La U y Beccacece: a patadas con la historia de una pasión azul

El descontrol y la desesperación del técnico en el Clásico trasuntan la incapacidad del argentino al frente de un equipo que invirtió casi 6 millones de dólares para ser campeón y que ya perdió el crédito de su hinchada: sin fondo de juego ni consistencia táctica, el club, sin embargo, espera que la decisión impostergable le provoque el menor daño económico.

La iracunda patada karateca de Sebastián Beccacece a un congelador instalado en la pista del Estadio Nacional, durante el último Clásico Universitario, no sólo fue la grotesca expresión descontrolada de la frustración del argentino, sino también un símbolo del infructuoso ciclo futbolístico que hoy agobia a la U por imperio de los malos resultados y los errores de la dirigencia al persistir en un DT sin trayectoria, experiencia ni intuición.

En rigor, el receso de las Clasificatorias Sudamericanas ofreció a los azules 15 días de autocrítica de tono culposo y atizó las inquietudes directivas al amparo de una hinchada descontenta que ya cerró su crédito al conductor de un equipo que ganó apenas dos veces seguidas en la eternidad futbolera de 21 partidos.

La verdadera historia

“Lo que empieza espurio, termina espurio”, parafraseó el entonces ministro del Interior Jorge Burgos sobre la escandalosa salida de Sergio Jadue de la ANFP, en un aserto también aplicable al arribo de Beccacece a la U, luego de ganar una millonaria demanda contractual al organismo de Quilín, demostrando que el socio de Sampaoli tampoco estaba dispuesto a transar dólares por dignidad. La historia real sobre su alejamiento del seleccionador fue muy lejana a la que llevó a Carlos Heller a creer en él como “el técnico del futuro”, y quien sería para Azul Azul el sucesor más insigne de Marcelo Bielsa.

Sin embargo, la versión pública pergeñada en Quilín sobre el término voluntario del ciclo de casi 10 años de la sociedad que cristalizó en la Selección, fue tan dulzona como fantasiosa.

Antes que Beccacece saliera por última vez del búnker de Las Torres, Jorge Sampaoli ya había dicho a la gerencia que necesitaba a su lado a un ayudante con más formación académica y sustancia teórica que el pelilargo, y con nombre propio: el español Juan Manuel Lillo, quien llegó a prueba por tres meses y volvió a su país para liquidar su casa y regresar cuando Sampaoli ya se hubiera deshecho de “Becca”.

En esa coyuntura, el asistente se candidateó en Racing y al final se aferró a la única opción para dirigir, ofrecida generosamente por Universidad de Chile.

Pobre equipo millonario

“Vamos derecho al abismo”, sostienen hoy los viejos estandartes azules, como Leonel, Puyol y Tito Hoffens, convencidos sobre la inconveniencia de una quimera que ya no fue, respecto de una campaña que la U no logra enderezar pese a la tremenda inversión de 6 millones de dólares para renovar el equipo según el diseño del entrenador.

Tras el fracaso del Clausura, el directorio avaló el último intento que ya zozobra luego de cinco fechas con un balance paupérrimo. A despecho de la integración de Luis Bonini para sumar la “sabiduría” de su recorrido, hasta hoy los azules ganaron apenas a San Luis y a la U. de Concepción, cayendo por goleada en un Clásico Universitario que dejó al desnudo su inconsistencia futbolística y la ineptitud del técnico para moldear un fondo de juego y sacar rendimiento a un grupo de jugadores capacitados.

Una orquesta sin director

Si Beccacece no ha podido encontrar las claves individuales ni tácticas, mucho peor ha sido la pérdida de confianza en un camarín que hipotecó la seguridad en sí mismo. La “interna”, esa entelequia a que aluden los reporteros, no logra racionalizar las decisiones del técnico sobre la conformación de un equipo en constante modificación, y más allá de los cambios durante el juego, incluso la nominación de Gonzalo Jara como capitán -identificado con Huachipato y Colo Colo- potenció la creencia colectiva de que el rosarino es como el director principiante que conduce la Filarmónica de Nueva York. “A éste le crecen los enanos”, se escuchó con sorna una noche de derrota en los pasillos del Nacional de parte de un directivo que, sin embargo, después votó a favor de la postura recalcitrante de Heller: darle apoyo hasta final del campeonato para no forzar un despido que costaría una fortuna.

¡Brindemos, camaradas!

Consciente de que cada fin de semana ensaya sobre la cuerda floja, el entrenador a menudo apela a válvulas mediáticas que no descomprimen la situación ni alivianan su carga de responsabilidad.

Por ejemplo, hasta los hinchas se indignan cuando “Becca” analiza para el CDF algún partido distinto a que se vio en la cancha, con un nivel y protagonismo ajeno a esta U desarticulada y confusa, empujada sólo por la suma de los amores propios. Ni tampoco genera adhesión al confesar vergüenza porque su hija le enrostró que pateara el famoso refrigerador como un energúmeno, frente a 50 mil hinchas y varios millones de televidentes, descargando esa angustia y desesperación que la U siempre supo encauzar con el respeto y la dignidad que le reclama su historia…

Este análisis también lo puedes leer en la edición de esta semana del periódico Cambio 21.