Löw, el inconsecuente

Sus titubeos del último tiempo le costaron caro al entrenador alemán. El fracaso de la Mannschaft es culpa suya y no un retroceso del poderoso fútbol germano.

Él mismo dio señas semanas atrás, pero nadie le hizo caso.

¿Cómo podían tomarse en serio sus aprensiones sobre las reales posibilidades de que su equipo obtuviera el bicampeonato?

Difícil de creer. Es que eran muy potentes las señales en contrario.

Aun admitiendo la debilidad de su grupo clasificatorio, entre 2016 y 2017 Alemania había vencido en sus 10 partidos marcando 41 goles y recibiendo solo cuatro, récor no alcanzado por ninguna otra selección europea clasificada para el Mundial. Además había ganado la Copa Confederaciones con un plantel joven y renovado, demostrando con justicia la potencia estructural del actual fútbol teutón. Y su equipo estrella, el Bayern Münich, cuartofinalista de la Champions League, aportaba siete de sus astros al equipo nacional.

No había cómo tomarlo en serio. Pero solo él sabía las dudas que inundaban su cabeza y que finalmente hicieron naufragar a la selección que se anticipaba como la mejor aprestada para hacer frente al renovado Scratch de Tite y Neymar.

Porque al final, la debacle alemana tiene su nombre y apellido: Joachim Löw.

De nada le sirvió su más que meritoria carrera técnica labrada durante 24 años, 12 de ellos en la selección. Finalmente sucumbió al pecado cometido por tantos que lo antecedieron en aquello de alcanzar la gloria: confiar en los de siempre, sin discriminar si ya eran más parte del pasado que del presente.

No hay que buscar razones exógenas a él. Tras este Mundial la Bundesliga seguirá siendo el tercer mejor campeonato del planeta, sus partidos seguirán jugándose con una dificultad solo superada por la liga inglesa y su usina fabricante de talentos racialmente mezclados continuará nutriendo al fútbol mundial.

La culpa es de Löw. Por haberse traicionado a sí mismo.

Hace un par de años, consciente del mal que había hecho sucumbir a otras selecciones campeonas en el mundial siguiente, concordó con la federación alemana la necesidad de renovar el plantel triunfante en Brasil 2014. No hubo reparos. Sólo apoyo. Sonaba de toda lógica y, además, era cosa de repasar cada fin de semana para saber que detrás de los campeones galopaba fuerte una nueva generación.

Löw puso manos a la obra. El resultado fue un plantel casi totalmente remozado para disputar la Copa Confederaciones el año pasado. En esa nómina había solo dos integrantes del equipo campeón mundial.

El ensayo fue un éxito total. Pese a las dificultades encontradas en la final contra Chile, nadie cuestionó el título alcanzado con solidez y propiedad. En todo el mundo se habló de que Alemania contaba con dos equipos capaces de llevarse el bicampeonato este año en Rusia.

El problema es que pese a todas las evidencias a favor de los jóvenes y en contra de los consolidados, Löw terminó cediendo al conservadurismo que todos llevamos dentro y desechó a la juventud.

En el equipo titular que fracasó en estos días solo hubo cuatro titulares provenientes de la Copa Confederaciones –Kimmich, Héctor, Werner y Draxler-. El resto de los puestos, pese a las señales inquietantes, fue para los veteranos de 2014. Es cierto, estos últimos por edad aún sonaban confiables. Mal que mal sólo Neuer y Khedira superaban recién los 30 años, mientras que Hummels, Boateng, Özil, Kroos y Müller tenían entre 28 y 29. El problema residía en sus rendimientos actuales.

Y ante esta evidencia, Löw decidió cerrar los ojos y confiar en los de antes. De nada sirvió que en los cinco últimos amistosos su equipo apenas lograra tres empates y dos derrotas. Y que en sus dos últimos partidos previos perdiera con Austria y venciera apenas a Arabia Saudita.

Alemania disputó entonces el Mundial con un elenco a la baja. Con Boateng perjudicado por sus lesiones y Hummels impensadamente lento. Con Khedira trotando como siempre, pero sobrepasado como nunca. Con Özil ratificando ahora sí rotundamente con la camiseta nacional la tibieza mostrada en el Arsenal. Y con un goleador como Thomas Müller (10 goles entre Sudáfrica 2010 y Brasil 2014) fuera de lugar y de timing.

Así le fue. Posesión eterna carente de profundidad. Apenas dos goles: uno de tiro libre, el otro de rebote. No hubo delanteros penetrantes, sobre todo por los costados. Werner hizo lo que pudo en lugares que no domina; a Reus su oportunidad mundialista le llegó tarde; y a Kimmich, un volante que más parece extremo, los rivales lo conocían tan bien que lo que anularon con doble marca.

Pudo haber sido distinto con Leroy Sané, Mario Götze o André Schurrle en cancha. Todos hábiles e incisivos. Sobre todo el moreno Sané, de gran campaña en el Manchester City. Pero no. Löw los borró, llevando a un veterano como el tanque Mario Gómez, prototipo de la Alemania de otrora y un intruso en el atildado estilo actual.

Así, de titubeo en titubeo, de indecisión en indecisión, Löw fue cavando la tumba de una selección que teóricamente sería una atracción, pero que tal como el ejército nazi en la Segunda Guerra Mundial regresa de Rusia apabullada por la derrota.

Hitler no quiso ver el riesgo del invierno ruso. Löw, que a varios de sus preferidos también les llegó el invierno.