La Copa de la tradición (y de los inventos)

La Copa Chile ha ido bajando su nivel de interés. El hincha en realidad no sabe cómo se jugará (ha habido formatos de grupos o como ahora, eliminaciones directas) y qué cantidad de extranjeros y jóvenes pueden o deben jugar. Una chacota.

Por SERGIO GILBERT J.

En medio de la potente exposición de dos grandes espectáculos futbolísticos continentales -la Eurocopa y Copa América, cada uno con sus luces y sus sombras- el fútbol chileno apostó por la realización de la Copa Chile.

La razón primaria es obvia: el calendario interno hay que llenarlo porque el dueño de los derechos televisivos así lo impone. No deja de tener razón: la dirigencia nacional está en deuda con la multinacional luego del abrupto final de la temporada 2019 (por el estallido social) y la larga suspensión durante 2020 (debido a la pandemia mundial).

Durante todo el tiempo que le pelota no rodó, los clubes de Primera y Primera B siguieron recibiendo sus cheques mensuales de la televisión y claro, en algún momento TNT Sports debía asegurarse que no seguiría pagando por nada. Y en medio del receso del Torneo Nacional (y en pleno invierno), entonces, se insertó la Copa Chile.

Pero más allá de estas razones económicas y mercantilistas, habrá que decir que la Copa Chile es un torneo clásico, de tradición y que jugarlo -cualquiera sea la fecha- debe ser una imposición.

Y es que como en todas las ligas, un torneo de copas difiere de un campeonato regular y con ello le crea una identidad. La FA Cup en Inglaterra o la Copa del Rey en España, por ejemplo, tienen alma propia y seducen competitivamente no por sus premios ni eventuales clasificaciones (que no las tienen) sino que por ser competiciones abiertas, participativas, inclusivas, donde pueden enfrentarse equipos millonarios versus escuadras que apenas tienen para mantener en alto sus orgullosas insignias.

Estas copas, en verdad, son el último bastión real del espíritu amateur en un mundo súper profesionalizado.

La Copa Chile es un torneo de estas características, sin duda. Tiene olor a tradición y a clásico pese a que no ha sido plenamente continuo e incluso ha visto cambiar su nombre por cuestiones político-comerciales (cómo olvidar la horrenda denominación Copa Digeder en la época de la dictadura).

Pese a ser, sin embargo, una competición que está en el alma del fútbol criollo (y que además ofrece como premio una copa más hermosa incluso que la que se obtiene en la liga), la casta de dirigentes nacionales ha utilizado la Copa Chile como banco de pruebas o, derechamente, campo de experimentaciones variables, lo que ha hecho que esta competición no tenga lo mínimo exigible para que seduzca: reglas claras y permanentes.

En los 80 del siglo pasado, por ejemplo, este torneo tuvo varias experimentaciones.

Uno de ellos fue que el campeón recibía dos puntos de bonificación para el torneo nacional y los otros tres semifinalistas, un punto cada uno. No solo eso. Ninguno de ellos, por ese hecho, podía descender. Ello produjo distorsiones porque en uno de esos torneos nacionales, Colo Colo logró el título nacional por un punto sobre Cobreloa. O sea, ganó el torneo por haber ganado la Copa Chile…

Otro invento dirigencial fue el de los puntos adicionales. Según se dijo, con el objetivo de incentivar el fútbol ofensivo, se le otorgaba un punto más al equipo que ganara convirtiendo más de tres goles (en ese tiempo el ganador de un partido sumaba dos y así, con la goleada, llegaba a tres).

No es todo. Incentivados por el principio estadunidense de que “es inentendible que un deporte termine empatado”, se modificó el reglamento. Para definir a un ganador si había igualdad, el juego se definía a penales y que vencedor se llevaba un punto más.

Para terminar con la serie de “grandes inventos de la Humanidad”, se crearon los llamados “penales largos” o “tiros libres sin oposición”. Es decir, definiciones con pelota muerta desde fuera del área donde no había opciones de colocar una barrera referencial. Alfredo “Torpedo” Núñez se convirtió en maestro de la ejecución de estos tiros y el portero Eduardo “Loco” Fournier en una víctima habitual de estos remates.

Todas estas propuestas tuvieron corta vida. Ninguna se convirtió en algo permanente y por eso es que la Copa Chile ha ido bajando su nivel de interés. El hincha en realidad no sabe cómo se jugará (ha habido formatos de grupos o como ahora, eliminaciones directas) y qué cantidad de extranjeros y jóvenes pueden o deben jugar. Una chacota.

Todos los años hay que publicar un manual explicativo (como ahora para entender cuántos minutos y cuántos sub 21 deben jugar en cada partido) lo que atenta contra lo básico: la tradición.

Sí, claro. Hay que seguir jugando la Copa Chile. Es parte de la identidad competitiva del fútbol nacional.

Pero por Dios, atinen y no sigan inventando reglas.