Roja

La “Roja” y el síndrome maníaco-depresivo del fútbol chileno: del campeón imbatible al perdedor desahuciado

EL “péndulo” casi eterno que se balancea del exitismo desaforado al fatalismo flagelante volvió a tocar al fútbol chileno casi como un síntoma maldito de sus deformaciones deportivas, sociales y mediáticas. La derrota en Bolivia y la prolongación evidente de un bajo nivel de rendimiento futbolístico puso de nuevo a la Selección en el ojo implacable de las críticas surtidas, con análisis sensatos y otros impactos destructivos de francotiradores afiebrados que se parapetan tras el muro de las redes sociales.

Tras un periodo extenso, acaso demasiado inusual, de triunfos, celebraciones y caudales millonarios –para los jugadores, claro, no para los hinchas-, la normalidad tiende a restablecerse al amparo de los problemas endémicos del fútbol chileno y altibajos naturales de un proceso donde los talentos, sacrificios y motivaciones suelen agotarse.  Esta vez, los bicampeones de América y los campeones “morales” de la Copa Confederaciones sucumbieron en La Paz y aquella soberbia hinchística de los nuevos tiempos -que ha llevado a considerar a los chilenos como los  actuales ”argentinos” de Sudamérica-, sepultó de forma casi automática a la misma ‘generación dorada’ que un mes antes parecía merecer estatuas en cada esquina del país.

En rigor, en estas crisis escasea la frialdad y sentido crítico de los aficionados e, incluso, de aquellos mismos medios (a veces) especializados de los que uno esperaría alguna dosis de ecuanimidad y templanza. Por esa vía del tropicalismo y exacerbación de la ramplonería que lleva a los mismos medios a –por ejemplo- destinar horas de transmisión a las “hazañas” de la marea roja en sus paseos por el mundo  o endiosar la figura de Alexis como el paradigma de las virtudes celestiales, a menudo se asume la realidad con un dramatismo apocalípitico innecesario. Y se habla livianamente de ciclos cumplidos, de renovaciones imperiosas, de sepultación simbólica de astros y eclosión de nuevas figuras que sólo existen en esa suerte de bipolaridad colectiva. La vieja tradición del fósforo y la parafina…

Desgaste físico, declinación en los niveles individuales, fallas mecánicas, escasez de “revulsivos” y respuestas tácticas por parte de un técnico bastante pasivo ante el plantel, así como algún relajamiento sicológico natural luego de alcanzar la cima, condensan las falencias evidentes de la “Roja” en un momento complejo. Incluso en esta adversidad superable se trasunta
el individualismo intransable en el carácter de los referentes principales: desde la hipersensibilidad del Kayser Vidal, el guerrero que no acepta caídas y que amenaza con el retiro, al ostracismo personalista de Maravilla Sánchez sumido en su mundo donde las principales respuestas parecieran provenir sólo de… sí mismo.

En ese contexto, el capitán invoca la cordura con el discurso que distensiona y reivindica el sentido común: “Hay que trabajar para ganar los partidos que faltan y aceptar que hemos jugado mal, que no somos infalibles. Si nos gustaron los halagos, ahora hay que soportar las críticas”, dijo Claudio Bravo, pensante como pocos en un momento que exige más razón que corazón. Al fin, tras una década de más gloria que decepciones, la “Roja” reclama el respeto correspondiente a sus laureles y capacidades, merecido como ajeno a aquella sensación ambiental tan maníaca del campeón imbatible o depresiva del perdedor desahuciado…