La cara más fea de los ídolos del fútbol chileno

No cabe duda que el pecado mayor es de Sergio Jadue. Pero el reciente escándalo que salpica al trasandino Diego Buonanotte revive poco agradables recuerdos de otros líos protagonizados por astros criollos.

En tiempos que la palabra corrupción suele asociarse a la política, el reciente caso de Diego Buonanotte, futbolista argentino de la UC, refresca la memoria sobre las manchas éticas en el fútbol, pecados de los cuales el balompié chileno no puede librarse.

Recientemente la justicia española acusó al talentoso volante de haber pagado en el año 2013 entre 1500 y 2500 euros para aprobar el examen teórico que le permitiría obtener su licencia de conducir. Buonanotte jugaba entonces en el Granada y se vio envuelto en el lío junto un compañero de club, el nigeriano Odion Ighalo. Ambos eran parte de poco más de 90 personas que pagaron por el logro ilegal de sus carnés de manejo.

Buonanotte está ahora a la espera del curso que siga la investigación hispana. Desde ya, sin embargo, está claro que no aprende lecciones. Y es que en el año 2010, conducía un vehículo que sufrió un accidente que le costó la vida a tres de sus amigos.

Su reprochable proceder recuerda al del arquero de la U y la Roja, Johnny Herrera. Es cierto, lo peor en su caso es haber atropellado mortalmente en 2009 a la estudiante Macarena Casassus, mientras conducía bajo la influencia del alcohol y a exceso de velocidad. Pero no menos grave es su aparente indiferencia ante lo ocurrido.

No se explica de otro modo que tres años más tarde, en 2012, fuese sorprendido conduciendo con 0,8 gramos de alcohol por litro de sangre y con una licencia de conducir falsa, obtenida para sortear la prohibición legal que pesaba en su contra en virtud del juicio abierto por la muerte de la joven.

Ante la evidencia, Herrera admitió su culpa y fue sentenciado en 2014 a 150 días de pena remitida, el pago de una multa de 2 UTM y una nueva suspensión de permiso de conducción durante dos años.

Nueces y televisores

Sin vidas humanas de por medio, otros futbolistas también han demostrado no tener claro lo legal de lo ilegal.

Michael Ríos, actual jugador de Colo Colo, fue condenado en abril pasado a una pena de 300 días remitidos y el pago de una multa de 20 UTM por haber participado en un robo simulado de un camión cargado con 20 toneladas de nueces de exportación, avaluadas en 68 millones de pesos.

Legalmente, Ríos fue sancionado por hurto simple, pero su rol de guía del camión desde Quillota hasta Santiago en mayo de 2015 -como parte de un acuerdo con un amigo y el propio conductor del vehículo robado- revela un comportamiento de extrema gravedad.

Tampoco salió bien parado el astro albo Esteban Paredes. Recientemente la justicia le impuso donar 9 millones de pesos a un hogar de niñas, tras haber reconocido la compra de dos leds de 65 pulgadas que eran parte de una carga robada desde un camión por una avezada banda de delincuentes.

Inicialmente acusado de receptación, Paredes llegó a un acuerdo con el Ministerio Público para suspender el caso a cambio de la donación.

Más atrás en el tiempo figura el caso del ex seleccionado Pablo Contreras. El destacado defensa iniciaba una promisoria carrera en el AS Mónaco francés, cuando el club lo despidió en el año 2001 al comprobarse que los asesores de Contreras habían adulterado sus supuestas raíces italianas para conseguir un pasaporte comunitario que facilitaba su carrera en el Viejo Continente. Contreras reconoció el hecho ante el Sindicato de Futbolistas, que indagaba lo ocurrido para prevenir futuros fraudes similares.

Porque lo de Contreras no era un hecho aislado. La misma situación manchó la carrera de otros astros, como los argentinos Juan Sebastián Verón y Emiliano Romay, el colombiano Farid Mondragón y el paraguayo Delio Toledo.

Compañeros de generación de Contreras también incurrieron en hechos reprochables. En el Mundial Sub 20 de Qatar, en 1995, se descubrió que los jugadores Frank Lobos y Francisco Fernández habían recibido “incentivos” por un monto de US$2.500 de manos de un ex jugador chileno, Washington Arriola, implicado en una mafia de apuestas del sudeste asiático.

Los entonces internacionales juveniles fueron castigados con 10 partidos de suspensión, aunque el dinero ofrecido era a cambio de que Chile derrotara a Japón y a Burundi, lo que no sucedió pues ambos partidos terminaron igualados. Otras selecciones participantes también fueron afectadas en el escándalo.

En dictadura

Lo peor ocurrió hace ya 37 años, en el verano de 1979. Y no fue fruto de tropiezos individuales sino que de una orquestación armada por las máximas autoridades del fútbol chileno y de organismos del Estado.

En plena dictadura, la Asociación Central de Fútbol, dirigida por el oficial de Carabineros Eduardo Gordon, ordenó adulterar la edad de nacimiento de casi toda la selección juvenil que disputaría el Sudamericano de Paysandú, en Uruguay. La idea era potenciar al equipo con jugadores muy prometedores, pero excedidos en edad, como Roberto Rojas, Raúl Ormeño y Edgardo Fuentes, entre muchos otros.

La maniobra fue descubierta durante el torneo y significó la descalificación de Chile. En nuestro país no pudo evitarse una investigación judicial que durante su transcurso significó prisión preventiva para el entrenador, Pedro García, gran parte del plantel, el funcionario Enrique Jorquera y administrativos de una agencia de viajes y del Registro Civil, organismo que ya había colaborado con la DINA y la naciente CNI, y en el cual se adulteraron los pasaportes de los deportistas.

Las condenas finales afectaron a los peces chicos. Gordon, en cambio, libró y la dictadura, para sacarlo de en medio, lo envió como embajador a Nicaragua. Lo que no se preveía era que su gestión quedaría en medio del triunfo de la revolución sandinista.

Este análisis también lo puedes leer en el periódico Cambio 21.