Mi “amigo”, Hernán Rivera Letelier

Me lo topé un día en una calle antofagastina y tuve la audacia de quitarle un rato de su tiempo. Con su habitual chaqueta de cuero negra, y una bolsita de pan en sus manos, el escritor pampino, hoy merecidamente Premio Nacional de Literatura, se mostró como una persona genuina, amable, cálida y sencilla. Todo un tipazo Rivera Letelier.

Me topé casualmente con él una mañana otoñal, pero soleada, frente a frente, en una calle de Antofagasta. Hernán Rivera Letelier, hoy Premio Nacional de Literatura, caminaba sin prisa vestido con su tradicional chaqueta de cuero negra y portando en una de sus manos una bolsita de pan. Confieso que tuve dudas de abordarlo. Después de todo, yo estaba allí cubriendo un Campeonato Nacional de Boxeo y el escritor pampino podía no tener el más mínimo interés de entablar una charla con un completo desconocido. Corría el año 2006.

Pero mi curiosidad pudo más. No todos los días uno se topa con un escritor de fuste, que a mí me había cautivado desde la publicación de su “opera prima” –“La Reina Isabel cantaba rancheras”-, que lo había catapultado a la fama tras obtener el premio del Consejo Nacional del Libro y la Lectura, aparte de una mención para el Premio Municipal de Santiago. Y, naturalmente, a partir de allí lo había seguido con avidez. Me había devorado “Himno del ángel parado en una pata”, “Fatamorgana de amor con banda de música”, “Los trenes van al purgatorio” y “Santa María de las flores negras”, entre otras. Y fue esta última la que me sirvió de pretexto para cometer la audacia de vencer mis aprensiones y abordarlo.

Y es que, conocedor de esa repudiable matanza de obreros pampinos, ocurrida el 21 de diciembre de 1907, bajo la presidencia de Pedro Montt y con el general Roberto Silva Renard como eficaz instrumento de las clases dominantes, no había dejado de llamarme la atención la inmensa cantidad de detalles que contenía la novela de Rivera Letelier acerca de la deleznable masacre. Para mí, hasta ese momento, sólo existía la información entregada por Luis Advis en su magistral “Cantata Santa María de Iquique”, interpretada también en forma magistral por el “Quilapayún”.

Tras identificarme como un periodista de deportes, pero que no gira ni vive exclusivamente para él, mi primera grata sorpresa fue apreciar que Hernán Rivera era un tipo absolutamente asequible, más allá de su fama. Llano, cálido, con una simpatía natural, el escritor pampino no pudo traicionar su esencia y se detuvo a conversar con este impertinente que de seguro le estaba postergando el desayuno.

Quería saber, fundamentalmente, si la descripción de la masacre era ficción o fruto de un acabado conocimiento de los dramáticos hechos. Y Rivera Letelier me sacó de dudas, respondiéndome que “toda novela, usted sabe, es una ficción. Pero en este caso, conocer a fondo los detalles de la matanza me significó meses de investigación en diarios y escritos de la época”.

Habremos conversado media hora, o poco menos, ante la llamativa distancia de los transeúntes. Que naturalmente lo reconocían, pero que al considerarlo uno más de los suyos sólo lo miraban con admiración y respeto y, a lo más, lo saludaban al pasar con un coloquial “¡cómo está, Hernán…!”, que él respondía con la misma naturalidad con la que se le responde a un amigo.

Si ya me encantaba como escritor, tras esa breve charla Rivera Letelier me había agradado muchísimo como persona. Y es que fue como que también yo me sentí un amigo suyo tras ese breve lapso de charla tan amena como grata.

No pude dejar de pensar, después, en discusiones literarias que había tenido con amigos que, sin menospreciar a Rivera Letelier, sentían especial predilección por Roberto Bolaño. Ambos eran, prácticamente, coetáneos. Lo elevaban a los altares pero yo, habiendo leído varias de sus obras, no entendía ese casi endiosamiento. “La pista de hielo”, “Una novelita lumpen”, “Amuleto”, “Los detectives salvajes” y “Estrella distante”, entre otras, jamás podrían haber sido calificadas de novelas infumables, pero que, en mí al menos, no habían dejado para nada ese sabor inconfundible del libro tan inolvidable como trascendente. Mucho menos una imperecedera huella.

De ellas, sin duda la que más me había gustado era “Estrella distante”. Pero si la ponía frente a “Cien años de soledad”, “El amor en los tiempos del cólera”, “La fiesta del Chivo”, “Conversación en la Catedral” o “Sobre Héroes y Tumbas”, por ejemplo, para mi modesta opinión había kilómetros de distancia. “Los detectives salvajes”, además, con sus casi mil páginas, me había parecido una lata espantosa, y dejado la impresión de que el producto quedaba igual con un tercio de la extensión que decidió darle a su historia Bolaño.

Debo reconocer, también, que aparte de encontrarlo un buen escritor, pero muy sobrevalorado, Bolaño se me había en cierta medida atravesado una vez que, dando una entrevista, había mirado en menos a Gabriel García Márquez y opinado que su “realismo mágico” estaba completa y absolutamente obsoleto. Su evidente ninguneo de un monstruo de las letras me pareció inconcebible. ¡Estás hablando de un Premio Nobel, muchacho –pensé-, y a ti todavía te falta mucho para intentar siquiera ponerte a su altura…!”. Un poco más de respeto, pensé también para mí mismo.

Con el tiempo, se sumaría otro antecedente que me llevó a pensar que Bolaño no era como persona un dechado de virtudes. Radicado en España, donde como se sabe murió, Bolaño hizo íntimas migas con Javier Cercas, uno de los literatos más importantes de la nueva narrativa española. Lo que no es poco decir, considerando que las letras hispanas han tenido siempre exponentes de nota.

Todo fue bien entre ellos, hasta que, en 2001, Cercas publicó su cuarta obra, una novela titulada “Soldados de Salamina”. Y el éxito que tuvo fue tan arrollador que la primera edición se agotó tan rápido que hubo que tirar otra. Pero ocurrió lo mismo con la segunda y con las varias más que le siguieron. Hasta 2005, la novela de Cercas había superado el millón de ejemplares vendidos y recibido una infinidad de distinciones y premios que serían larguísimos de enumerar. Sólo que, a partir de ese momento, Bolaño dejó de considerar a Javier Cercas el amigo del alma que hasta allí había sido. Le quitó el saludo y nunca más volvió a tratarlo.

Con una notoria tristeza, y sin entender nada, Cercas confesaría luego, en una entrevista, que nunca había podido saber qué le había pasado a su amigo Roberto Bolaño.

Conociendo ese episodio, me convencí de que en todas las profesiones y oficios nunca la envidia estará ausente, pero que esta se hace más notoria entre escritores y periodistas. ¿Será por aquello de la exposición pública a la que frecuentemente se ven sometidos?

Por cierto, jamás podría haber conocido realmente a fondo a Hernán Rivera Letelier robándole apenas media hora de su tiempo aquel mediodía soleado de Antofagasta, pero sí estoy convencido de algo: el nacido en Talca, pero pampino de corazón, es uno de los tipos más sencillos, humildes y genuinos que puede haber, en un país donde sobran los agrandados.

Pude apreciarlo una vez que, consultado si merecía el Premio Nacional, respondió muerto de la risa algo así como “noooo…., no creo. Eso es para los cracks, y yo sólo soy un jugador de Primera B”.

Si algo faltaba para que a Rivera Letelier lo considerara un grande con todas sus letras, lo encontré definitivamente una mañana en que, invitado a la Radio Cooperativa, al programa que todas las mañanas y de lunes a viernes animaba Cecilia Rovaretti (“El primer café”), el escritor pampino acudió para presentar y hablar de, en ese momento, su última obra: “El escritor de epitafios”.

Al finalizar la chispeante entrevista, Rovaretti le pidió que, a propósito del libro, improvisara epitafios respecto de personajes nacionales del primer plano político. Tras el desfile, la periodista la pidió el último, como cierre del programa: un epitafio para Sebastián Piñera, en ese momento Presidente de la República en su primera administración. Y, tras pensarlo sólo unos pocos segundos, Hernán Rivera Letelier respondió: “Tendría que ser algo así como aquí yace Sebastián Piñera Echeñique, un tipo que nació pobre, vivió pobre y murió pobre, y lo único que tuvo en su vida fue dinero”.

¡Grande, ídolo y maestro…!