La noche que “Sugar” Ray se cobró dulce revancha de “Mano de Piedra” Durán

El panameño le había quitado el cinturón y el invicto a Leonard recurriendo a todo tipo de artimañas verbales que sacaron al estadounidense de la pelea. “Sugar” Ray, por querer demostrarle que además de bueno era guapo, entró en el combate que más le convenía a su rival. Sólo meses después, un día como hoy, 25 de noviembre, pero de 1980, le propinó a Durán una derrota tan categórica como humillante.

Por EDUARDO BRUNA / Fotos: ARCHIVO

Muhammad Alí es, sin lugar a dudas, el boxeador más grande de todos los tiempos. Más aún: es, por todo lo que significó, el deportista más grande de la historia, en cualquier disciplina. Sin embargo, reconociendo eso, llegado el momento de hacer los consabidos rankings acerca del mejor boxeador de todos los tiempos, nunca puse a Alí en el primer lugar. En lo que a mí respecta, nunca vi un boxeador mejor y más completo que Sugar “Ray” Leonard.

Alí, por cierto, era un maestro en la media y larga distancia. Jamás ha existido otro peso pesado tan veloz como él. Pero para elegirlo el mejor de todas las épocas me faltó siempre una asignatura que el gran Muhammad dejó pendiente: pelear en el clinch, desenvolverse en la pelea corta con la misma eficacia y elegancia con que lo hacía en las otras distancias. No sabía, pero no porque no pudiera. Es que nunca le gustó. Para él, cuya filosofía del boxeo era en primer lugar la estética, resultaba chocante y hasta grosero dos tipos golpeándose, maldiciendo y bufando cabeza a cabeza.

Tan irrenunciable eran para él las formas, que en Zaire, impactando al invencible George Foreman, y viéndolo derrumbarse sobre la lona como en cámara lenta, pudiendo darle el golpe definitorio escondió la mano. Siempre tuve la idea que Alí no lanzó ese golpe postrero para cuidar la belleza de una escena reflejada en miles de fotos.

Recordé a Sugar “Ray” porque me asombró desde que lo vi pelear en los Juegos Olímpicos de Montreal, 1976. El nacido en Wilmington, Carolina del Norte, y bautizado Ray Charles por la admiración de su madre hacia el cantante no vidente que llenó una época, era todo un portento. Tan extraordinario, que fue dejando atrás como palitroques rivales que, como él, soñaban con la medalla de oro. La prueba máxima la tendría en la final, enfrentando al cubano Andrés Aldama, fiel exponente de un pugilismo amateur que era, a esas alturas, el mejor del mundo.

Para llegar a esa pelea, el estadounidense había dejado atrás al sueco Ulf Carlsson, al ruso Valery Limasov, al británico Clinton McKenzie, al alemán Ulrich Beyer y al polaco Kazimiers Szczerba. Pero Aldama claramente era otra cosa.

Sin embargo, con todo lo bueno que era, el cubano tuvo que someterse a la genialidad de “Sugar” Ray, que aparte de una técnica perfecta, poseía una velocidad endemoniada y una vista tan privilegiada, que dejaba en el aire golpes con un simple movimiento de cabeza.

Que frente al gran Wilfredo Benítez, el boxeador más joven de la historia en coronarse como campeón del mundo (17), “Sugar” Ray se transformara en monarca mundial de los welters, la verdad no me extrañó. Si el puertorriqueño era un maestro del encordado, Leonard poseía todos los post grados imaginables.

«Sugar» Ray Leonard manejaba todos los aspectos del boxeo. Aquí, en la revancha con Hearns.

Lo que nunca esperé, y lo confieso, fue que Leonard perdiera su invicto y su cetro frente a Roberto “Mano de Piedra” Durán, el 6 de junio de 1980, precisamente en Montreal, Canadá. Fue por puntos y tras una pelea que yo siempre vi muy igualada, muy pareja. Sin embargo, los tres jueces de aquella noche le dieron la pelea al panameño y no debe haber sido injusto, porque Leonard bajó del ring sin buscar excusas, aunque pidiendo una revancha.

Es que se había equivocado en su planteamiento y, como el boxeador inteligente que era, supo que su técnico, Angelo Dundee, el mismo que estuvo siempre en el rincón de Alí, había tenido razón cuando round tras round le insistía en que no fuera al cambio de golpes. Que lo suyo era la velocidad, la técnica, el pegar y salir y que, frente a eso, Durán era poco lo que podía hacer.

Astuto, pillo, como todo latinoamericano, “Mano de Piedra” también lo sabía. E inició en la previa todo un trabajo sicológico para hacer irritar a Leonard. Partió diciendo que era sólo un invento de la prensa, pero cuando vio que eso no daba resultado cayó en descalificaciones personales y hasta cometió la imperdonable grosería de afirmar que se iba a quedar con el cinturón y con Juanita, la esposa de “Sugar” Ray.

Sólo meses después, más precisamente un día como hoy, 25 de noviembre, pero de 1980, en el Superdome de Nueva Orleans, Leonard se cobró una dulce revancha. No sólo derrotó a Durán. Le dio un paseo y hasta lo humilló. Promediando el combate, y ante el notorio desconcierto de “Mano de Piedra”, “Sugar” Ray ensayó su famoso “bolo punch”. En otras palabras, su brazo derecho empezó a girar y girar, pero cuando el panameño se aprestaba a neutralizar ese golpe, la izquierda de Leonard surgió como un rayo para explotar en el rostro de Durán.

El famoso «bolo punch» de Leonard. Amenazaba con la derecha, y liquidaba con la izquierda. También lo sufrió Durán.

En el octavo asalto, y viéndose sometido como nunca antes en un ring le había ocurrido, Durán le dio la espalda a “Sugar” Ray y pronunció su célebre “no más, ya no más”.

Confieso que, entre los peleadores que siempre me atrajeron, por supuesto que estuvo Roberto Durán. Un guapo entre los guapos. Me encantaba cuando botaba gringos y se manifestaba abiertamente porque su país recuperara el usurpado Canal de Panamá.

Pero aquella noche, también debo confesarlo, estaba a muerte con “Sugar” Ray, porque para mí encarnaba lo que era el boxeo químicamente puro, así como Pelé –para mí- encarnó siempre lo que es el fútbol jugado con el máximo de genialidad y de talento.