Martín: a 40 años de su última batalla

Este lunes 1 de junio se cumplen exactas cuatro décadas de la última pelea de Vargas con título del mundo en juego. Fue en Kochi, Japón, frente a Yoko Gushiken. ¿Por qué nunca alcanzó la gloria que buscó con tan ahínco? Tal vez porque su fortaleza fue, al mismo tiempo, su mayor debilidad. Lo paradojal, aunque no tanto, es que a pesar del paso del tiempo sigue siendo un ídolo incombustible.

Por EDUARDO BRUNA

Este lunes 1 de junio se cumplen 40 años del último intento de Martín Vargas por hacer realidad un sueño que le fue siempre esquivo: ser campeón mundial. Hace cuatro décadas exactas en Kochi, Japón, caía de manera inapelable frente a Yoko Gushiken, monarca del mundo de peso minimosca reconocido por la Asociación Mundial de Boxeo (AMB), y a partir de allí, y como es natural por lo demás, inició el inevitable camino de su declinación como boxeador competitivo.

Atrás habían quedado, definitivamente, sus dos peleas con Miguel Canto y su combate frente a Betulio González, testimonios irrefutables de lo que pudo haber sido y no fue. De una esperanza multitudinaria que, sin embargo, fue siempre frustrada.

Me preguntaron una vez por qué Martín, a pesar de todos sus méritos, a pesar de una pegada devastadora para la categoría mosca, nunca alcanzó la gloria que buscó con tanto ahínco. Y la respuesta es tan simple como compleja: porque se encontró con tipos mejores que él, pero no sólo por eso, que por sí solo constituye un argumento más que poderoso para explicar cada una de sus derrotas. Aunque parezca una paradoja, el principal rival de Martín fue siempre el propio Martín.

Tras una prolongada carrera como boxeador aficionado, que le significó entre otras cosas representar al boxeo chileno en los Juegos Olímpicos de Munich, Alemania, 1972, Martín hizo su debut en el profesionalismo un 25 de enero de 1974 venciendo a Alfredo Alcayaga. Con todo, sus inicios no fueron para nada muy esperanzadores, porque, tras una segunda victoria, empató con Juan Carlos Ríos y en su cuarta pelea fue noqueado por ese mismo Alcayaga que había significado su primer peldaño como pugilista rentado. Sin embargo, hubo un hombre que siempre creyó en él y que se propuso respaldarlo en su carrera: Lucio Hernández.

La noche del 12 de julio de 1974, Hernández tuvo la certeza de que no se había equivocado. En el Luna Park de Buenos Aires, tras un peleón que claramente había ganado, los jueces locales, fieles a la costumbre, le dieron un salomónico empate frente a Carlos Ramón Escalante. En Martín, sin duda, había “pasta”. Y bastante como para que Lucio encontrara el eco que buscaba en Prodep, empresa formada exclusivamente para apoyar a Vargas, con el beneplácito, además, de una Dictadura que ávidamente buscaba en el deporte figuras que, a sabiendas o no, le ayudarían a lavar su siniestra imagen.

Martín, qué duda cabe, se fue transformando poco a poco en un boxeador competitivo. Primero a nivel local, luego sudamericano, e incluso latinoamericano a medida que más y más victorias iba encadenando. El salto definitivo lo dio el 20 de diciembre de 1975, en el Estadio Nacional, cuando con un KO fulminante a los pocos segundos de iniciado el combate, le arrebató el cetro sudamericano al ecuatoriano Gonzalo Cruz. El ranking mundial lo esperaba con los brazos abiertos tras ese triunfo. Y una pelea titular por la corona también. Todo era cuestión de contactos y, desde luego, de recursos.

Sobre sus cuatro combates por el cetro mundial (tres por el peso mosca y uno por la categoría inmediatamente inferior, minimosca), se ha escrito y opinado hasta la saciedad. Vistas además en directo, millones fueron testigos de lo que ocurrió en cada una de esas peleas.

El 17 de septiembre de 1977, en el ring montado en el Parque Carta Clara de Mérida, Yucatán, México, Martín hizo una dignísima pelea frente a ese maestro del ring llamado Miguel Canto. En la segunda pelea entre ambos, sin embargo, el 30 de noviembre del mismo año, en el Estadio Nacional, Canto, que ya conocía el peso específico de Martín, esto es, tanto sus virtudes como sus debilidades, ofreció un recital de maestría pugilística para imponerse de punta a cabo a lo largo de los 15 asaltos.

Con Betulio González, el 4 de noviembre de 1978, en la plaza de toros “Maestranza César Girón”, de Maracay, el aficionado transitó por todas las emociones que una pelea de esta jerarquía puede ofrecer. Porque así como llegó a creer durante los primeros cuatro asaltos que la corona de la AMB cambiaría de manos, viendo el vendaval de golpes que tiraba y encajaba Martín, pasado ese sofocón el venezolano fue paulatinamente imponiendo su mayor sabiduría y su variedad más amplia de recursos. El calor sofocante sobre el cuadrilátero, además, sumado a una humedad muy cercana al 80 por ciento, hicieron el resto. Osvaldo Cavillón y “Tito” Lectoure le habían advertido a Martín que dosificara, que tratara de no extenuarse tempranamente, pero toda recomendación de ese tipo se torna inútil cuando el instinto le dice al boxeador que está ganando, que sólo basta un golpe más para que fructifique la andanada.

La pelea de hace 40 años exactos en Kochi, aproximadamente a 1.000 kilómetros al sur de Tokio, en cambio, fue un desastre de principio a fin. Martín esa noche nipona (madrugada en el país), fue un fantasma, un autómata, un robot desprovisto por completo de espíritu y de alma. Nunca pudo con Yoko Gushiken, que además de velocísimo era zurdo, lo que supone siempre un problema extra para cualquier púgil diestro.

A ese combate, claramente, Martín llegó en las peores condiciones. No sólo porque dos meses antes el venezolano Luis Sierra le había dado una paliza, aprovechando que Vargas peleó siete rounds con una sola mano al pensar que la derecha se la había fracturado, sino porque en las semanas previas a esa pelea, que constituía la última gran posibilidad de su vida, había sufrido la muerte de su entrenador, Osvaldo Cavillón.

Cavillón no era el entrenador de más prestigio ni blasones de todos aquellos técnicos habitantes frecuentes del Luna Park. Pero cuando “Tito” Lectoure recibió la petición de designarle un entrenador, nunca tuvo dudas. Y es que Cavillón, malas pulgas e hincha fanático de Independiente de Avellaneda, fue el único que pudo dominar el espíritu indomable y cerril de un Martín Vargas que en el gimnasio quería hacer lo que él quería, y no lo que le ordenaban.

Desgraciadamente, Martín nunca destacó por su conducta. Y aunque claramente nunca relacionó las cosas, esa característica suya lo transformó siempre en un profesional a medias.

Su mayor virtud, y aunque parezca una colosal paradoja, fue al mismo tiempo su mayor debilidad: pensar que con esa pegada de peso pluma que tenía siempre podría salir de cualquier embrollo. Y eso, que puede bastar frente a boxeadores de la media e incluso algunos buenos, claramente no alcanza frente a tipos de un nivel superior y, como si fuera poco, profesionales ciento por ciento. No sólo porque en la víspera de cualquier pelea se preparan a fondo, dejando en el gimnasio todo lo que hay que dejar, sino porque, además de todo su variado bagaje pugilístico, poseen una capacidad de absorción al castigo muy por sobre el promedio.

Así aguantó estoicamente Betulio el castigo que Martín le propinó en esos asaltos iniciales. Así soportó Canto en Mérida un derechazo en el pómulo que le abrió una verdadera boca en el rostro, sin que ni siquiera se le doblaran las piernas. Frente a Gushiken, en cambio, nunca hubo nada de eso. Martín casi no tiró golpes, al punto que pronto quedó claro que la única incógnita era en qué round el combate acabaría.

Además de todas sus limitaciones y su cicatero profesionalismo, Martín Vargas tuvo además mala suerte, en el sentido de que por existir cuando él peleaba sólo dos organismos mundiales (el Consejo y la Asociación Mundial de Boxeo), necesariamente tendría que toparse, en su desafío máximo, frente a campeones notables o, por último, muy, muy sólidos.

Claramente, la irrupción de la Federación Internacional de Boxeo (FIB), primero, y la Organización Mundial de Boxeo (OMB), después, hicieron las cosas mucho menos dificultosas y escarpadas. Porque el cedazo para llegar a ocupar un lugar en alguno de los cuatro rankings mundiales que ahora existen es obviamente menos exigente, y por obvia consecuencia, los campeones también lo son.

No queremos decir con esto que, de haber existido antes la FIB y la OMB, Martín hubiese sido campeón del mundo. Pero desde luego que habría tenido muchas más posibilidades de las que en su momento tuvo.

No deja de ser curioso y llamativo el que, pese a todos sus errores, a todos sus renuncios, en cuatro décadas nadie ha podido bajar a Martín Vargas de su pedestal de ídolo incombustible. Habiendo existido, incluso, un par de figuritas que hasta técnicamente eran mejores, como Cardenio Ulloa y Carlos Ariel Uribe. Es que el ídolo trasciende todo. A un ídolo siempre se le perdona todo.

Viendo lo muerto que está el boxeo chileno, más muerto aún entre estallido y pandemia, al punto que ni siquiera el Campeonato Nacional Amateur pudo llevarse a cabo el año pasado, resulta más impensable que nunca el esperar que resurja alguna vez de las cenizas.

De partida, necesitaríamos de otro Martín Vargas.

Con todas sus virtudes. Aún con sus mismos pecados.