La Copa de Chile: Pizzi espantó los fantasmas y la Roja exorcizó sus demonios

La gran victoria de la Selección en Estados Unidos va más allá de conquistar el título ante Argentina, porque sorteó una tempestad institucional retomando la jerarquía de equipo e intentó la renovación de la mano de un técnico resistido por los prejuicios del medio.

Aún cautiva de la reformulación general a que llevó el desfalco de Jadue y el escape precipitado de Sampaoli, la Selección Chilena accede a la final de la Copa América Centenario confiada en revalidar aquella jerarquía que consagró en el torneo 2015 en nuestro país y -fundamentalmente-, dispuesta a espantar los fantasmas de la era anterior que todavía acechan al técnico Juan Antonio Pizzi. En esa suerte de “exorcismo” que debiera sepultar definitivamente las comparaciones estériles y las nostalgias majaderas de las “viudas” de Sampaoli, la Roja ya superó las expectativas depositadas en su desempeño en Estados Unidos, confirmando que dispone de una magnífica generación de jugadores -lejos de ser aún la mejor de la historia-, cuya categoría individual permite sortear tempestades formidables como el escándalo de la ANFP y los vaivenes internos de lesiones, premios pendientes e inevitables bajas de rendimiento individual.

Después del “golpe de estado” financiero que significó el desvío millonario de recursos por parte del ex presidente, la ANFP debió desprenderse además de un Sampaoli desprestigiado por sus manejos económicos y el aprovechamiento desleal de una crisis directiva. Y si la sucesión de Bielsa a Borghi fue traumática, mucho más lo era reemplazar al entrenador que condujo hacia el primer título sudamericano. En ese pie forzado, Pizzi apareció bajo una mezcla de desconfianza y escepticismo en el ambiente -hinchas y un sector del periodismo-, casi convencido de que no había vida (futbolística) más allá de Sampaoli…

Y en un torneo de prueba, una copa hechiza que Estados Unidos prohijó para disfrute económico propio y goce de los latinos, Chile fue acomodando su carga con dificultades hasta alcanzar el nivel de juego y los brillos individuales que todos esperaban.

«Esta Selección ya ganó el partido más duro: recuperó su prestigio interno y el crédito de la hinchada, demostrando además que en el plantel existen más variantes y opciones que aquellas que Sampaoli negaba sistemáticamente».

Acaso sin la verticalidad dogmática ni la intensidad frenética que proponía Sampaoli, el equipo redujo el voltaje pero matizó mejor los movimientos en la cancha, agregó flexibilidad a su bagaje táctico y sin traicionar aquel carácter que el hincha ve encarnado en Vidal o Medel, Pizzi reformuló a la Roja revitalizando su fútbol e ilusiones con un trabajo mucho más consistente que su discurso amable y elusivo de los temas controversiales.

Chile llega a una final que, por historia y estadísticas, favorece a los argentinos. Sin embargo, incluso antes de entrar a la cancha en su despedida de USA esta Selección ya ganó el partido más duro: recuperó su prestigio interno y el crédito de la hinchada, demostrando además que en el plantel existen más variantes y opciones que aquellas que Sampaoli negaba sistemáticamente. A despecho de sus limitaciones y cuestionamientos, la aparición de Fuenzalida, Roco, Pulgar, Hernández y, especialmente, Edson Puch, ofrece más alternativas a una estructura ya definida -considerando a Matías Fernández- y una idea colectiva que se renovó en el éxito.

En rigor, sin copa o con ella encabezando la vuelta olímpica, la Roja volverá a casa con el alivio de haber exorcizado sus demonios y exenta de aquellos fantasmas que acosaron a Pizzi desde que bajó del Iberia que lo trajo de España.