Los duelos con la Celeste siempre tuvieron sangre

Quizás cuándo partirán las Clasificatorias para el mundial de Qatar, pero el partido inicial de Chile con Uruguay abre recuerdos de los duelos que resultaron imborrables por uno u otro motivo. En la memoria están desde los festejos de Manuel Muñoz en 1955 hasta el golazo de Mauricio Isla en 2005.

Por Julio Salviat

La primera vez que vi un partido de Chile con Uruguay fue cuando tenía 12 años de edad y se disputaba el Campeonato Sudamericano de Fútbol de 1955 en Santiago. La tarde estaba soleada, y el estadio lleno: 44.238 personas pasaron por las boleterías cuando el recinto ñuñoíno todavía no se ampliaba y ni soñaba aún con encogerse.

Me quedan recuerdos de esa tarde: dos penales en el área charrúa quedaron sin sanción y dos infracciones cometidas por los celestes en el área chilena que facilitaron el segundo gol de los visitantes. Pero la imagen más nítida que tengo grabada se detiene en los goles de Manuel Muñoz. El segundo fue un poco reboteado, pero causó el delirio de la multitud porque –avanzado el segundo tiempo- sirvió para el empate final. Y el primero fue un sobrepique violentísimo que dejó estático al que era considerado en ese momento el mejor arquero del continente y que había sido campeón mundial en 1950. Cada vez que Roque Máspoli venía a Santiago le preguntaban si el gol del “Expreso de Tocopilla” era el mejor que le habían hecho…

Hubo varios duelos, después, que resultaron imborrables para mí.

Hubo, por ejemplo, un 5-0 que vio poca gente una noche gris de 1971. Se volvieron locos los uruguayos cuando se vieron en desventaja de dos por cero, y las emprendieron contra el árbitro, el chileno Juan Silvagno. Los líderes del alboroto eran Roberto Repetto y Juan Masnik, que después vino a Universidad Católica. Y para ellos fueron las primeras tarjetas rojas. La tercera fue para Julio Montero Castillo, que era más hachero que su hijo Paolo, después que Chile les hizo el tercer gol… Más que la goleada que dejó en casa la Copa Pinto Durán, el gran acontecimiento fue que los aficionados chilenos vieron jugar por última vez en Chile a Pedro Araya, que hizo sus maletas para irse a México y regresó con los botines ya colgados.

Sangre en el pasto

Inolvidable resultó también, por lo escandaloso, un 1-3 que sufrió la Roja en el estadio Santa Laura a mediados de 1975, también en disputa de la Copa Pinto Durán. Faltando diez minutos para el final, y con el resultado prácticamente definido, un muchacho ingresó a la cancha a encarar a los uruguayos. El pobre no sabía con la chichita que se estaba curando: lo agarró el Negro Riveros y lo revolcó. Daniel Díaz, acudió en su auxilio y se llevó lo suyo. Y se armó la gran mocha. Mientras todos peleaban, había cuatro mirando: el árbitro Sergio Vásquez, los dos arqueros y el debutante Sergio “el Pelusa” Pizarro. Los 18 protagonistas restantes fueron expulsados y el partido terminó ahí mismo.

Hubo duelos tanto o más violentos que ese.

En julio de 1969, disputando cupo para el Mundial de México 70, Uruguay pegó durante todo el partido y mantuvo el 0-0 hasta el final. Alertados por sus espías, los charrúas dedicaron buena parte de su repertorio golpeador a las piernas de Alberto Fouillioux, en ese momento la mejor figura del fútbol chileno. Salió lesionado el volante de la UC antes de finalizar el primer tiempo, y se facilitó todo para los celestes. Otro que fue borrado a patadas fue Francisco Valdés, el otro creativo del equipo nacional. Ninguno de los dos pudo estar en la revancha en Montevideo, y fue Uruguay el asistente a la cita máxima.

Como “La Batalla de 1983” fue bautizado el encuentro que, ese año, disputaron rojos y celestes en el Estadio Nacional por la Copa América. Después de otro concierto de patadas, el partido terminó 2-0 a favor de Chile. El árbitro argentino Teodoro Nitti respetó los códigos que favorecen desde siempre a los del Atlántico y no quiso ver faltas alevosas cometidas por los charrúas. A Oscar Arriaza el arquero Rodolfo Rodríguez le voló dos dientes con una patada en área chica, y ni siquiera se cobró foul. Pese a las provocaciones y las agresiones, el equipo que dirigía Pedro Morales mantuvo la calma y la valla invicta después de las anotaciones de Rodolfo Dubó y Juan Carlos Letelier. En el túnel, los uruguayos agredieron a un reportero gráfico que medía poco más de metro sesenta… De todos modos, el torneo terminó mal para Chile: la Selección no pudo ganar a los venezolanos como visitante y quedó eliminado. Como castigo, el presidente de la ACF (actual ANFP), Rolando Molina, multó a los jugadores y cuerpo técnico con una suma equivalente a la que habrían ganado con la clasificación.

Risas en la tribuna

Por supuesto que hubo momentos mejores. En marzo de 1985, buscando lugar en el Mundial de México 86, Chile venció 2-0. El triunfo no sirvió de mucho porque finalmente clasificó Uruguay, pero resultó imborrable por la anotación de Jorge Aravena, calificada por la FIFA como “el gol imposible”.

Esa pelota tenía cero posibilidades de entrar al arco. Bajo la marquesina, en la tribuna de prensa, con Julio Martínez a mi izquierda y Antonino Vera a mi derecha, cruzábamos los dedos para que alguno de los centrales que se habían adelantado capturaran ese centro. Porque, por la posición de la pelota, tenía que ser centro…

El rudo Víctor Diodo había derribado por enésima vez a Hugo Rubio, que había sido el autor del gol con que la Roja aventajaba a la Celeste. El foul fue a centímetros de la línea de fondo y el Mortero la acomodó a un metro. Hacia atrás, el banderín de córner flameaba a unos seis pasos. A la espalda del ejecutante estaba la tribuna Andes; al frente, tres moais uruguayos que se habían adelantado notoriamente. Y detrás de ellos, un arquero, Rodolfo Rodríguez, que medía 1,91.

Del pie izquierdo de Aravena salió un obús que se elevó violentamente y cayó detrás de las manos extendidas hacia arriba del gigante. La pelota entró rozando travesaño y palo derecho y golpeó la red lateral antes de llegar hasta el fondo.

También está en mi mente el 1-0 con que ganó Chile a Uruguay en noviembre de 1996, por las clasificatorias de Francia 98.  Todavía sigo la trayectoria de ese pase largo de Víctor Castañeda para que Marcelo Salas superara en velocidad a los centrales y le ganara la posición al lateral que se cerró para empalmar un cabezazo preciso. Todavía admiro la actuación del mayor de los Castañeda, tal vez la mejor de su vida con la camiseta roja: ya le había metido una pelota de gol a Luis Pérez y otra a Sebastián Rozenthal. Todavía me río con la declaración de Luis Chavarría después de mandar a los camarines a Enzo Francescoli, el mejor de los uruguayos: “Gracias a Dios, lo pude lesionar”. Y todavía me duele un patadón que, según su costumbre, le dio Paolo Montero a Fernando Cornejo en las costillas.

En cualquier caso, si tengo que elegir un partido inolvidable en esta serie de risas y terror, elijo el del 24 de junio de 2015, la noche que el equipo nacional se clasificó a semifinales de la Copa América ganando 1-0. 

Cierro los ojos y veo el túnel de Jorge Valdivia al más fiero de los uruguayos. Sigo así y disfruto los esquives de Alexis Sánchez, aparte de un tiro en el palo, Me quedo un ratito más para respirar tranquilo después de algunas atajadas soberbias de Claudio Bravo. Y como que despierto sobresaltado cuando compruebo que la reacción de Edinson Cavani contra Gonzalo Jara era comprensible: a nadie le gusta que le hagan el examen de próstata frente a 60 mil personas.

Se fue expulsado el uruguayo, y la cancha comenzó a inclinarse hacia el lado charrúa, pero cada contraataque significaba riesgos y un par de remates rozaron los postes con Bravo superado. Resistir era la orden de Omar Borras, el gordo que dirigía a la escuadra celeste. Y eso lo hacen bien, desde siempre, los uruguayos.

Y llegó el bendito minuto 80. Un centro de Eugenio Mena, habilitado por Matías Fernández, fue despejado con los puños por el arquero Fernando Muslera. La pelota salió recta hacia el centro del campo y fue interceptada por Jorge Valdivia. El Mago dominó el balón, miró para allá y tocó para acá, suavecita hacia su derecha, donde esperaba solito Mauricio Isla. Y el Huaso sacó el derechazo inatajable.

Me están apareciendo las escenas de todo el grupo abrazado, adelantando que ya habían ganado, de las carrerita corta de Jorge Sampaoli en los grandes momentos, de la infinidad de banderas ondeando en el Estadio Nacional y del himno cantado por la multitud a todo pulmón.

Y de lo que quedaba de partido, una reafirmación en la tribuna  por la cantidad de patadas que dieron los uruguayos y los zamarreos al guardalíneas: “Los uruguayos no saben perder”, se había publicado en la revista Estadio en 1971, y ahora se podía decir lo mismo. Y, allá abajo, una escena de culto: Jorge Valdivia conteniendo al indignado Washington Tabárez “con todo respeto”.

Esa noche, Chile se convenció de que iba a ser campeón de América.

Y lo fue.