La peor U de todos los tiempos

Por donde se mire hay deficiencias que, unidas, convierten a los azules de 2022 en un ultraje a la historia del club. No es que no juegue a nada: sus jugadores no saben jugar. Ya se fue Santiago Escobar, el entrenador, y el futuro es una incógnita.

Por JULIO SALVIAT / Foto AGENCIA UNO

Llevo 75 años ligado al fútbol. Desde aquel lejano duelo de River Plate con Vasco Da Gama por la Copa de Campeones en 1948, sentado en el pasto detrás del arco sur del Estadio Nacional, hasta el partido de este viernes en el Elías Figueroa de Valparaíso, esta vez sentado en el living de mi casa frente a un televisor, vi miles de partidos y centenares de equipos de clubes y de países. Maravillosos algunos: el Santos de Pelé, el Real Madrid de Distefano, Brasil del 70, Colo Colo del 73 y del 91, la U del Ballet Azul y de Sampaoli, la selección chilena del 62 y la del Bicampeonato. 

Malos otros. En mi particular ranking tenía a una selección de Haití, a la que una mediocre selección chilena dirigido por Rudi Gutendorf le endilgó un humillante 10-1, con 5 goles de Fernando “Polilla” Espinoza, 3 de Jorge “Lulo” Socías y 2 de Francisco “Chamaco” Valdés. Esos caribeños no tenían idea de qué se trataba el juego.

Y hoy tengo que incorporar a Universidad de Chle versión 2022, notoriamente  peor que aquella que se salvó milagrosamente del descenso no hace mucho y bastante inferior a la que descendió a fines de 1989.

Pocas veces vi tan jugar tan mal a un equipo integrado por jugadores profesionales. La U ya venía a los tumbos desde hace tiempo, pero lo mostrado en Valparaíso supera todos los límites. Esto la transforma no solamente en un equipo insufrible, sino que se instaló como el peor de todos los tiempos.

No se trata solamente –como se repite tanto- que “no juega a nada”. Es más que eso: no sabe jugar. La cantidad de errores no forzados que comete este equipo no tiene parangón, si siquiera en las categorías inferiores. Con ese racimo de jugadores que mezcla a los confundidos, los timoratos, los desconcentrados y los troncos, no se pone a la altura de ninguno de los que compiten en la Primera B. Porque esos, al menos, tienen mejor organización de juego.

¿QUIÉN TIENE LA CULPA?

Todos.

Si se va a señalar a Santiago Escobar como el gran responsable, se acierta. Pero no fue mucho más lo que consiguieron los otros entrenadores que llegaron después de Sampaoli. Con el buzo azul les fue mal a Marco Antonio Figueroa, Sebastián Beccacecce, Cristián Romero, Luis Musrri, Víctor Castañeda, Esteban Valencia, César Henríquez, Frank Kudelka, Alfredo Arias, Hernán Caputto y Rafael Dudamel, aunque en beneficio de ellos hay que reconocer que con ninguno la U llegó a jugar tan mal… Ahora se verá qué ocurre con Sebastián Miranda, que asume interinamente y que tiene la ventaja de haber estado a cargo de la exitosa Sub 21que ya mostró a Ignacio Castro, Lucas Assadi y Diego Osorio como cartas ocupables. Y después, si no resulta, se verá al sucesor definitivo tema en el que Martín Lasarte lleva la delantera, aunque tiene detractores por el mediocre papel cumplido en la Selección.

Si se va a indicar a los jugadores, muy de acuerdo. Y vamos viendo: el arquero se salva por poco. Hernán Galíndez algo ataja, aunque no es ganador de partidos. Cristóbal Campos, que lo reemplazó con llamativo éxito una vez más no tuvo más oportunidades … Los defensores, tal vez por su juventud, no dan ninguna garantía. Ni siquiera Yonathan Andía, que llegó como gran refuerzo, candidato a la Selección, y que con la camiseta azul olvidó todo lo que mostraba en Unión La Calera: marca mal, entrega peor, avanza sin saber a qué va, no acierta en los centros. Cero a la izquierda. Los Tapia tendrán condiciones y buen futuro, pero están verdes para la exigencia. Ignacio, que era el más destacado, complementó sus papelones con una expulsión torpe… De los laterales izquierdos algo se puede esperar, sobre todo de Marcelo Morales, pero todavía están lejísimo de sus antecesores.

No sonaba mal un mediocampo con Jeisson Vargas, Álvaro Brun y Felipe Gallegos, pero ninguno ha dado con la tecla del buen juego. El remate, que es lo más destacado de Vargas, ha sido un desastre; el temperamento que se esperaba del uruguayo está dormido; Gallegos comenzó con muchos bríos y se le acabó el fuelle en el segundo partido. Han entrado Israel Poblete, Felipe Seymour, Lucas Assadi. Uno por desadaptado, otro por ineficiente y el otro por inexperto, no han arreglado nada.

Y en el ataque, la amenazadora dupla de Cristian Palacios y Ronnie Fernández sólo funcionó en el partido inicial. Se lesionó el uruguayo y se ha ido quedando el puntarenense, al que definitivamente no le alcanza con el pundonor para salvar a todo el equipo. De los que han  entrado se puede destacar a Darío Osorio. Pero ha sido mínimo el aporte del experimentado Junior Fernandes, del irreconocible Pablo Aránguiz, del novato Cristián Muñoz y del intermitente Lucas Assadi.

Viéndolos jugar uno se puede preguntar si toda la responsabilidad es del entrenador. A lo mejor Herrera se equivoca en el planteo de juego o en la elección de los jugadores, pero ha variado los sistemas y ha probado piezas, sin que nada funcione. Mal, por los demás, puede funcionar un equipo si son pocos los buenos para la pelota, si la mayoría no sabe dar un pase a más de tres metros, si no hay un cabeceador destacado ni un buen ejecutante de tiros libres, ni un rebotero y si en la disputa del balón siempre salen perdiendo y nunca le resultan las paredes.

¿Y si miramos a los dirigentes?

También son culpables, porque el afán de ganar plata les impidió buscar jugadores de categoría. Los que llegaron estaban todos en el tercer o cuarto lugar de las prioridades de quien los proponía: el gerente deportivo Luis Roggiero, venido de Ecuador y absoluto desconocedor del medio. A la U le lloran un central un volante creativo y un goleador de categoría. Tal vez con tres así se arregle ese desastre. Pero tienen que matar a los cocodrilos que tienen en los bolsillos.

Los que se están salvando son los hinchas, los buenos hinchan que cantan  y alientan. Pero ese apoyo lo echan a perder los otros, que tienen a la U como “equipo en situación de calle”: no tiene estadio propio porque está en reparaciones el que arrienda y no puede ocupar otros porque no hay municipalidad que quiera exponerse frente a tanto maleante.

En síntesis, malo el entrenador, malo el equipo, malos los dirigentes y malos muchos integrantes de su barra. ¿Se habrá dado algo así, simultáneamente, en toda la historia de la U?