La luz al final del túnel

La actualización del plan Paso a paso abre, luego de un año y 4 meses, la posibilidad concreta del regreso de la gente a los estadios. La noticia me hizo gatillar los recuerdos más intensos que tengo como hincha.

Por Ele Eme

Me da una pena negra ver nuestros estadios vacíos y que en nuestras canchas se escuche nítidamente el impacto de los botines con la pelota o las instrucciones de los entrenadores en lugar de que todo eso esté sepultado por el rudo de los bombos y los vocingleros cánticos de las barras. Al ver las tribunas atiborradas de gente en la Eurocopa, donde actúan como si el Covid-19 fuera parte del pasado, esta melancolía de hincha recrudece.

Este jueves el gobierno anunció una actualización al plan Paso a paso para combatir la pandemia del Coronavirus, la que contempla diferentes aforos para espectáculos deportivos al aire libre, dependiendo del número  de contagiados y del porcentaje de vacunados por región.

La noticia abrió las compuertas de muchos recuerdos que guardo de mis vivencias como amante del fútbol, yendo a la cancha.

Vuelve a mi mente, por ejemplo, la primera vez que fui al estadio solo. Había ido antes, con mi padre y mi hermano a clásicos universitarios de ésos que eran duelos entre los equipos y entre los espectáculos montados por los clubes, siguiendo la tradición instaurada por Germán Becker y Rodolfo Soto. Fui a los estertores de esa época. Aunque mi cara de guagua diga otra cosa, tengo mis añitos. 

El punto es que me quedaba dormido antes que empezara el partido. Entonces quiero escribir sobre esa primera ida al estadio por mis propios medios. La plata para la entrada era fácil de obtener: si tenía que desplazarme hacia la casa de algún compañero de curso me ahorraba las monedas de la micro caminándomelo todo. Era una mezcla entre robo hormiga sistemático al “Fisco” hogareño (mi mamá) y estoico tributo a Kung Fú, serie de moda en los 70, con el ya desaparecido David Carradine.

Recuerdo que era 1977. Sólo porque entré al Nacional por Grecia me metí al acceso más próximo y asomé mi infantil humanidad por una entrada de la galería Norte. Subir las escalinatas fue toda una experiencia, el ejercicio más extremo que había hecho hasta esa fecha. Pensaba que debía subir para no tener la cancha tan encima, pero el costo era ese pánico permanente a irme de espaldas mientras más trepaba, una sensación de vértigo que nunca más me abandonó.

Recuerdo que se trataba de una reunión doble y que el preliminar estaba a cargo de Colo Colo y Santiago Morning. El primer percance fue cuando traté de franquear una cuerda que iba desde lo más alto hasta la reja que separaba al público de la pista de recortán. Una señora me advirtió enérgicamente que estaba prohibido “entrar” a ese sector, ya que estaba reservado para “la barra” de los albos. Estamos hablando de unos 15 años antes de la “Garra blanca”. Dueñas de casa futbolizadas y jubilados con sus nietos ya marcaban territorio.

Al volver a casa vibraba al ver el compacto del partido en la tele y recordar que yo estaba ahí cuando Pamiés trancó tan fuerte con Atilio Herrera o cuando Nef manoteó al córner ese globito de Pío González. Empezaba a comprobar el gustito incomparable de “ir a la cancha” como dicen los argentinos.

Y seguí yendo, coleccionando recuerdos de dulce y agraz. Una vez por ejemplo, en Santa Laura, le estaba pasando mi entrada al  boletero y se cruzó como un rayo un delicuente disfrazado de cabro chico, que literalmente en un pestañear de ojos me quitó el ticket de la mano y corrió  perderse. Soné no más. Pese a mis súplicas ante el funcionario-testigo del robo, esa vez me quedé sin la experiencia de ver fútbol en vivo. La radio no era lo mismo.

Ingreso de Santa Laura.

En otra ocasión, en un entretiempo, la gente aprovechaba que yo andaba al rape y hacían puntería con bollos de papel, siendo mi pelada el blanco escogido por la masa. Cuándo le acertaban yo levantaba el pulgar sin mirar hacia atrás. Estaba lleno el codo sur. Me sentí parte del espectáculo. Si hubieran tirado latas de bebida u otros elementos así de contundentes no lo habría tomado tan zen. 

También recuerdo ahora la última vez que llevé a mi padre a Santa Laura. Lo ayudaba a subir, por su avanzada edad, y él me dijo «¿recuerdas la primera vez que te llevé al estadio? Tú tenías 10 años y yo era el que te ayudaba a subir las graderías». El resto del trayecto lo seguí a lo Zalo Reyes, con una lágrima en la garganta.

Otra historia con mi viejo querido. La gente iba con radio años atrás (ahora se las robarían). Y nada de audífonos. Él sintonizaba la Minería. “¡Alarma de gol, veamos dónde”, anunciaba el relator de turno (Abraham Dueñas o Raúl Prado). Venía el sonido característico, los que estaban alrededor nuestro afinaban el oído para cachar qué equipo marcó y entonces mi padre… bajaba el volumen totalmente para dejarlos a todos metidos.

Él es verde como los pinos, wanderino de tomo y lomo. Una vez veíamos por TV un Wanderers-U. de Chile y mi madre lo retó porque… gritó un gol de los caturros. No sé si ella lo hizo porque yo podría sentirme mal o porque con la celebración movió la mesa de la tele, haciendo que cayera la velita encendida y la estampita de la Virgen María que yo le había pedido que pusiera en la esquina del televisor hacia donde atacaban los azules. Quítale a un hincha sus cábalas y no quedará nada de él. Quítale a una madre la felicidad de su hijo e igual, Pascual. 

En 1994 iba en metro, en dirección al estadio Monumental. Superclásico. Fue el último de los 25 años malditos. Íbamos a ser campeones ese año, pero yo no tenía cómo saberlo. Es raro esto de ser hincha. Tenemos más fe que nadie, pero si no tienen respuesta nuestras plegarias… tenemos más fe todavía. 

Hablo por los de “la U”… Por alguna razón todos me miraban en el vagón. Quizás era porque iba con la camiseta azul puesta. La de Chilectra. Y nada de parka o polerón tapándola. No era por valentía, sino por ignorancia. Era tan puro e inocente en esa época que no alcanzaba a sospechar que el simple hecho de lucir los colores del club de mis amores en público (y sobre todo donde yo iba ese día) podría poner en serio peligro mi integridad física.

La gente seguía mirándome. “Estará linda mi camiseta”, pensaba yo. Me bajé del metro. Llego a la bomba COPEC de Vicuña Mackenna con Departamental. Distingo a lo lejos (y no tanto) mucha gente de Colo Colo dirigiéndose al recinto de Macul. La fiesta del fútbol. En mi cabeza resuena el cantito radial “Vamos al fútbol, a divertirnos, ésta es la fiesta del deporte popular”. Yo feliz.

De pronto, un baño de realidad. Un hombre que atendía esos típicos barquitos maniceros que ya no se ven me grita “¡sácate la camiseta!” Lo primero que se me viene a la mente es “me están asaltando”. Me niego (“¡No!”) e incluso exijo explicaciones (“¿¡Por qué po’!?”). “Mira allá”, me dice. “Y allá y allá”. Veo un mar de camisetas albas. Recién me pego el alcachofazo. El amigo me estaba salvando, nunca sabré si la vida, pero al menos una visita al hospital en lugar de al estadio.

Como un rayo, me la saqué, hice una bola con ella y me la metí bajo el pantalón. Puro instinto. Y así entré, con el torso desnudo, a la galería norte del David Arellano. No era un fisiculturista, pero pasaba piola entre Los de Abajo, que ya por esos tiempos acostumbraban a andar semipiluchos.

“¿Cómo te fue?”, me preguntó mi madre al regresar. Le pude haber dicho “empatamos”, pero me la imaginé llorándome. Y la abracé muy fuerte. Era 4 horas menos niño y 90 minutos menos suicida que cuando me había despedido de ella esa tarde de octubre.