Manuel Gómez Hassan

Manuel Gómez Hassan: el pintor que le dijo que no a Neruda


Junto a un grupo de rebeldes escritores de la generación del 40 publicaron la legendaria revista “Lagarto”. El futuro premio Nobel pidió entrar al equipo, pero no lo dejaron: “Si lo aceptábamos, ¿contra quién disparábamos?». Amigo de Siqueiros, reconoce que el aporte de las Brigada Ramona Parra al muralismo mundial fue que haya sido una expresión colectiva, pero critica las actuales manifestaciones: “El muralismo en Chile no existe, son sólo cuadros sobre muros”. Categórico, no tiene problemas en calificar como «payaso» a Jodorowsky.

Por PAOLA PASSIG VILLANUEVA 

Pintando sobre la mesa del comedor, que sus padres cubrían con hojas de diario para que no la manchara, lo encontró a los 8 años el pintor y muralista Gregorio de la Fuente, quien llegó a su casa, ubicada en el centro de Santiago, a buscar a la hermana. “Señora, este niño tiene que ir a estudiar a la Escuela de Bellas Artes”, le dijo a la madre cuando vio sus dibujos. Al poco tiempo lograron que ingresara en horario vespertino, sorteando todas las barreras de la época, especialmente las del Colegio San Pedro Nolasco. “Es que había modelos desnudas y yo era muy chico”, recuerda. Desde ahí en adelante todo fue pintura, imprenta y poesía.

Manuel Gómez Hassan (1924) tiene su taller casi escondido al fondo del primer piso de un céntrico edificio de calle Merced, a dos cuadras de Lastarria. Se ubicaba al fondo a la derecha, tras una cincuentena de gigantescos maceteros que simulan una muralla silenciosa. En medio de sus primeros cuadros, revistas de los 40, premios y una estufa que lo abriga en invierno, advierte casi con tristeza: “Hay que sobrevivir”.

Y aunque se define como expresionista -porque explica que su fuerte es dar expresión al trazo más que a la segmentación de los impresionistas- bien podría ser parte de un movimiento “Macchiaioli chilensis” (grupo de pintores italianos que desde Florencia revolucionaron la pintura en la segunda mitad del siglo XIX, con un contraste de manchas de colores y de claroscuro).

Porque si bien coqueteó seriamente con el mural -técnica que aprendió con el propio Gregorio de la Fuente- y vivió dos años en México a inicios de los ’70, donde tomó contacto con el muralista David Siqueiros, su fuerte son los óleos y las acuarelas. ¿Su impronta? Una paleta de ocres y grises, donde destaca una configuración geométrica de paisajes, desnudos y escenas costumbristas que recuerdan algo de Cézanne.

Paisaje. Óleo de Gómez Hassan que se exhibe en el Museo Baburizza, de Valparaíso.

Con trece premios, cuatro de ellos en el extranjero, y realizador de más de ochenta y cuatro exposiciones, entre individuales y colectivas, sus obras están en las mejores salas y museos de Chile, entre ellos el Nacional de Bellas Artes y el Museo Baburizza de Valparaíso. De hecho, su última exposición fue el año 2017 en la galería Modigliani de Viña del Mar. Hasta antes del estallido social y la pandemia, Gómez Hassan se refugiaba en el Txoko Alavés (restorán vasco de calle Mosqueto, a una cuadra de su taller). En la barra, tomaba una copa de vino, acompañada de tortilla española, y conversaba con cuanto parroquiano quisiera hacerlo. Temas no faltaban. Hoy la pandemia se lo llevó a Quintero, donde vive junto a uno de sus hijos.

-En los 40, las tertulias se hacían en el café Sao Paulo. ¿Cómo eran?

-Sí. Era un café que se ubicaba en Huérfanos, entre Bandera y Ahumada. Hacíamos tertulias culturales desde la una a las tres de la tarde. Acudían José Balmes, Jorge Teillier y un sinfín de artistas. Eran largas conversaciones. También estaba El Bosco. Uno sabía que si llegaba hasta ahí, se iba a encontrar con 5 ó 10 amigos. Eran puntos de reunión.

-Partió ilustrando poesía…

-Tenía 17 ó 18 años. Ayudaba a mi padre con la imprenta que luego heredé y que mantuve hasta los ’70. Con esa imprenta ayudaba a los poetas a publicar. Se hacían colectas o se pagaba en cuotas. Mis amigos siempre fueron los escritores más que los pintores.

-¿Por qué?

-El escritor es más completo como artista que el pintor; ausculta en muchos lugares a los que el pintor no llega porque es más individualista. Mis amigos pintores eran Fernando Marcos, un muralista, y Humberto Martínez, que me enseñó mucho. También Ricardo Bindis -un famoso crítico- , Eduardo Ossandón, Sergio Montecinos, Ximena Cristi…

ZÓCALO DE LAS BRUJAS

-Forma parte de la generación del 40 y de la revista Lagarto. ¿Cómo recuerda esa época?

-Mi primer cuadro fue la ilustración de un poema de mi amigo Mario Ferrero. Cuando lo vio dijo: “este es el Zócalo de las Brujas”. ¿Qué pasó? Que el Zócalo de las Brujas se transformó en un grupo de escritores que se hizo famoso y recibió reconocimiento, incluso, en España. Al final terminamos sacando una revista, “Lagarto”, que se imprimía en mi imprenta, y que fue antologada por Augusto D’Almar, Humberto Díaz Casanueva, Alfonso Calderón y otros grandes. Todos querían entrar al Zócalo de las Brujas. Hasta Neruda quiso entrar y no lo aceptamos. Es que éramos un grupo de jóvenes rebeldes y él no nos gustaba. “Don Pablo, si entra aquí, ¿contra quién disparamos?”, le dijimos. En cambio, Gabriela Mistral entendió y nunca presionó ni quiso entrar, pero nos ayudaba con un cheque de 5 dólares mensuales. Y lo hacía sólo porque le tenía simpatía a este grupo de jóvenes que iban a vender la revista a la universidad. 

-La revista fue una experiencia intensa, pero corta.

– Alcanzamos a sacar tres ejemplares de “Lagarto”, pero era muy buena. Después la prohibieron porque nos fuimos en contra del entonces director de la Biblioteca que se las daba de poeta. Fuimos perseguidos porque el rector se molestó y nos acusó a Carabineros. ¿Sabe? En esa revista incluso hice de periodista porque hacía entrevistas. Le hice una a Gregorio de la Fuente. La verdad es que participaron grandes artistas como Edesio Alvarado, autor de “El Caballo que tosía”, del que hicieron hasta una película, o el pintor Mario Carreño, quien nos dio la primera entrevista cuando volvió de Cuba. También colaboraba Raquel Jodorowsky, que era genial mientras que su hermano es un payaso. Ángel Pizarro es el único que queda vivo de ese equipo.

-¿Qué pasó con la imprenta?

-Quebré. Entonces decidí poner una academia de pintura y con muy buena suerte porque los alumnos me sobraban. Tenía como 25. Pero el ’83 hubo un nuevo bajón económico. Muchos de los alumnos se fueron porque como la mayoría eran mujeres, los maridos lo primero que cortan son las clases de pintura. Pero no me quejo… Sigo vendiendo algo de pintura, pero siempre al borde.

MURALISMO EN CHILE

-En 1970 viajó a México y simpatizó con Siqueiros. Además, aprendió la técnica con Gregorio de la Fuente en sus años en el Bellas Artes. ¿Cuál es su relación con el muralismo?

-Claro, tomé clases de muralismo con Gregorio de la Fuente y luego impartí clases. Para mí el muralismo es el sumun de la pintura porque al estar en la calle, cumple la misión de llegar a todos. La pintura es más de gabinete y para verla hay que ir a un museo y pagar la entrada. El mural es para todos.

-Tiene su taller en medio de un barrio en el que abundan los murales…

-Es que ahora hay un enredo. Hay de todo. Estos intentos me parecen simpáticos, pero no serios. A veces intentan ser murales, pero al final son cuadros pintados en un muro. El mural requiere muchas cosas. Primero, tiene que estar en sintonía con el ambiente que lo rodea. Si se hace un mural en el camino a San José de Maipo, no se puede dejar de usar los azules. Un mural debe estar inmerso en el paisaje. Debe ser sobrio; son escenas que se aposan y que en un minuto quedaron ahí, como los de Piero de la Francesca.

El Maestro Gómez Hassan, en la tranquilidad del taller de calle Merced y rodeado por sus creaciones. A punto de cumplir 96 años (el próximo 16 de octubre), no piensa dejar de pintar…

-¿Y el muralismo político? ¿Tuvo relación con las Brigadas Ramona Parra (BRP)?

-No tuve contacto con las Brigadas Ramona Parra. Pero me pareció fantástico lo que hicieron porque el arte tampoco puede quedarse encerrado en teorías. El muralismo debe ser una especie de libro abierto para el público. Bueno, no participé en las BRP, pero participé en otros murales similares.

-¿En cuáles?

-En la época de Allende participé en un grupo del Departamento de Cultura del Ministerio de Educación, la mayoría del PS. Un grupo de pintores y no pintores salimos un 1 de mayo a pintar la calle Estado me parece.

-El dilema es ¿existe muralismo hoy en Chile?

-Ahora sólo hay divertimentos, cuadros sobre muros. No hay muralismo. El verdadero muralismo lo hicieron Siqueiros, Ribera, Orozco…

-¿Deben ser relatos más bien épicos?

-Es que siempre debe haber una idea detrás que les dé sentido. Hoy existen intentos. Las BRM lo siguen intentando. Mire, le cuento: me regalaron un libro alemán sobre el muralismo en el mundo. La tesis ahí es que parte con los murales indios en Bhimbetka, después vienen los del Renacimiento y luego hay un vacío, no se hicieron más.  De ahí saltamos a México. Pasan 50 años y surgen en Chile los de las BRP. ¿Cuál es el valor de cada uno? La temática, la calidad, la fuerza y en el caso de Chile, que sea colectivo, porque no tienen firma. Ese es un valor que la gente no lo entiende.

– En Valparaíso hay un boom de muralismo. Casi no hay murallas limpias. ¿A qué atribuye la necesidad de los jóvenes de pintar los muros?-Desde la época de las cavernas el ser humano ha necesitado expresarse. No basta con que las cosas pasen, hay que dejar una huella. Y eso hicieron las BRP: fue un grito de rebeldía. Lo mismo sucede hoy. Pero lo de las BRM fue ese momento y punto, no hay que pedirles más. Son momentos históricos desde el punto de vista plástico. Lo que hay que destacar es que Chile es el único lugar donde se hace muralismo colectivo. Me pueden dejar sin radio, sin diarios, sin voz, pero este muro lo va a ver todo el mundo. Lo que importa aquí es el mensaje.

En México, junto a su esposa y al muralista David Alfaro Siqueiros