La memoria y el olvido

Si algo menos malo ha provocado la pandemia (nunca habrá algo bueno de esto) es que, debido a la imposibilidad de mostrar “el producto”, el Canal del Fútbol bajó de Youtube los partidos completos de Chile en los mundiales de 1962, 1966 y 1974 (espero con ansias los de 1982) y los mostró como si fueran programas estelares.

Bien. Buena idea.

Claro, muchos se sentaron a ver aquellos encuentros -que parecen haber sido coloreados y emperifollados para la ocasión- con el ánimo curioso de ver si las figuras antiguas que los viejos mencionan en cada charla futbolera eran, en realidad, tan buenos como se decía. No solo eso. También para ratificar esa teoría sacada quién sabe de dónde que indica que “antes era más fácil jugar” porque pocos corrían o marcaban o que “se jugaba dos kilómetros por hora” por lo que un jugador hábil tenía tiempo para parar la pelota, tomarse un café, leer el diario y mirar a lontananza antes de dar un pase.

Tremendo costalazo que se dieron los que vieron con esa expectativa los partidos mundialistas de Chile.

Y es que la revisión tranquila de esos encuentros sacados del olvidoa permitió derribar varios mitos.

Vamos viendo.

En lo colectivo, y desde el punto de vista estratégico, el cuadro de 1962 guiado por Fernando Riera no era para nada una escuadra temerosa ni, mucho menos, defensiva. Es cierto que por muchos pasajes de sus encuentros se replegó y hasta optó por el toque corto y seguro, pero fue, más que nada, por sobrevivencia al verse superado por el rival. Pero nunca eso fue un ideario establecido a ultranza. Incluso en los partidos que perdió -ante Alemania Federal y Brasil- Chile tuvo momentos importantes de presencia ofensiva que complicaron a las zagas rivales. Y no eran bielsistas lo que jugaban. Tampoco sampaolistas. Eras rieristas. Príncipes, si usted quiere…

En lo individual, ni hablar. Jorge Toro podría jugar hoy en el mediocampo de Chile junto a Aránguiz y Vidal y uno no sabría a cuál de ellos darla la pelota. Crack Toro. Lo mismo Jaime Ramírez, Tito Fouillioux, Nino Landa, Fifo Eyzaguirre y Eladio Rojas. Todos ellos estarían en Europa y prestos a jugar como titulares en las eliminatorias a Qatar. Con cualquier entrenador. Con la disposición táctica que quiera.

En los partidos de 1966, si bien el resultado fue muy malo paras Chile (un punto en tres partidos), el descubrimiento de muchos sobre la calidad del portero Juanito Olivares llamó la atención, así como ver cómo ya en esos años Chile tenía dos volantes-mixtos modernos: Rubén Marcos e Ignacio Prieto.

En 1974, claro, la memoria estaba un poco más fresca porque la mayoría sabía de antemano que vería al gran Elías Figuera en plenitud, haciendo una dupla feroz y casi impasable con Alberto Quintano, y a Carlos Caszely recibiendo la histórica tarjeta roja. Pero al observar los encuentros ante las dos Alemania y Australia saltaron algunos detalles. Buenos y malos.

Entre lo destacado, lo bien que jugó Rolando García como lateral derecho (le quitó sorpresivamente el puesto en el Mundial a Machuca y a Galindo), lo sobrio que era el portero Leopoldo Vallejos (tenía solo la pinta de rebelde no más) y la figuraza que era el Negro Ahumada (autor del único gol de Chile en esa Copa).

¿Lo malo? La baja actuación de Chamaco Valdés en los tres partidos (Chile siempre subió de nivel cuando salió de la cancha) y el excesivo temor con el cual Chile planteó el partido completo ante los locales y el primer tiempo ante los alemanes del Este (considerando que el DT Luis Álamos era considerado “ofensivo”).

Mucho que aprender, recordar, comparar y valorar después de este menú añoso del CDF.

Nos hacía falta.