La balacera en el CDA dio paso al show de siempre


Mientras el país reaccionaba con el natural estupor y espanto, la autoridad política anunciaba medidas y querellas surtidas. Todo impostado. Todo falso. En este país hay que ser muy paria y muy pobre para ir a parar tras las rejas. Los delincuentes de cuello y corbata se quedan riendo tras cada estafa que cometen y los patitos malos que pululan por el fútbol tejen redes de protección que al final les garantizan que van a pasar colados una y otra vez.

Las versiones dan cuenta de un pistolero que, intempestivamente, sacó un arma de fuego y disparó indiscriminadamente contra aquellos hinchas que, a esa hora, hacían abandono del Centro Deportivo Azul (CDA), tras haber presenciado el entrenamiento del plantel superior de la U. Resultado: tres heridos que, en medio del natural caos que se produjo, suplicaban por atención médica en medio del pandemónium.

La noticia, como era de esperar, produjo el natural revuelo y revivió viejas reacciones de estupor y escándalo. Como era de esperar, además, el delictual hecho saltó las fronteras para transformarse en información de primera página de incontables medios de comunicación internacionales. Y es que, una vez más, violencia y fútbol aparecían relacionados, en un cóctel explosivo que, como siempre, tiene efectos multiplicadores tan devastadores como previsibles.

Da lo mismo si el ataque corrió por cuenta de otra facción de barristas azules o, si como afirmó livianamente el inefable arquero Johnny Herrera, la agresión fue obra de un desquiciado hincha albo. Lo mismo si, contra todas esas primarias especulaciones, el hecho fuera únicamente la resultante de viejas rencillas entre patos malos con cuentas pendientes. Hipótesis nada de descartable si, como en este caso, resulta que dos de los tres heridos mantenían antecedentes penales.

Se sabe: el vergonzoso hecho puede que quede en la más absoluta impunidad en lo que a las leyes respecta, porque no sería la primera vez que algo así ocurre, pero cualquiera haya sido su autor y su motivación para actuar tan aleve y cobardemente, el ataque va a traer repercusiones. En otras palabras, la búsqueda de venganza de aquellos que hoy se sienten agredidos, ofendidos y, en la ley del hampa, hasta humillados.

“Esto no se va a quedarse así”, compadre, deben estar pensando varios. Frase que, como suele tener su correlato con la realidad, augura en cualquier momento otro ataque que puede llegar a ser incluso más artero y más sangriento.

El deleznable episodio en el frontis del CDA produjo, como siempre, las impostadas reacciones de las autoridades. El “condenamos el hecho de la forma más tajante” o “nos vamos a querellar contra todos aquellos que resulten responsables”, volvieron a desempolvarse, una vez más, sólo para decir algo y no quedarse vergonzosamente callados.

Y es que, lamentablemente, está probado -mejor dicho recontrarrequete probado- que ninguna autoridad, del sector político que haya gobernado este país como su propia parcela, ha hecho nunca nada -salvo la acostumbrada faramalla para hacernos creer que están preocupados- por erradicar del fútbol a esa ínfima minoría de delincuentes que, sin embargo, hacen tanto daño que para cualquier desprevenido se antojan verdaderas legiones.

Lo cierto es que no es así. Son pocos en proporción a la inmensa masa de gente decente que sigue el fútbol. Es más: la gran mayoría de ellos están identificados, lo que significa que a la autoridad, si realmente quisiera terminar con este flagelo, no le costaría nada actuar con la necesaria severidad para ponerlos a buen recaudo. En otras palabras, presos. O impedidos de camuflarse entre los verdaderos hinchas para cometer desmanes en los días de partido, por último.

Fue lo que hizo el Reino Unido para combatir a los temidos “hooligans”, que desgraciadamente siguen existiendo, pero pasando saludablemente de “plaga” a “plaguita”.

Partieron por ficharlos a todos. Y la primera medida draconiana fue obligarlos a presentarse temprano en la comisaría más cercana a su domicilio cada vez que el equipo de sus amores jugara. Sólo los dejaban ir por la noche, cuando ya no podían constituir un peligro para nadie.

No fue todo: aparte de prohibirles trasladarse al extranjero para alentar a sus respectivos clubes, requisándoles pasaportes si ello fuera necesario, se dictaron leyes cuya drasticidad no dejaba lugar a dudas. Aquel que osara invadir el terreno de juego de cualquier recinto británico arriesgaba una pena mínima de tres años de la que no lo libraba ni una eventual gauchada de la tía “Chabela”.

Los estadios británicos hoy están libres de rejas, saludable ejemplo que se ha ido diseminando por toda Europa.

Los temibles “hooligans” pasaron de feroces tigres a gatitos mojados. Y aunque por cierto hasta hoy no faltan los tontitos que se quieren pasar de vivos, saben al menos que cualquier estropicio o barrabasada que hagan en ningún caso les va a salir gratis.

Está visto que acá eso no sucede.

El mayor escándalo de los últimos tiempos en un estadio chileno, cuando con motivo de un Wanderers-Colo Colo se enfrentaron hordas de delincuentes de ambos clubes primero en la cancha y luego en las calles de Valparaíso, terminó con sólo un tipo procesado y condenado. ¡Uno solo, cuando fueron centenares los protagonistas de la batalla campal transmitida en directo por el Canal del Fútbol y luego replicada cientos de veces por los canales de televisión de todo el mundo…!

Dos días después de ese descomunal escándalo, la prensa nacional, los canales fundamentalmente, habían identificado con nombre y apellidos al menos a una veintena de los patitos malos que esa tarde de diciembre de 2015 habían repartido fierrazos, cadenazos y cuchilladas como si el mundo se fuera a acabar a la mañana siguiente.
A varios de ellos, incluso, hasta los ubicaron en sus domicilios para entrevistarlos. Criteriosamente, eso sí, pasadas las 11 de la madrugada. Desde el comienzo decidieron que era una pérdida de tiempo pretender ubicar a esos vagonetas en sus lugares de trabajo.

Es decir, los periodistas habían sido más diligentes y eficientes que la policía misma, que con cientos de imágenes no tenía a nadie detenido. Pero fue tanto el escándalo y tan fuerte la presión que, como gran cosa, a las horas siguientes ya mostraban a unos pocos pelafustanes alegando inocencia, a pesar de que sus rostros patibularios aparecían claritos en pantalla y hasta sus propios dichos los condenaban.

¿Qué pasó luego con ellos? Aquí viene la parte increíble: salvo uno, que se pasó de gil o de quemado, todos quedaron libres. No por falta de antecedentes; no por “irreprochable conducta anterior” ni por ninguna otra de las tantas tinterilladas a las que nos hemos ido acostumbrando. Simplemente, porque los abogados que representaban a la autoridad (Gobierno central, Intendencia, Gobernación, Alcaldía porteña o Fiscalía, ¡vaya a saber uno…!), no se presentaron a la audiencia de formalización de cargos.

¡No se presentaron! ¡No hicieron la pega que debían hacer como funcionarios pagados por un Estado cuyo deber fundamental es proteger a la gente decente de los delincuentes…!

Seguramente no fue que se quedaron dormidos. Menos porque se les haya olvidado. ¿Por qué, entonces?

Hasta hoy ese por qué permanece en el más profundo de los misterios. Sin embargo, como frente a la falta de respuestas la prensa igual está obligada a buscar al menos una explicación razonable, se puede colegir que todos, o al menos una buena parte de esos delincuentes, más de una vez habían actuado en los comandos políticos en época de elecciones. Es decir, prestando servicio de guardaespaldas, de matones a sueldo o para desempeñar peguitas mucho más triviales y livianas, como pegar y defender la propaganda del candidato “padrino” o hacer pedazos la del “padrino” de otros pelafustanes.

¿Delirio? ¿Exceso de imaginación periodística? Para nada. La connivencia entre políticos y el lumpen ha quedado reiteradas veces de manifiesto, al desnudo.
La verdad es que, aparte de desidia e incompetencia, no hay voluntad política para terminar con la delincuencia enquistada en el fútbol. En Chile, además de pobre, hay que ser muy paria para ir a parar al chucho. Los delincuentes de cuello y corbata se ríen de los peces de colores, aunque en plata sus estafas y robos equivalgan a millones de gallinas que robe un atorrante, mientras los patitos malos que se hacen pasar por hinchas tejen redes de contactos que, por angas o por mangas, les permiten pasar una y otra colados.

Sigue siendo un clásico, a este respecto, la fructífera aunque tácita alianza que en su momento firmó Gabriel Ruiz Tagle -hoy insólitamente de nuevo en Blanco y Negro- con diversos delincuentes albos a los cuales les hacía diversos cariñitos a cambio de que no le revolvieran el gallinero.

Y a todo esto, ¿qué fue de Estadio Seguro? Sí, el invento de Piñera en su primera administración para poder darle una pega bien pagada -lo más parecido a un rango de ministro- a un operador político iletrado y gañán de la derecha que con suerte había cumplido con la Enseñanza Media. Su nombre: Cristián Barra.

Bueno, el muchachín, regalón además del actual ministro de defensa Alberto Espina, agarró en esta segunda administración una peguita aún mejor. Es decir, le creció el pelo y ya no está para preocuparse de lienzos y bombos. Asesor de la Secretaría General de Gobierno, Cristiancito hoy saca pecho en la propia Moneda, cortando mes a mes casi 6 palitos que constituyen la envidia de cualquier profesional de este país que obtuvo su cartoncito luego de haberse quemado las pestañas durante cinco o seis años.

Lo concreto es que Estadio Seguro jamás sirvió para nada, excepto para forrar a Barra. Y tan inútil resultó, que los ingenuos de este país creímos que una de las primeras medidas de Bachelet en su retorno triunfal a Palacio iba a ser terminar con esa entelequia.

Nada de eso: contra toda lógica, buen criterio y cuidado por los recursos fiscales, lo mantuvo. En el cargo nombró entonces a José Roa, ex director del Sernac durante su primer gobierno, y que se había quedado sin pega tras la victoria de Piñera frente a Eduardo Frei Ruiz Tagle.

¿Para qué si no están los amigos?

Hoy, Estadio Seguro está acéfalo. Con un desparpajo y una cara de palo que ya se quisieran varios en este país, plagado de frescos y cara de palo, el Gobierno consideró que Pepito Roa se había ido ganando mucha plata y que el Estado, más allá de compras de autos de lujo, televisores de última generación y financiamiento de viajes particulares de algún ministro, no está en condiciones de seguir financiando ese cargo de pacotilla.

Y así estamos. Espantados de lo que ocurrió en el frontis del Centro Deportivo Azul, pero tristemente convencidos de que, una vez que las aguas se calmen, y como siempre no pase nada, al cabo de un tiempo volveremos a espantarnos a causa de otro hecho similar o incluso de mayor connotación y gravedad.
Incluso escribir sobre esto se antoja un ejercicio tan majadero como inútil.

Nuestra clase política está tan preocupada de acomodarse y de arreglarse los bigotes que, aunque suene brutal decirlo, sólo va a reaccionar el día que una autoridad de alto rango reciba un balazo.

Y más brutal será pensar que con su pan se lo coman. Y morderse la lengua para no decirlo…