Los abrazos extraviados

El periodista y escritor Esteban Salinero nos comparte su amor por Colchagua, el equipo que despertó sus pasiones futbolísticas en su infancia y juventud, cuando vivía en San Fernando y podía alentar al club en el estadio Municipal.

Esteban Salinero

No voy al estadio a ver a Colchagua hace unos 11 o 12 años y antes de eso hace quizás otros 10 años. ¿Podría llamarme hincha, fanático o seguidor, si en los últimos 20 años estuve en el Municipal “Jorge Silva Valenzuela” de San Fernando en dos ocasiones? Si trazo una línea, la herradura de su insignia se diluye en el tiempo y se deshace hacia el final de mi juventud y el comienzo de la adultez. Aún así, buena parte de mis mejores recuerdos de niñez, adolescencia y juventud están unidos al club

En los 80, en plena dictadura, para un joven o niño en San Fernando, sólo existían dos canales de TV (TVN y UCTV), el Cine Municipal al que llegaban las películas con dos años de retraso respecto de Santiago, alguna velada boxeril, en que los púgiles locales se medían con peloduros de comunas rurales cercanas, y el Colchagua cuando hacía de local domingo por medio.

No tengo fotos, ni banderín, ni gorro. Menos una bandera, ni camiseta, ni póster, ni láminas. Sólo un carné de socio de 1982, a la edad de 10 años, con una foto en que aparezco con una camisa abotonada hasta el cuello y un chaleco celeste, inscrito en junio de ese año y que acredita que soy el socio número 1.295 de la institución.

Recuerdo claramente a mi padre haciendo el trámite en la sede, pero antes, antes de todo, a él contando con cierto orgullo porqué tenía la nariz quebrada y explicándome a mí y a mi hermano que fue jugando en el Unión Comercial “como back centro”, uno de los dos clubes que, junto al Thomas Lawrence formarían en 1957 el Club Deportivo San Fernando, para pasar a llamarse Club de Deportes Colchagua en marzo de 1960 y, a contar de 1995, invertir su nombre a Colchagua Club de Deportes. Años antes, veo a mi abuelo pasando por mí un domingo por la tarde para llevarme a ver al Colchagüita, como todos conocen al club cariñosamente en la comarca y pasando por mí incontables domingos más.

Creo que como todo niño a los 7 u 8 años no apreciaba bien el fútbol, que seguramente me aburría y que no prestaba mucha atención a lo que pasaba en la cancha, sino a la cantidad de insultos que salían de la tribuna, bromas incomprensibles que sólo entendían los adultos que reían de manera estruendosa y que siempre agarraban a algún jugador rival de turno para despellejarlo a tallas y no soltarlo más durante los 90 minutos. 

Tras haber rozado la gloria al llegar a la ronda final de la Copa Polla Gol, de Segunda División en 1982, ante Everton, Trasandino y Cobresal, vino la caída a Tercera División entre 1984 y 1987 y el retorno al Ascenso profesional una calurosa tarde de enero al vencer 4-1 a Juventud Ferro de Chimbarongo, en Rengo, como cancha neutral en la final, con dos goles de un joven goleador parralino, que había llegado a préstamo desde Colo Colo y que hacía sus primeras armas, Rubén Vallejos. Sí, el mismo que se paseó por varios clubes de la Primera División e incluso por México y con el que tuve algunos duelos en los juegos electrónicos Delta en la máquina Eight Ball Deluxe, la del vaquero que jugaba pool. Vallejos terminaría enamorado de la cajera del local y creo que hasta hoy es su esposa.

Aquella vez, junto a los amigos que ya acarreaba a ver al glorioso equipo de la herradura, prometimos retornar a pie a San Fernando si es que ganábamos. No pudimos hacerlo. En un intento por saltar la reja para entrar a la cancha y dar la vuelta olímpica con el plantel, mi hermano cayó mal al otro lado y se fracturó gravemente un brazo. Con el tiempo pienso que nos salvó de esa larga caminata de 30 kilómetros en el calor del atardecer estival.  

Al año siguiente comenzaría una época de oro, que duraría hasta 1990, aproximadamente. Colo Colo envió varios jugadores a préstamo, anoten: Juan “Candonga”Carreño”, que era sanfernandino pero ya estaba en la juvenil de Colo Colo; Malcom Moyano, goleador de fuste de varios equipos de primera y segunda división; Julio Pastén; Juan Carlos Peralta, inamovible en el equipo de Mirko Jozic que fue campeón de la Copa Libertadores en 1991. A ellos se sumaron los ex O’Higgins, Juvenal Vargas, atacante del equipo que dirigió Luis Santibáñez, a fines de los ’70, y Santiago Gatica. Hubo un intento con Juan Carlos Orellana, el “Zurdo de Barrancas” de Colo Colo de mediados de los ‘70, de triste paso y de quien recuerdo un gol olímpico venido desde el banderín nororiente y otro de tiro libre contra Linares, ambos en el mismo partido, para luego desaparecer en los lenocinios locales y ser despedido a poco más de un mes de su llegada. El argentino Aldo Miguel Hasseney, de quien se dice llegó a lomo de burro junto a dos arrieros por el Paso Las Damas; el brasileño Valdir Pereira, que jugaría en Universidad de Chile, y el paraguayo Juan Carlos Villamayor, quien llegó como un joven centrodelantero al club y que luego aparecería como lateral derecho de la selección paraguaya en la Copa América de Ecuador 1993. 

Luego de eso me pierdo, me voy de la ciudad por mis estudios y cada vez se me hace más difícil ir a ver al equipo. Sigo la estadística, pero lo pierdo de vista algunos años. No sé si existe, si ha desaparecido. Pregunto por el club, me dicen “ahí está”, que no van de más de 300 personas a verlo, que ya no juega en el estadio Municipal, sino en un potrero. Pasa el tiempo, los años. Siento algo de culpa. Voy una vez, quizás en el 2000 o algo así, hay algunas caras conocidas que recriminan amistosamente mi ausencia, me lanzan algunas bromas, como no. Colchagua empata 1-1 el clásico con General Velásquez.

Vuelvo el 2008 o 2009, esta vez contra Iberia. Se juega de noche, hay una regular iluminación, han vuelto al estadio Municipal y hace frío. Ya no hay rostros conocidos. Vislumbro o deduzco algunos. Varios de los viejos han muerto, los jóvenes que éramos prefieren quedarse en casa con sus familias y el partido se ve en silencio. En la tribuna del frente hay algo así como una “barra brava”, se llaman “Los Herraduros”. Tocan un bombo, cantan, no son más de 15. En algún momento lanzan el conocido grito de aliento del club “¡A la patagüí, a la pataguá, la pataenlahué, la pataenlarra… Rrra rrra rrra! Col cha gua, Club de Deportes Colchagua!”. Y me emociono y sonrío.    ¿El resto? Lo guardo acá, en la cabeza, en la memoria, como una experiencia gozosa sobre todo de mucho humor, amor y de gritar goles de manera infinita, de abrazarme en un tumulto de campesinos, obreros, comerciantes, jóvenes, niños y ancianos. Todos en uno en una tribuna que crujía cuando nos parábamos cuando ya el tanto estaba consumado.