Yo lo viví

Las grandes noches de Carlos Campos

Me perdí, lejos de la capital, el mejor partido de su vida, pero el Tanque me dejó recuerdos imborrables con sus goles y su nobleza.

Por JULIO SALVIAT

El mejor partido de la vida de Carlos Campos no lo vi. Por esos días, estudiaba el último año de secundaria en San Vicente de Tagua Tagua y me limité a escucharlo por radio.

Había que pololear en la matinée del cine y corté la transmisión cuando Universidad de Chile era superada sorpresivamente por Rangers en el Estadio Nacional a poco de comenzar el segundo tiempo. Vicente Cantatore y Domingo Roblá habían mortificado a Manuel Astorga y amargado a los hinchas azules.

Ya anocheciendo, volví a mi cuartito azul de la pensión y me enteré de lo que parecía increíble: en el segundo tiempo, en un lapso de 28 minutos, el Tanque había anotado seis goles y había transformado la pesadilla en goleada.

Había visto jugar a Carlos Campos y admiraba sus características. “Tronco”, le decían, y no era tanto. “Sólo sabe cabecear”, afirmaban, y no era así. Su corpulencia lo hacía parecer torpe al lado de maestros de buena técnica como Ernesto Álvarez y Leonel Sánchez, o lento comparado con Pedro Araya, o flojo si se medía su recorrido con el de Rubén Marcos o Braulio Musso. Pero era el complemento ideal para todos ellos.

Tronco no era, porque le pegaba bien a la pelota y hacía buenas paredes con Araya. Además de cabecear era intuitivo y sabio para desmarcarse y aparecer siempre libre. No era negado con la zurda. Y tampoco había que pedirle que pateara los tiros libres y los penales, porque había un crack para eso: Leonel. 

Midiéndolo bien, tenía de todo un poco, y la suma era alta. No por nada fue elegido cinco veces como el mejor delantero en los resúmenes anuales y sigue siendo el máximo goleador de Universidad de Chile con 199 celebraciones.

Mi primer contacto con él fue desde la tribuna cuando Universidad de Chile y Colo Colo disputaron el penúltimo partido del torneo de 1959. Los albos tenían una ventaja de dos puntos y empatando eran campeones. En el quinto minuto de descuento, con el marcador dos a dos, Carlos Campos asustó a Misael Escuti, que perdió el control de la pelota y la dejó a disposición de él para que anotara el gol del triunfo. Lo que siguió se conoce: ganaron los dos equipos su último encuentro, definieron en un partido extra, la U ganó 2-1 y esa misma noche se consagró el Ballet Azul y nació la rivalidad enorme e interminable con los albos.

Tengo otras imágenes posteriores del gran centrodelantero. Apenas llegado a estudiar periodismo en la Universidad Católica, conocí a Antonino Vera, entonces director de la revista Estadio y futuro jefe y maestro mío. Pensé que era el único que me podía dilucidar mi gran duda del momento: ¿quién es mejor: Campos o Landa? Y se la planteé. Pensó un poco y con su voz ronca me dio la respuesta: “Depende para qué lo quieras: si es para jugar, Landa; si es para hacer goles, Campos”. Y la historia me demostró que era así. El gran Nino era un espectáculo. El gran Tanque, un depredador.

Lo vi jugar muchas veces después de venirme a Santiago.

Todavía lo recuerdo cabeceando con la frente vendada después de partírsela al chocar contra un poste en una de las tantas goleadas azules del torneo de 1962. O metiéndole tres goles a Colo Colo en un 6-3 en ese mismo torneo. O ilusionando a sus hinchas con dos goles, antes de lesionarse, en la definición de 1961 con Universidad Católica.

Todavía no lo supera Esteban Paredes en el duelo de goleadores del Superclásico y siguen siendo pocos los que pueden exhibir seis títulos en campeonatos largos. Tampoco son muchos los que pueden mostrar el orgullo de defender una sola camiseta en toda su vida. Campos llegó a los 11 años a la U, y recién se fue cuando dio el último suspiro. 

Al cielo llegó este 11 de noviembre un grande de verdad. 

Grande de estatura y de alma.