La sangre charrúa que siempre buscamos

Martín Lasarte es el cuarto DT nacido en Uruguay que habrá tenido la Selección en su historia, lo que de alguna manera revela cierto grado de admiración a la conducción que estos tienen en los equipos.

Por SERGIO GILBERT J.

Después de idas y vueltas, de indefiniciones, vetos y de arrepentimientos de candidatos que parecían “seguros”, la Federación de Fútbol de Chile anunció, vía comunicado, que Martín Lasarte se convirtió en el nuevo entrenador de la selección chilena en reemplazo del vilipendiado Reinaldo Rueda.

La noticia sorprendió. No porque Lasarte no haya estado siempre en la órbita de los posibles elegidos. Dejó a todos helados porque el anuncio de su formalización como nuevo DT de La Roja se dio en medio de una verdadera operación montada desde Argentina para intentar poner como gran opción a Sebastián Beccacece, ex ayudante de Jorge Sampaoli y hoy sin club tras su partida de Racing.

Ahí lo dejamos, por ahora… pero esa historia habrá de contarse.

Lo cierto es que, tras una decisiva reunión ocurrida vía Zoom el martes por la noche, Pablo Milad (presidente de loa ANFP), Francis Caggigao (director deportivo de las selecciones nacionales) y Martín Lasarte, se acordaron los términos del contrato entre la Federación chilena y el DT:  dos años de duración, con opción de renovación si eventualmente Chile se clasifica al Mundial de Qatar, con un sueldo anual de un millón y medio de dólares.

Buena negociación, sin duda.

Pero no solo por el tema económico.

“Machete” (así le decían a Lasarte cuando jugaba como zaguero) tiene varias características que lo hacen un buen nombre para el delicado momento que vive la Roja en las eliminatorias: conoce el medio chileno (dirigió a la UC y a la U), tiene buena relación con los entrenadores nacionales (como todo DT uruguayo tiene muy arraigado el concepto gremial), tiene una propuesta futbolística conocida y fácilmente asimilable (aunque no sea la “bielsista-sampaolista” que tanto sueñan algunos incautos) y, además, posee buena comunicación con uno de los grandes referentes del plantel nacional: Claudio Bravo (al que dirigió en Real Sociedad).

Es decir, parte con algunas ventajas que, si es capaz de manejar bien, pueden ser favorables para echar a andar su difícil misión clasificatoria.

Más aún si a todo lo expuesto se le agrega un elemento adicional, un tanto invisible tal vez pero que puede ser también un elemento más a la lista de ventajas: puede diseminar en los jugadores y en el medio esa sangre charrúa que siempre hemos anhelado tener.

No es exagerado.

Lasarte, de hecho, es ya el cuarto DT nacido en Uruguay que habrá tenido la Selección en su historia, lo que de alguna manera revela cierto grado de admiración a la conducción que estos tienen en los equipos.

El primero de ellos fue Julián Bertola, quien dirigió a Chile en el Sudamericano de 1917 jugado precisamente en Montevideo. No le fue bien (perdió por goleadas los tres partidos ante los locales, Argentina y Brasil) pero ya se habló en aquella ocasión que Bértola le imprimió al equipo cierta solidez mental para enfrentar fracasos (el arquero Manuel “El Maestro Guerrero” fue igual figura).

Tras esa experiencia charrúa, otro uruguayo llegó a sentarse a la banca de Chile.  Entre 1920 y 1922, Juan Carlos Bertone, quien había sido capitán de la selección uruguaya, dirigió a los chilenos en dos torneos sudamericanos, destacándose en esos días esa diferencia que hacía en los trabajos de los jugadores chilenos. Tenía otra mentalidad.

El último de los nacidos en Uruguay había sido Nelson Acosta, nacionalizado chileno, y que dirigió a Chile en tres ocasiones: 1993, 1996-2001 y 2005-2007).

Acosta clasificó a Chile al Mundial de Francia 1998 y ganó medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Sydney 2000, liderando una generación reivindicadora tras un período oscuro del fútbol chileno.

Claro, la historia se escribe día a día. Los antecedentes solo son eso, datos que pueden clarificar, pero también confundir o cegar.

Lasarte tiene la palabra. Con acento charrúa, en todo caso, que mal no le hace a nadie.