con la adecuada presión para no provocar daño, el lóbulo de sus orejas.

El retador tenía, después de todo, una leve esperanza de victoria: esa herida de Serrano sobre la cual descargaba todos los impactos que lograban superar la cerrada guardia del puertorriqueño. No era todo: el campeón mostraba claros indicios de ir de más a menos en lo que era su trajín sobre el cuadrilátero. Todo lo contrario de Villablanca, que con ese segundo aire que pareció insuflarlo en la segunda mitad de la pelea tenía ahora la certeza de que semanas de entrenamiento y privaciones habían valido la pena.

Hasta que llegó el round 11 y el doctor oficial del combate, Roberto López, que subía a examinar a Serrano, tras observar la herida determinó que este no estaba en condiciones de continuar combatiendo. Su gesto de “no va más” al árbitro Celis desató la locura. La escasa gente que había invadió eufórica el cuadrilátero y esos tensos instantes del epílogo darían, con el tiempo, para las más enrevesadas versiones.

Una decía que Celis se había visto obligado a levantarle la mano a Villablanca porque no pudo olvidar que vivíamos una dictadura tan poco pudorosa que no temía exhibir los muertos flotando en las aguas del Mapocho. Otra, que el sancionador, Nick Karasiotis, le había puesto el cinturón a Villablanca luego que sintiera que alguien, detrás suyo, le ponía una pistola a la altura de los riñones.

Pasados los minutos, sin embargo, y concretado el rito habitual en este tipo de combates, el equipo puertorriqueño abandonó el ring para dirigirse de regreso a los vestuarios. Allí, “Pepito” Cordero, que con su poderío ayudaba a financiar la AMB y por lo mismo tenía un indudable peso en la toma de decisiones, repetía a quien quisiera escucharlo que “los chilenos no tienen nada que celebrar, porque el campeón va a seguir siendo Sammy”.

El 24 de junio llegaba el cable desde San Juan, Puerto Rico, que le daba la razón a Cordero. Luis Batista Salas había decidido desconocer el triunfo de Villablanca argumentando que el corte de Serrano sobre su arco superciliar derecho había sido producto de un cabezazo y no de un golpe. Cabezazo que, por cierto, Celis jamás había sancionado. Y es que, sencillamente, nunca había existido.

Las alegaciones nacionales fueron inútiles. Tanto como la gestión que Liaño inició en cuanto supo de la decisión de Batista Salas. Partió a San Juan de Puerto Rico con Villablanca y el presidente de la Federación Chilena de aquellos años, Alejandro Reid, a intentar revertir la situación, pero todo fue en vano. Cuando le ofrecieron al puertorriqueño el “tape” de la pelea, para que comprobara por sí mismo que jamás había existido el cabezazo que Cordero y Serrano pretextaban, su respuesta fue que “esa no es una prueba válida, porque las cintas se pueden editar”.  

Y, aunque eso es cierto, era fácil comprobar que, si el 6° round duraba los 3 minutos reglamentarios exactos, no podía haber existido edición posible. Los dados, no cabían duda, ya estaban tirados.

Como gran cosa, a Villablanca le ofrecieron una revancha frente a Serrano, pero en otro país y con el puertorriqueño como monarca. A juego perdido, se aceptó la proposición, sólo que en el intertanto Samuel Serrano, ratificando que con el boxeo ya no quería más, perdió su corona frente a Roger Mayweather, tío del timador Floyd.

Pero la pelea Roger Mayweather-Benedicto Villablanca ya forma parte de otra historia.

Hoy, con 64 años, y tras haber sido conductor por 28 años en la Policía de Identificaciones (PDI), al Villablanca de aquella histórica noche sólo le quedan recuerdos. Un inmenso poster a color en la pared del living de su casa en que él, con las manos en alto en señal de victoria, recibe el cinturón de campeón que le ajusta Nick Karasiotis. 

El 1 de mayo pasado de 2015, con motivo de los 100 años de la Federación de Boxeo, Villablanca recibió una medalla de parte del organismo. En ella se lee: “De la Federación Chilena de Boxeo al primer campeón del mundo chileno”.

“Por lo menos esos recuerdos no me los podrán quitar nunca. Hasta el día que me muera”, dice hoy Villablanca cuando mira con nostalgia su pasado.