Las dudas no aclaradas de la tragedia del Chapecoense

Pasados el impacto inicial, los homenajes y las exequias, a la tragedia de Antioquia le llegó la hora de saber cuál fue su causa directa, pero también las responsabilidades indirectas para que el manoseado destino pudiese tener velas en este entierro. Es que en lo ocurrido el pasado 28 de noviembre a pocos kilómetros de Medellín posiblemente se conjuguen la aparente culpabilidad directa del piloto del avión de LaMia con la irresponsabilidad de las máximas dirigencias del fútbol sudamericano que se involucraron con una aerolínea pequeña y de dudosa capacidad operativa.

Solamente el shock por las 71 víctimas fatales -entre ellas la mayoría de la delegación del club Chapecoense- puede explicar la inacción hasta ahora de los sindicatos de futbolistas del continente para exigir una investigación que aclare si hay vínculos entre la Conmebol y LaMia, y también conminar a las dirigencias de cada país a que eleven los estándares de calidad de los viajes, velando por la seguridad de los protagonistas de un jugoso espectáculo.

Porque nadie en el mundo del fútbol podría comprender de buenas a primera que la actual selección subcampeona mundial y el mejor jugador actual ocupasen los servicios de una línea aérea tan precaria que sólo contaba con tres aviones -dos de ellos inactivos-, que había elegido operar desde Bolivia por sus menores exigencias y que había descubierto la gallina de los huevos de oro convirtiéndose en un charter de clubes y selecciones a los que convencía con sus precios inferiores en el 30% a los de mercado.

Pero ocurrió 17 días antes, cuando el 11 de noviembre Argentina y Messi regresaron desde Belo Horizonte hasta Buenos Aires tras la goleada que le propinó Brasil por las Clasificatorias.

¿Hubiesen aceptado Messi y los otros astros argentinos un desplazamiento tan inseguro en sus clubes del primer mundo?

Seguro que no, pero todo cambia en este continente atrapado por la corrupción de sus dirigentes. Solo así se puede explicar la cadena de hechos que desembocaron en tamaña fatalidad.

Apresuradamente, la Conmebol negó en un comunicado cualquier contacto formal con LaMia. Lo mismo hizo desde la vereda de enfrente el único socio sobreviviente de la aerolí- nea, Marco Rocha.

Pero debido a la gravedad de lo ocurrido es mejor dejar ambas declaraciones en entredicho y dilucidar con una investigación seria las afirmaciones en contrario. Como las de José Bolívar, socio de Chilean Airways, que afirmó que la Conmebol se entrometió para sacar a su compañía del traslado de San Lorenzo de Almagro hacia Chapecó, justamente en el partido que permitió a Chapecoense clasificar a la final de la Copa Sudamericana junto a Atlético Nacional de Medellín.

Cuando estaba todo amarrado, afirma Bolívar, “me llamó el bróker (intermediario) y me dice que queda cancelado, porque la Conmebol les dijo que utilizaran otra aerolínea (LaMia)”.

¿Una maniobra para sacar definitivamente del mercado a la competencia? ¿Una comprobación de la influencia indebida de la Conmebol? Y si fue cierto, ¿cuál era el beneficio que obtenía el órgano rector sudamericano favoreciendo a LaMia? ¿Había dinero de por medio o solo un afán de ayudar a los clubes competidores a reducir sus costos?

Por ahora son preguntas sin respuesta, pero que deben ser respondidas. Lo primero es saber si efectivamente el piloto Miguel Quiroga retó criminalmente al destino al programar un trayecto con un avión cuya autonomía de vuelo era inferior en cinco kilómetros a la distancia entre Santa Cruz de la Sierra y Medellín, lo que lo obligaba a haberse reabastecido de combustible en Cobija o Bogotá, ambos en suelo colombiano.

Lo segundo es lo crucial. Establecer si hubo o no una vinculación indebida de la Conmebol. Si esta continuará programando sus torneos con calendarios que obligan a los clubes a sacrificar seguridad en aras de la competencia. Si fijará estándares mínimos para impedir traslados en aerolíneas tan endebles como LaMia, sobre todo para geografías tan peligrosas como las que dominan Sudamérica.

Por estos lados nos vanagloriamos -como buenos pobres que somos- de que nuestras Clasificatorias son las “más difíciles del mundo”, que las europeas “no son nada al lado de las nuestras”, que nuestros equipos y selecciones deben luchar en climas inmisericordes. Como si esto fuese motivo de orgullo. Jugar a alturas como las de Cuzco o La Paz, o con los calores infernales de Barranquilla o Guayaquil, no es soportable para ninguna mente sensata, salvo para la sudamericana.

Acá somos los reyes del bajo costo. Lo vemos a diario con nuestro empresariado acostumbrado a maximizar utilidades a costa del “recurso humano”. Ocurre en Chile y en nuestros vecinos.

Si los futbolistas y sus sindicatos no sacan la voz ante las dirigencias empresarias, los riesgos seguirán estando a la vuelta de la esquina.

Este comentario también lo puedes leer en el periódico Cambio 21.