La última y tumultuosa historia de amor de Violeta Parra

Un libro recientemente publicado por Patricia Díaz-Inostroza relata los últimos siete años de la vida de la genial artista chilena que fueron estremecidos por su tormentosa relación con el músico suizo Gilbert Favre, vínculo que motivó varias de sus últimas canciones, las más lúcidas y conmovedoras de su veta creadora.

Por JORGE CASTILLO PIZARRO / Fotos: GENTILEZA y ARCHIVO

La pasión fue la médula de su genialidad. Permeó toda su vida: la del compromiso social, la artística y la amorosa. A esta última debemos buena parte de sus mejores composiciones musicales, sobre todo aquellas creadas en el epílogo de su vida y que terminaron por empinarla hasta un pedestal universal.

La inspiración de Violeta Parra en esos conflictuados últimos años de su existencia tienen nombre y apellido: Gilbert Favre, el aventurero clarinetista suizo, más conocido como «Run Run», aquel que un día huyó hacia el norte para librarse de un amor que amenazaba con atraparlo en un torbellino que presagiaba una tragedia, como finalmente ocurrió.

Todos los vaivenes de esta relación tumultuosa son «Violeta y Gilbert: una historia de amor, locura y música», de Patricia Díaz-Inostroza, música, periodista e investigadora, cuyo mérito ha sido transformar en un relato literario este trozo de vida hasta acá conocido a través de testimonios vertidos en distintos formatos. En ellos se respaldó la autora para hilar esta historia: descripciones de testigos fidedignos, las memorias de Favre, las cartas de amor y las letras de las canciones de Violeta, entrevistas y libros esclarecedores como los escritos por Patricia Bravo y Patricia Stambuck, Isabel Parra, Patricio Manns y el “Gitano” Rodríguez.

Patricia Díaz-Inostroza, autora del libro y ex integrante del grupo Abril.

Violeta Parra tuvo no pocas relaciones amorosas. Las primeras, más formales, con hombres de su condición social: el maquinista comunista Luis Cereceda, padre de Isabel y Ángel, y el carpintero Luis Arce, padre de Carmen Luisa y Rosita Clara, fallecida muy pequeña durante una de las largas estadías de la artista en Europa. Las otras, con almas creativas y complejas como ella. Ninguna como la que estableció, con ires y venires, con cimas y abismos, con Favre.

El suizo no tenía ningún vínculo con Sudamérica hasta que en 1960 su espíritu inquieto lo trajo a Chile como parte de una expedición liderada por un arqueólogo aficionado para dar con testimonios pétreos de la cultura nazca en el desierto de Atacama.

Se topó con Violeta el 4 de octubre de ese año, el mismo día del cumpleaños de ella. Un día antes, en el Conservatorio de la Universidad de Chile, adonde llegó para saber del folclor criollo, conoció a la fotógrafa Adela Gallo, íntima amiga de Violeta, quien lo llevó el día siguiente a la Casa de palos, en La Reina, donde Violeta vivía con sus hijos y nieta.

No estaba de buen humor, Violeta. Por eso, para calmarla, Adela Gallo le dijo de entrada: «Ya, no te enojís, si te traigo un gringo de regalo».

La mirada inquisitiva de Violeta y la tímida de Favre se cruzaron para no separarse más.

«¡Pero sí vi cómo ese cuerpo que cumplía 43 años se transformaba en uno de veinte años menos!», relató la amiga muchos años más tarde.

El amor surgió de inmediato. A los 15 días, Favre formalizó la relación ante los hijos de Violeta. Fue un acto protocolar muy distante del volcán que mantendría en ebullición permanente la relación.

Pese a su profundidad, el de ambos fue un vínculo que no logró vencer a sus espíritus libres y empecinados en sus propios anhelos y proyectos. En esos siete años hubo largas separaciones, básicamente debido a las giras de Violeta, una vez a Argentina y otras a Europa, donde ella ya era conocida desde los años 50. Favre siempre terminó por alcanzarla, ya sea porque le nacía o porque le conmovían las cartas de Violeta urgiéndolo.

Así le escribió cuando lo hizo viajar a Argentina:

«Petit Gilberto:

“A ratos me da fuerza y quiero volver altiro. ¡Pucha que sufro sin ti! Sin embargo, no debo irme todavía. Yo creo, mijito, que usted tiene que venir a verme, porque cómo voy a salir yo de aquí si veo un camino que se abre con luces de todos colores. Tú eres mi compañero, mi hombre, mi amor, y sabes comprender todo esto…».

Esa ambivalencia fue permanente. Y sirvió para sostener una relación construida por caracteres impetuosos. Favre solía ceder, pero no mansamente.

Rodeado de una familia de artistas, siéndolo él también, aunque no profesional, el suizo aprende a tocar la quena. Le toma un largo tiempo hacerlo bien, apremiado por el perfeccionismo de Violeta. Ella se entusiasma y hasta compone temas para ese aerófono que luego quedarían grabados en un disco EP grabado con «el tocador afuerino», como lo bautizó cuando Favre se animó a tocar en público. «Galambito temucano», «Tocata y fuga», «Camanchaca» y «El moscardón», quedaron finalmente en la historia musical chilena.

Sin quererlo, el dominio de ese instrumento sumergió a Favre en la cultura andina con una intensidad inusitada. Al comienzo, Violeta sólo receló de que el virtuosismo interpretativo atrajera las miradas femeninas. Eso ocurrió, sin duda, pero no provocó la ruptura.

La portada del libro.

En 1965 Violeta regresa definitivamente a Chile. Al principio se integra a la Peña de los Parra, que Isabel y Ángel habían abierto imitando los recintos que los acogieron en Francia. Pero sus afanes de influir más de la cuenta terminaron con su decisión de iniciar un proyecto propio. Así levanta la Carpa de La Reina, instalada en lo que hoy es el sector de La Cañada, entonces alejado de todo. Apelando a sus habilidades manuales, Favre la acompañó y la ayudó en el montaje, como lo había hecho siempre que Violeta lo necesitó.

Pero un estallido de furia de Violeta por un detalle menor fue el comienzo del fin. Sin preguntarle, Gilbert pintó de azul unas maderas, descontrolándola, pues ella las quería rojas. Agraviado por la injusticia, el suizo dejó el lugar. Desesperada, ella tomó una sobredosis que casi la mata. Cuando despierta en el hospital tres días más tarde, él está ahí.

Vino entonces la frase fatal: «Si no haces lo que te digo, me mataré de verdad».

Abrumado por lo que venía, Favre puso un mundo de distancia entre ambos. Sigilosamente, viajó a Bolivia. Conoció y se maravillo con la cultura andina, especialmente con su música. Acompañado de su quena decidió quedarse. Pronto conocería al charanguista Ernesto Cavour, con el cual instaló la legendaria Peña Naira y formó el conjunto Los Jairas, el primero en Sudamérica en interpretar sonidos andinos tañendo guitarras y charangos, soplando quenas sikus y golpeando bombos. Todo de una vez.

Este éxito artístico y comercial que lo enorgullece se lo cuenta a Violeta. Ella presiente que esta vez no hay vuelta. Atisba un remezón telúrico más poderoso que su amor.

Con sus sentimientos tensionados, Violeta va creando sucesivas canciones que relatan todo el trayecto de su caída y que en 1966 conformarán su último y más valioso disco: «Las Últimas composiciones», grabado con el sello RCA tras romper su histórica relación con el sello Odeón.

Primero hace canción el dolor por la partida de Favre con “Run Run se fue pa´l norte”:

En un carro de olvido

Antes del aclarar

de una estación del tiempo

decidido a rodar

Run Run se fue pa’l norte

No sé cuándo vendrá.

Ayudada por su temperamento, Violeta se vuelca a su carpa. Trata de olvidar a su gringo, pero no puede. Su perturbación por esa impotencia la hace crear ahora “Corazón maldito”:

Corazón, contesta

Por qué palpitas, sí

Por qué palpitas

Como una campana

Que se encabrita, sí

Que se encabrita.

Por qué palpitas.

Sin presentir la amargura de su amada, Favre la invita a Bolivia. Violeta acude, doblegada de antemano. En La Paz alcanza a alegrarse por los logros de su compañero. Después de una noche de amor, en medio de un destello de felicidad que mitiga su dolor, escribe “Gracias a la Vida”, que sería su canción inmortal:

Gracias a la vida que me ha dado tanto

Me ha dado el sonido con que estoy hablando

Con él las palabras que voy deletreando

Madre, amigo, hermano y luz alumbrando

La ruta del alma del que estoy amando.

Foto de Los Jairas, Favre es quien aparece tocando la quena.

De regreso en Chile, Violeta conoce al “Gitano” Rodríguez. Es sólo una relación musical y de amistad. Casi de maestra a alumno. En un viaje a Uruguay, el trovador porteño conoce a Alberto Zapicán. Y se lo presenta a Violeta cuando el charrúa viaja a nuestro país.

Con Zapicán se repite el ritual vivido con Favre. Albañil y apuesto, el uruguayo se queda para reparar la carpa dañada en un temporal. La relación amorosa no tarda. Y tampoco las peleas surgidas entre dos personalidades que no dan su brazo a torcer.

A Violeta le disgusta la poca propensión al trabajo de Zapicán y éste no acepta sus reproches.

Para lograr que su pareja salga de su inercia y hacer más llevadera la relación, Violeta le exige que aprenda a tocar el bombo.

El uruguayo lo hace y al poco tiempo es parte de la grabación de «Las Últimas Composiciones», en el que aparte de la percusión acompaña en el canto de algunos temas.

En uno de estos, como es su costumbre, Violeta ilustra su relación amorosa. En este caso, con “El Albertío”, descuera al uruguayo, al que parece no importarle tamaña humillación:

 

¡Yo no sé por qué mi Dios

Le regala con largueza

Sombrero con tanta cinta

A quien no tiene cabeza!

…Yo te di mi corazón

¡Devuélvemelo ensegui’a!

Al tiempo me hey da’o cuenta

Que vos no lo merecías…

… Alberto dijo me llamo

Respondo lindo sonido

Más para llamarse Alberto

Hay que ser bien Albertío.

En paralelo a esta insatisfactoria relación, Violeta no olvida a Favre. Pero estéril en su propósito de recuperarlo, derrama su impotencia en “Maldigo del alto cielo”:

…Maldigo el fuego del horno

Porque mi alma está de luto

Maldigo los estatutos

Del tiempo con su bochorno

¡Cuánto será mi dolor!

«Las últimas composiciones», el disco que cerró su producción musical.

Invitada por una fundación cultural, Violeta vuelve a Bolivia, acompañada de Zapicán, tratando de despertar los celos de Favre. No lo logra. Incluso, en una de sus actuaciones, advierte a una hermosa joven que sigue de cerca al amor de su vida. No hay escándalos. Toda conclusión queda implícita.

Al poco tiempo Favre y Los Jairas actúan en Santiago con un éxito rotundo. Vuelven a Bolivia el 28 de diciembre de 1966. Las primeras semanas de 1967 mantienen ocupada a Violeta. Pero sin alegrías. Incluso con sinsabores. Como su rebelión ante la invitación sin pago por parte del productor René Largo Farías para que integre una gira al sur del programa “Chile Ríe y Canta”. El desencanto es total cuando el resto de los artistas, salvo Patricio Manns, rechazan una propuesta para hacerle un salario.

El 4 de febrero debe hacerse cargo por una noche de La Peña de los Parra. Sus hijos están en el litoral central. Su hermano Roberto, «el tío Roberto», llega borracho a actuar y responde agresivamente al reto de Violeta. Un par de meses antes incluso la había agredido duramente por la misma razón.

De madrugada retorna a su carpa junto a Zapicán. La mañana del 5 de febrero la pasa sola. Encerrada en su cabaña escucha durante varias horas en un tocadiscos una versión de “Río Manzanares” grabada años antes por los hermanos Parra:

Río Manzanares

Déjame pasar

Que mi madre enferma

Me mandó a llamar

Mi madre la única estrella

Que alumbró mi porvenir

Y si se llega a morir

Al cielo me voy con ella.

A las 17:45 se oye el disparo fatal. Su adolescente hija Carmen Luisa entra a la pieza y desesperadamente trata de ayudarla. Pero nada se puede hacer. Zapicán observa.

En Bolivia, en la víspera de la tragedia, Favre y sus compañeros celebran su onomástico. Borrachos extienden la celebración hasta muy entrada la madrugada. Al día siguiente, un productor musical lo despierta para darle la noticia. El dolor es grande. El gringo comprende al fin la trascendencia de Violeta en su vida. Viaja a Chile a reunirse con la familia Parra.

Meses después, el 9 de octubre de 1967, el mismo día en que Violeta cumpliría los 50 años, es ejecutado en la zona boliviana de La Higuera el Che Guevara, bajo las órdenes del militar Luis Reque Terán, padre de Indiana Reque Terán, la hermosa joven de aquella noche en la Peña Naira, con la cual Favre se casa en mayo de 1968.

Una paradoja que los Andes depararon al joven que siete años atrás decidió salir de su apacible vida en Suiza en busca de pueblos que sorprendieran y remecieran su espíritu siempre inquieto.