Hay que elegir un camino

Hay que elegir un camino

La situación es deprimente, grave, escandalosa. Se requiere, por lo tanto, de un debate serio y, ojalá, esclarecedor. El futbol chileno está como para prender un fósforo y tirarlo hacia su centro, como decía en los 60 el dirigente Juan Goñi.

Por SERGIO GILBERT J.

Las paupérrimas actuaciones de los equipos chilenos en la Copa Libertadores 2020 (de la UC, de Colo Colo y no hay olvidar a la U que ni siquiera pudo ingresar a la fase de grupos) no es un tema para festinar ni menos una ocasión para vociferar discursos mesiánicos desde púlpitos altos.

La situación es deprimente, grave, escandalosa. Se requiere, por lo tanto, de un debate serio y, ojalá, esclarecedor. El futbol chileno está como para prender un fósforo y tirarlo hacia su centro, como decía en los 60 el dirigente Juan Goñi.

Es cierto. Cada vez que pasa un bochorno como el vivido en esta Copa, volvemos a lo mismo. Hacemos diagnósticos donde dejamos claro que en Chile no existe trabajo de las divisiones menores, que los dirigentes buscan la ganancia en el corto plazo (más aún ahora cuando estos son empresarios que entraron a la propiedad de los equipos justamente para hacer negocio), que los entrenadores son flojos, incapaces y poco estudiosos, que los torneos locales tienen un mínimo grado de competividad, que los jugadores nacionales maduran tarde y no tienen roce, y que los que vienen de afuera solo quieren terminar sus carreras acá sin mayor ambición deportiva.

Se dice todo eso en cada fracaso. Y es verdad todo. Pero se debe dar paso a la siguiente fase y preguntarnos entonces, ¿qué se hace para salir de este círculo vicioso? ¿Hasta cuándo el fútbol chileno solo se mirará el ombligo y no hará algo más?

Es hora. Empecemos.

Lo primero que hay que definir es qué tipo de fútbol es que se quiere. Hay que tomar caminos. ¿Se quiere hacer de esto un producto para el consumo interno y convertirse en un abastecedor de materia prima (jugadores) para mercados un poco mayores? ¿O se desea fortalecer la llamada “industria” para elevar los niveles de competencia y, desde ahí, lograr el ingreso de venta a mercados mayores?

Cualquiera de los dos caminos abre exigencias.

En el primero, sin duda que tiene que haber, al menos, un mínimo de inversión en divisiones cadetes. Si bien se podría seguir manteniendo el actual nivel mediocre de competición abasteciéndose de mano de obra barata del extranjero, si se quiere vender algo a Argentina, Brasil o México, es preciso que cada club tenga una mínima estrategia para sostenerse (una venta al año puede ser salvadora). Eso sí, no se hable siquiera de ir a competir al extranjero. Simplemente se va a participar con la esperanza de usar la vitrina para la eventual venta. Se gasta poco, se gana poco. 

Si, por el contrario, la idea es tener un mercado más fuerte y vigoroso para competir de verdad afuera e ingresar al primer mundo como un abastecedor serio, el giro debe ser radical. No en las palabras, sino que en los hechos.

Se debe estar dispuesto no solo a invertir para ver posibles ganancias en el mediano plazo. Hay que gastar y pensar que no hay retorno seguro. Las divisiones menores tienen que estructurarse de tal forma que los procesos de detección sean lo más preciso posible. La formación de los entrenadores debe ser seria, universitaria y, como en toda profesión, con opciones de ser profundizada en el extranjero. Los torneos deben ser competitivos, fáciles de seguir, programados con un año de antelación. El público debe sentir el agrado de estar toda la tarde y en familia en un recinto cómodo y que no sea secuestrado por un puñado de delincuentes. Cada club tendría que tener sus emblemas, sus principios, su forma de expresar el fútbol que mejor siente. La legislación debería impedir que la propiedad estuviera en manos de tránsfugas que han cometido delitos en su vida empresarial y de representantes chantas que usan los clubes para blanquear dinero o hacer triangulaciones oscuras.

Sí, es más complicado este camino. Por eso siempre cabe la posibilidad de seguir en la que estamos. Pasando vergüenza. Siendo últimos. Solo primeros a la hora de ser eliminados.

Está bien. Pero después, no andemos llorando…