Los colgajos del Superclásico

El sábado hubo varios aspectos que, para bien o para mal, le dieron a la confrontación de azules y albos los inevitables ingredientes que nacen de la feroz rivalidad. Varias veces pudo cambiar el destino del encuentro.

Desde aquella tarde en que Charles Aránguiz le dio el triunfo a Universidad de Chile sobre Colo Colo con un zurdazo rasante, y que la pierna de Eduardo Lobos no pudo bloquear, pasaron seis años. Y doce partidos. Y todavía la U no puede celebrar frente a su calificado adversario. Pero pocas veces estuvo tan cerca de conseguirlo.

Disimuladas las diferencias de poderío entre el colista y el subpuntero, el partido pareció siempre, hasta la expulsión de Ángelo Henríquez, favorable a los azules. Tres veces pudo la U aumentar la cuenta antes de que los albos consiguieran la igualdad: Leandro Benegas elevó desde el área chica, Matías Zaldivia rechazó en la línea un globito de Sebastián Ubilla y Esteban Pavez hizo lo propio ante un cabezazo de Matías Rodríguez.

En todo caso, no fue injusto el empate. Como está ocurriendo con frecuencia, Colo Colo mostró un nivel muy bajo en el primer tiempo y otro muy alto en los minutos finales, esta vez favorecido por la superioridad numérica.

Eso fue, muy en síntesis, lo ocurrido en el 185° Superclásico. Pero hubo muchos colgajos que, para bien o para mal, le dieron a la confrontación los inevitables ingredientes que nacen de la feroz rivalidad.

¿Y LOS CONTROLES?

Unos quince mil fanáticos colocolinos asistieron al banderazo del viernes en el Estadio Monumental. La ya clásica manifestación de aliento terminó con un docena de detenidos, pero me da la impresión que nuestras policías perdieron una gran ocasión para desmalezar la delincuencia. Día de semana, mediodía, ¿qué hacía tanta gente ahí? ¿Eran trabajadores o vagos? ¿Estudiantes o cimarreros?

Tal como está ocurriendo con los funerales de los narcos, en este tipo de manifestaciones también acude buen número de patos malos. Por lo tanto, no habría estado de más un severo control de identidad. La cosecha, probablemente, y para beneficio de los decentes, habría sido magnífica.

LAS MAÑAS DE JOHNNY

No se sabe todavía quién dice la verdad y quién miente en la controversia suscitada por la ausencia de Johnny Herrera en la banca azul. El entrenador ya tiene antecedentes de mentiroso y el arquero se ha caracterizado por una franqueza que regularmente limita con la insolencia.

Según el emblemático jugador, le pidió a Alfredo Arias que, si no lo necesitaba como titular, no lo convocara para el encuentro de la semana anterior, frente a Coquimbo Unido. El técnico dijo que las decisiones las tomaba él sin consejos ni peticiones. Ahora Herrera afirma que quería estar en el partido frente a Colo Colo, aunque fuera en la banca, y que así se lo hizo ver al entrenador. Pero   éste niega que hayan dialogado.

Es complicado Johnny Herrera. Siempre lo ha sido. Ahora está pasando los márgenes. La simpatía que le tienen los hinchas, más la influencia que irradia en el camarín, más la cantidad de veces que salvó a su equipo lo han convertido en un referente sin freno a la hora de criticar a dirigentes, técnicos y compañeros con justa o nula razón. Ahora, en su pelea con el técnico, agregó un factor más para que el despido se produzca a finales de este año.

EL COMBO DE ANGELO

Tres veces lo pateó Juan Insaurralde cuando el delantero de la U estaba caído e indefenso. Y  la reacción, aunque criticable, fue la esperada:  se levantó y le aplicó un cortito en el estómago. Gritó el argentino como si lo estuvieran degollando y cayó como si lo hubiesen apuñalado. Y recién entonces intervino el árbitro. Y ahí está el problema: si Eduardo Gamboa hubiese sancionado los golpes alevosos y hubiese expulsado al agresor, como correspondía, Ángelo Henríquez no habría reaccionado y no se habría producido su justa expulsión

Y, tal vez, la suerte del partido habría sido otra.

Esto hace mirar con un poquito más de detención el nivel del arbitraje. Para mí, malo, cargado casi siempre a favor de los blancos, aunque sin cobros de trascendencia para el destino del encuentro.

Y queda como conclusión que las designaciones para estos partidos deben responder al ranking de los jueces, más que a simpatías personales o premios atrasados.

EL FESTEJO DE MOUCHE

Bueno, de categoría, el gol de Pablo Mouche. Con Colo Colo apurando cada vez más a la defensa azul, la jugada se gestó por la banda derecha, siguió con un centro hacia el semicírculo y culminó con un pase maravilloso de Jorge Valdivia. Y el empalme del argentino fue perfecto: un balazo cruzado, inatajable para cualquiera.

La objeción: el festejo. Si celebra tan escandalosamente un gol que ni siquiera es del triunfo en un partido frente al peor equipo de un torneo mediocre, ¿cómo sería  si anota el tanto de la victoria en un campeonato mundial?

Ya el hecho de sacarse la camiseta es algo que no tiene ninguna originalidad y, más encima, es una actitud sancionable. Lección: los goleadores tienen que festejar -¡como no!- pero hay maneras y maneras. A Mouche podrían mostrarle, por ejemplo, qué hizo Marcelo Espina en una circunstancia similar. A nadie se le había ocurrido celebrar ondeando la camiseta con el banderín del córner. Todos lo recuerdan. De la histeria de Mouche ya nadie se va a acordar dentro de un par de meses.