Fútbol chileno

La casta arbitral

No hay en el fútbol, a nivel interno y también mundial, grupo más cerrado y poco transparente para el medio que el de los árbitros.

Por SERGIO GILBERT J.

De verdad. Son una verdadera logia, un club exclusivo que, de tanto en tanto en tanto, abre un poco sus cortinas no sólo para ventilarse, sino que, definitivamente, para sacar hedores putrefactos. Pero por poco tiempo. Luego de sanitizarse, vuelve a sellarse. Con cadenas.

Parece que ello les viene a los árbitros por tener -de acuerdo a la imposición de un reglamento que desde los albores de la actividad-, un poder excesivo y descontrolado. Un juez, de acuerdo a la letra y espíritu de la ley del fútbol, tiene autoridad omnímoda en la cancha, incontrarrestable. Su voz, su interpretación, sus decisiones son de estilo divino: no hay recurso posible ante ellos. El árbitro es la ley misma. Escrita sobre roca.

Por eso es que los que llegan a ponerse el traje de juez (antes negro-luto, hoy multicolor y hasta auspiciado) prefieren formar con sus pares un grupo único e inviolable. Donde nadie pueda acceder. No vaya a ser que alguien pueda restarles poder. O dejarlos al descubierto.

Pero eso no implica que entre ellos no haya divisiones. Las hay. Y hasta traiciones, porque el árbitro sabe, al fin y al cabo, que no juega en un equipo. Es un lobo solitario que, si quiere comer, tiene que devorar lo que sea. Aunque sea a otro de la misma raza. 

En Chile hay historias que refuerzan el argumento.

Un grupo, allá por los años 80, se juntó en silencio para amañar resultados que le dieran a esos “señores de negro”, pozos millonarios de la antigua Polla Gol. No importa que eso salpicara al gremio en su conjunto. Todos cayeron en el descrédito por igual, aunque fueron pocos los autores de la estafa. Fue, en definitiva, la apuesta de los corruptos.

Otro grupo, más cerca en el tiempo, se juntaba a jugar póker, igualito como uno veía en las películas de gánster o en la serie Los Intocables, para decir quién sí y quién no tenía el derecho a ser designado en los partidos que daban más bonos, viáticos y platas a rendir. Un señor que dirigió en un Mundial y la final de la Copa Intercontinental era el cabecilla. Tony Montana era una palomita a su lado…

Hoy, en tanto, como ha pasado siempre, se sabe de grupos que coexisten dentro de “la familia” de los referís que están dispuestos a sacarse los ojos para defender sus parcelitas.

Ni el VAR aleja las tensiones o disminuye los conflictos del gremio. Al contrario, parece que el negocio es bueno así que la guerra ya está declarada para controlar el jueguito tecnológico.

Hay que aliarse, establecer redes, generar lealtades y vincularse con la autoridad de turno para sacar beneficios, ocupar los cargos y bendecir a los “ahijados” que están esperando la oportunidad de ser parte de la casta.

Enrique Osses denuncia en El Mercurio movidas extrañas tras su sorpresivo despido del cargo de Jefe de la Comisión al asumir Pablo Milad en la ANFP. Antes hicieron lo mismo Pablo Pozo, Carlos Chandía y Gastón Castro. Y con seguridad lo hará mañana Jorge Osorio, el elegido de hoy, cuando actúe otra fuerza interna que trate de desestabilizarlo.

Porque de eso se trata.

Los árbitros parece que no juegan, pero sí que lo hacen. Y de la manera como se identifican históricamente. A escondidas y con su traje negro…