Malas costumbres

No hay contención posible para estos hombres que, hay que decirlo, conocen muy bien el paño. Saben que pueden seducir a dirigentes y funcionarios de las federaciones no solo poniendo sobre la mesa un fajo de billetes, sino que ganancias convertidas en “platas negras” a partir de contratos millonarios.

Por SERGIO GILBERT J.

Los sueños de reivindicación de la dirigencia del fútbol sudamericano se fueron muy pronto al tacho de la basura. Se creía que con la caída del imperio del mal que había formado el fallecido Nicolás Leoz y la investigación de sus secuaces más cercanos (muchos de los cuales, incluido el chileno Sergio Jadue, han cantado como loros ante la justicia estadounidense para salvar sus pellejos) en esta parte del mapamundi futbolero se haría un mea culpa y que, aunque costara, se iniciaría el camino de la búsqueda de la honorabilidad y de la confianza.

No ha pasado nada de eso. 

El fútbol sudamericano sigue fraguándose en las oficinas de Luque, en Paraguay, y en los lustrosos salones y en el gran bar del hotel de la Conmebol que está frente a la sede balompédica, se mantiene el ir y venir constante de los personajillos que han logrado controlar toda la organización y que, por cierto, mantienen en alto las malas costumbres: los señores representantes son hoy, sin duda alguna, los dueños de la pelota (y de todo lo demás).

No hay contención posible para estos hombres que, hay que decirlo, conocen muy bien el paño. Saben que pueden seducir a dirigentes y funcionarios de las federaciones no solo poniendo sobre la mesa un fajo de billetes, sino que ganancias convertidas en “platas negras” a partir de contratos millonarios.

Los representantes son una casta que bien sabe que, tal como se decía en las antiguas películas de cine negro, “todo hombre tiene su precio”.

¿Acaso hay dudas de que la cabeza de la Conmebol no solo acepta sino que ampara a este grupo de “negociadores”?

No debería haberlas. Los hechos hablan por sí solos.

Veamos un ejemplo. Uno de estos representantes tiene parte de la propiedad de varios clubes en América. Uno de esas instituciones es detectada cometiendo una especie de fraude: suplantó la identidad de uno de sus jugadores -cuyo resultado de PCR había dado positivo- para que éste pudiera jugar sin problemas tanto en el torneo local como en un campeonato subcontinental. ¿Qué hizo la Conmebol? Dijo que no había antecedentes como para pensar que el equipo de ese señor había sacado ventajas. Caso archivado. ¿Qué hizo la Federación a la cual pertenece el club infractor? Nada. Ni siquiera investigó.

Sigamos. El mismo representante tiene a otro de sus clubes jugando instancias finales de una copa internacional. Quiere ganarla. Y por obra de magia, un día antes de jugar un partido importante para ese objetivo, la Conmebol le quita la localía al rival del equipo del representante de marras alegando “razones sanitarias” (que previamente, sin embargo, habían sido subsanadas por el gobierno local). ¿Qué hace la Federación del club al cual le quitaron la localía? Respeta lo dicho por la Conmebol. Y para más remate, tiene al representante dueño del club que perjudica al de su liga como interlocutor para buscar entrenador de su selección.

Lindo fútbol sudamericano. La indecencia nunca muere…