Los días en que le seguí los pasos al Flaco Spedaletti

Llevaba poco tiempo trabajando en la revista Estadio cuando lo conocí en Recoleta, donde entrenaba la U, y se convirtió en el gran sucesor de Carlos Campos. Hoy, ante su muerte, me tengo que sumar al dolor de su familia y de los hinchas azules, de Unión Española, Everton, Concepción y Antofagasta.

Por JULIO SALVIAT

Tiene que haber sido en otoño, por el paisaje que recuerdo. Junto a la pista de ceniza del Estadio Recoleta, esperaba pucho en mano que Universidad de Chile iniciara su entrenamiento matinal. Como reportero de la revista Estadio, alternaba lugares y siempre rescataba alguna nota. Ese día no había planes. Iba a lo que saliera.

Y ahí conocí a Jorge Américo Spedaletti. Se había perdido un tiempo, sanando de una lesión, y reaparecía sin aviso. Me llamó la atención su sencillez en la vestimenta y en la actitud. Se había bajado de un bus y caminaba hacia el camarín con un bolso de mano en el que llevaba sus zapatos de fútbol.

Hacía muchos años que la U buscaba un reemplazante para Carlos Campos, resistido por muchos, pero goleador siempre. Los hinchas adoraban al Tanque azul. Y sus compañeros de equipo también. Y por eso salió adelante en tantas competencias que tuvo contra refuerzos que llegaron del campeonato nacional y desde el extranjero. Prácticamente cada año le traían a un goleador para quitarle el puesto. Y cuando terminaba la temporada, ahí estaba Carlitos sumando goles que mayoritariamente lograba capturando los centros que le mandaba Leonel Sánchez. 

Los azules vieron pasar al paraguayo Adolfo Godoy, a los argentinos Héctor Fumaroni (goleador de la división de Ascenso), Juan Carlos Oleniack (seleccionado argentino), Osvaldo Camargo (figura en Mendoza) y el menos conocido Luis Luporini; entre ellos figuró el chileno, también seleccionado nacional, Adolfo “Cuchi Cuchi” Olivares; el checo-español Djanko Daucik, que resultó un fiasco; y el último de la serie había sido Félix Lasso (seleccionado ecuatoriano).

Hasta que llegó Spedaletti, un rosarino absolutamente distinto, y por fin Carlos Campos pudo retirarse tranquilo. Mientras El Tanque era fornido, directo, rebotero y cabeceador, el Flaco era como un lápiz y su fuerte estaba en las piernas delgadas pero resistentes y sus pies pequeños, acompañados de una cintura engañosa para los rivales y una frialdad a toda prueba para esquivar arqueros y convertir con arco vacío.

El argentino se puso el uniforme azul y fue como si hubiese jugado toda la vida con esos colores. Y sus compañeros, inicialmente reacios a los refuerzos, se rindieron frente a su calidad.

Esta semana terminó con una pena enorme en el Complejo Deportivo Azul y el dolor se extendió por Santa Laura, Viña del Mar, Concepción y Antofagasta. La noticia de su fallecimiento, aunque esperada, conmovió a los viejos seguidores de la U, que lo recuerdan como un gran goleador en la historia del club; a los hinchas de Unión Española, que no olvidan la dupla magnífica que formó con Sergio Ahumada, responsables en buena parte de que los rojos llegaran a la final de la Copa Libertadores en 1975, a los seguidores de Everton, que admiraron a esa misma dupla y los aplaudieron cuando se consagraron campeones; también fue admirado en Deportes Concepción y Deportes Antofagasta, donde culminó su carrera futbolística.

Lo entrevisté para la revista Estadio. Eso, más la vecindad que tuvimos en Las cercanías de la rotonda Atenas, forjó una buena amistad.  Él vivía justo al frente de la casa presidencial de Tomás Moro. Una de las primeras cosas que hice cuando se levantó el toque de queda después del Golpe, fue visitarlo para saber cómo estaba. Me contó que vivió el bombardeo abrazado con su mujer y sus hijos debajo de la cama matrimonial. “Los aviones pasaban casi tocando el techo de la casa y ya veíamos que se equivocaban y nos caía un misil a nosotros”, me contó.

El botillero de la esquina me soplaba que Spedaletti no les hacía asco a las fiestas en su casa, esperando que yo lo denunciara, y por supuesto no tuvo éxito. 

Mi último contacto con él fue después de la celebración del título de Everton, en 1976.

Desde lejos supe del accidente que lo dejó con lesiones de las que nunca pudo recuperarse y ahora lo recuerdo con afecto y me sumo al dolor de su familia y de los hinchas que lo admiraron.