Las profundas negruras de la Roja

Faltando casi una rueda para el final de las Clasificatorias para Rusia 2018, una mano técnica blanda y desprolija, un quiebre en la relación del plantel y un notorio decaimiento en las figuras clave tienen al representativo chileno con un impensado panorama negativo.

Tiene que haberles dolido mucho a los futboleros antiguos cuando Brasil le metió 7-0 a la Selección Chilena de fútbol disputando la Copa O’Higgins. El desastre fue en el estadio Maracaná el 17 de septiembre de 1959, cuando ya se había iniciado el proceso de búsqueda de valores y de asentamiento de juego para el Mundial de 1962, con Fernando Riera al frente.

Hubo una explicación, sin embargo: Chile estaba jugando contra el campeón mundial en su propia casa. Y ese campeón tenía en sus filas a Pelé, el mejor jugador de la historia del fútbol, que se divirtió mucho esa noche y anotó cuatro goles.

No fue el único desastre en ese proceso. Debutando en el Campeonato Sudamericano de ese mismo año, perdió 6-1 con Argentina en el Monumental de River. Explicación: equipo joven contra un experimentado anfitrión lleno de ganas de llevarse el título.

Tampoco fue el único debut desalentador. Iniciando su gira a Europa, al año siguiente, esa selección enfrentó a Francia en el Parque de los Príncipes y perdió 6-0. Argumento justificador: Chile no estaba preparado para resistir un ritmo tan intenso. El primer tiempo fue parejo (0-1) y el equipo de Riera se desfondó cuando se inmovilizaron las piernas.

Con el transcurso del tiempo, la Roja sufrió otras masacres en distintas circunstancias y lugares. Derrotas feas, amplias, humillantes algunas.

Pero se puede afirmar con certeza que ninguna Selección Chilena jugó, tan, tan y tan mal como la bicampeona de América en Quito. Y eso abrió un sentimiento que bascula entre el pesimismo acendrado y la esperanza lejana.

La mano técnica

Cuesta entender cómo un equipo que se adjudicó dos veces consecutivas uno de los campeonatos más exigentes del mundo se haya convertido en un conjunto mustio, descoordinado, feble en defensa, opaco en mediocampo e ineficiente en ataque. Y cómo el mejor arquero de la Copa Centenario esté a la altura del montón, atajando solamente lo que le llega al cuerpo.

Son muchos los que piensan -se incluye el que escribe- que el éxito de Chile en el torneo de Estados Unidos se gestó y concretó cuando los jugadores se dieron cuenta de que tenían que jugar como lo hacían bajo el mando de Jorge Sampaoli, y no como les ordenaba Juan Antonio Pizzi.

Cuando asumió el actual técnico no hizo innovaciones respecto de lo que se venía haciendo de la mano del casildense. Siguió con el vuelito, y eso le permitió caer decorosamente ante Argentina y golear a Venezuela por las clasificatorias mundialistas.

Y cuando comienza su trabajo en serio, jugando como a él le gusta, Chile perdió los dos partidos preparatorios para la Copa Centenario ( 1-2 con Jamaica en Viña del Mar y 0-1 con México en San Diego, California) y clasificó agónicamente después de caer con Argentina, ganar con ayuda a Bolivia y derrotar a Panamá.

Y en ese momento, ya en cuartos de final, aparece la selección poderosa que presiona arriba, que envuelve a los rivales cuando no tiene la pelota, que defiende y ataca con muchos, que recupera sus figuras deslumbrantes y sus dotes goleadoras.

Por iniciativa de los jugadores, actuando “a lo Sampaoli”, más que “a lo Pizzi”, trituró a México, minimizó a Colombia y se impuso sobre Argentina (aunque fuera mediante penales).

Con su nuevo técnico, el equipo perdió vértigo, disminuyó la intensidad e incluso bajó su porcentaje de tenencia de balón. Con los mismos jugadores, pero intentando otra manera de jugar, se ha visto minimizada en aspectos que parecía insuperable.

La idea futbolística del DT no llega con claridad o es rechazada por el plantel. Lo único que está a la vista es que no funciona regularmente. En apariencia, el juego que le conviene a la Roja, y para lo que parecen estar mejor condicionados sus jugadores, es el de intensidad máxima. Y ahora no se aplica.

Hay, en definitiva, una mano técnica no sólo distinta de la anterior, sino incapaz de aprovechar lo mejor que tiene el plantel. Y una conducción blanda, que terminó con las exigencias hasta desproporcionadas de su antecesor hacia el plantel y hacia sí mismo. Sampaoli estudiaba a sus adversarios hasta la saciedad y se lo hacía ver a sus jugadores con videos aclaratorios sobre cada rival, para que supieran cómo contrarrestar sus maniobras y cómo hacerlos ver mal. Pizzi ni siquiera se preocupó de cómo juega Ecuador y qué cualidades tiene Luis Antonio Valencia, por citar un ejemplo.

La fase grupal

Son diversos los factores que tienen a la Selección en estado de incertidumbre con miras a su participación en el Mundial de Rusia.

Algo parece perdido en el representativo chileno: la unidad del grupo. Los nunca aclarados “problemas familiares y personales” de Claudio Bravo marcaron un punto de inflexión en el ánimo del plantel. Sus compañeros tienen que haber sabido qué le ocurrió para que se restara en los partidos con Paraguay y Colombia, y no les debe haber gustado.

También se advierte desconexión entre los otros líderes: la relación de Arturo Vidal y Alexis Sánchez ha perdido afinidad. Marcelo Díaz estuvo ausente un buen tiempo y Gary Medel no aparecerá hasta que pase un buen rato. ¿Quién manda ahora, entonces, en el camarín?

Hay que agregar nominaciones sin mucha justificación, como las de Eugenio Mena y Pedro Pablo Hernández, y el estado futbolístico de otros que funcionan muy alejados de su nivel, como son los casos de Gonzalo Jara, Mauricio Isla, Eduardo Vargas y el propio Marcelo Díaz.

Por orden técnica o iniciativa propia, Alexis Sánchez ya no corretea rivales con el fervor con que lo hacía antes, y Arturo Vidal deambula por sectores que no son los que más le acomodan. Los defensores laterales se tienen que batir solos contra delantero y defensor rivales que los atacan. Se perdió capacidad de anticipación en el sector defensivo…

Así se van sumando factores para conformar un cuadro pesimista. Ya nadie apuesta con seguridad a la clasificación, ya nadie cree a pie juntillas en un rendimiento óptimo. Hasta el repechaje parece tarea complicada, en circunstancias de que hasta hace no tanto la Roja era la selección favorita para ganar la serie.

Queda una rueda casi completa para cambiar el rumbo, a riesgo de perder en poco tiempo lo que tanto costó armar: una selección respetada, hasta temida, en todo el mundo.

Este análisis también lo puedes leer en el periódico Cambio 21.