Colo Colo Argentinos Juniors

Mis primeros zapatos de fútbol gracias a Diego Armando Maradona

El gran jugador argentino cumple 60 años y este día se abrieron mis recuerdos en torno del «D10S». Específicamente, me traslado a la jornada del 11 de marzo de 1980, en el Estadio Nacional. Fue la primera vez que vi a Maradona. La primera vez que lo aplaudí. Pero lo que pasó después de aquel amistoso entre Colo Colo y Argentinos Juniors se grabó de manera indeleble en mi memoria y en mis afectos.

Por RICHARD OLATE

Nunca vi a Pelé en la cancha. No alcancé, porque nací en 1969, pero mi padre lo disfrutó en el Nacional, en los torneos de verano de los 60 con el Santos multicampeón. “Nadie ha sido mejor que el Negro”, me lo repitió cada vez que pudo en este último medio siglo, así como siempre aprovechó de aseverar que «Cuá-Cuá» Hormazábal fue el más grande de los jugadores chilenos que vio en la cancha. Yo no vi a Pelé en directo, repito, pero cuando era muy chico vi en la tele un documental en Canal 7 llamado Esto es Pelé, donde mostraban que O Rei corría los 100 metros casi como el récor mundial de la especialidad, que saltaba y se quedaba flotando (como en el gol contra Italia en la final de México ’70), que era un atleta completo más allá de la pelotita. 

A pesar de lo anterior, de no haberlo visto jugar en vivo y en directo, y con el paso de las décadas y todas las pelotas que he visto correr en tantos años, sigo creyendo que Pelé es el mejor jugador de la historia. Sin objeción. Pero a la par de estas competencias odiosas y que ahora incluyen a Messi, para mí el futbolista más importante de todos los tiempos es Diego Armando. No sólo por su talento, su carisma, su historia repleta de conflictos, tragedias, llantos, peleas, en paralelo a otros mil brillos luminosos; no sólo por su impresionante carrera que seguí casi completa por cualquier medio desde fines de los 70 hasta avanzados los 90 –con las limitaciones propias de la época para ver sus partidos en directo-, sino también porque influyó por completo en que mi amor ya declarado por el fútbol se convirtiera en una pasión que corre por la sangre en cada célula.

De chico me llevaron al estadio, seguramente porque era una de los distracciones públicas populares a las que podían acceder –por su costo- mis padres. De cine, teatro u otras artes casi no tengo vestigios en esa primera infancia, a lo más alguna película de Cantinflas, un favorito de mi padre, en el cine Huelén del centro. Pero sí recuerdo haber estado con ellos en los tablones cercanos a la reja en la galería norte del Nacional, cuando ni había rekortán. No debo haber tenido más de tres o cuatro años y en ese momento todos en la casa éramos del Colo (estaba latente el maravilloso equipo del ’73 y faltaba un par de años para tener conciencia propia, salirme de la masa y cambiarme por siempre al glorioso oro y cielo), por lo que el albo era el protagonista principal de esas idas familiares al estadio. 

Con el tiempo, y a medida que fui creciendo, mi madre se convirtió en la compañera de esas jornadas. Se hizo socia del Colo y con sus cuotas al día nos íbamos todos los fines de semana al Nacional o al Santa Laura, donde hubiera función doble o triple, como en los viejos cines rotativos del centro. La tradición tenía sus agregados: para sobrevivir a esas casi seis horas de fútbol, ella compraba pasteles en Doña Peta, en calle 10 de Julio, nos íbamos caminando de la casa al Nacional por Avda. Grecia y siempre la ubicación elegida fue la galería sur –“porque en la norte a veces se ponen pesados los tontos”, decía mi madre sobre los hinchas del Cacique- en épocas en que la hinchada de la U, con el “Chuncho” Martínez de cabecilla, no era ni de abajo ni tan masiva en esa zona del coliseo ñuñoíno.

Seguramente, mucho de ello influyó para que terminara como periodista deportivo varios lustros más tarde. Y fue como tal –volviendo al tema original de este relato-, que me tocó ir a cubrir, para un diario nacional, en directo al Diego. 

Fue en 1994, semanas antes de la Copa del Mundo de Estados Unidos, en un frenético amistoso que terminó 3-3 entre Argentina y Chile en el Estadio Nacional. Los argentinos se preparaban bajo el mando del «Coco» Basile y tenían un equipazo con el Diego en su enésima resurrección y casi en su mejor forma. Lo recibió una ovación de la hinchada y en el partido mostró lo suyo con pases de calidad, una fuerte ascendencia sobre sus compañeros y esas ganas de ganar todos los partidos que jugaba. Puso una habilitación magistral a Balbo para el 2-1 parcial y al final del partido –me tocaba la labor de entrevistas en camarines ese día- se mostró afable, tranquilo. 

Y aunque jugó aceptablemente, no fue la figura de la cancha. Al final, mi jefe me mandó luego de ese partido a hacer notas para el suplemento del lunes al «Coto» Sierra –que jugó un partidazo y dio dos asistencias con su sello para los dos goles del «Chamuca» Barrera- y al «Matador» Salas, que debutó ese día con La Roja la última media hora y, cómo no, facturó de inmediato para poner el 2-2 parcial. De Maradona no se habló más en el diario hasta que le tomaron el doping en el Mundial unos meses más tarde. Y ya sabemos. Le cortaron las piernas, Argentina quedó eliminada y el Diego nunca más volvió a ser el Diego de los mundiales, del Napoli, el de la magia a nivel «D10S».

Pero ese juego del ’94 quedó apenas como una anécdota y me acuerdo más de las extrañas entrevistas que tuve que hacer al «Matador» Salas y a Sierra, que de algo relativo al crack argentino. El día clave fue el 11 de marzo de 1980. 

Con sólo 19 años y ya dueño de una fama mundial por su talento, todavía era el chico de Argentinos Juniors. Aunque por mi edad aún no era tan consciente de lo que pasaba más allá del entorno de mi casa y del colegio, eran años duros por la dictadura, la pobreza, el miedo que rondaba. Y en ese escenario, la tele y el fútbol quizás eran los dos grandes métodos de escape. Quienes tenían el poder sabían de ello, así que para mantener a la masa tranquila, un símbolo claro del pan y circo para el pueblo, fue tomar a Colo Colo y promoverlo, traerle rivales internacionales, programarlo a horas y días estratégicos para tenerlos a todos en casa, sin revoloteos extraños en las calles.

No sé si en realidad fue directamente parte de ese plan, pero el Diego llegó por primera vez a las canchas chilenas con la camiseta del “Bicho” para enfrentar al Colo Colo que venía de ser campeón el año anterior. No sé cómo -porque el estadio estaba lleno con más de 65 mil personas- mi madre consiguió entradas y a mitad de semana estábamos en el codo sur del Nacional, como en tantas jornadas. En la cancha, Maradona mostró todo lo que tenía para entregar. Aún siendo un adolescente, nunca se achicó, encaró con pelota cada vez que pudo, tuvo un tiro en el palo tras un carrerón de 50 metros, esquivó 100 patadas, pero hubo unas cuantas que lo dejaron bien magullado. Porque al frente estaban Leonel y Atilio Herrera, y el “Yeyo” Inostroza, exponentes claros de la vieja premisa “pasa el balón o el jugador, pero nunca los dos”. De hecho, nunca he olvidado el fierrazo que le puso «Chuflinga» o «Patitas con Sangre» (el que más le guste para hablar del viejo Leonel) al Diego, que todavía no me explico cómo siguió vivo…

El partido fue entretenido. Tras la extraña y saquera expulsión de Domenech, dos goles de Carlos Humberto para el 2-0 parcial –el primero offside y el segundo en su estilo evitando el guadañazo del portero Rigante- y dos de Molnar pusieron el empate, en medio del recital de Maradona. Los comentarios en la gradería iban desde “se pasó el cabro chico” y “hace lo que quiere con la zurda”, hasta “es bien teatrero” y “lloroncito el Maradona”. Eso sí, nadie lo desmerecía. “Es bien bueno pa’ la pelota el che”, dijo incluso mi madre en un momento. Casi al final del partido, echaron a Molnar, Argentinos Juniors quedó con 9 y eso lo aprovechó Mané Ponce con un tiro libre al ángulo al minuto 89 para poner el 3-2 definitivo a favor de los albos. 

Quedaba apenas un par de minutos de descuento y vino el patadón de otro mundo de «Chuflinga», el enojo de los trasandinos con el Diego retorciéndose en el suelo y con tanto dolor que terminó saliendo en camilla y, en medio de un revoltijo de gente en la cancha, con carabineros, fotógrafos y otros más, el árbitro Víctor “Colo Colo” Ojeda (como era conocido en las graderías a quienes semana a semana lo veíamos favorecer a los albos) dio por terminado el juego antes de que todo pasara a mayores y los colorados se lo comieran vivo.

Como era lógico, Maradona, además de adolorido, se fue medio enojado (por el arbitraje, las patadas, pero principalmente por haber perdido, tan propio de él durante toda su carrera), pero ovacionado. Los que sabían de fútbol reconocieron su talento y el espectáculo se había pagado con creces. 

Pero en lo que me toca, lo que pasó en el Nacional esa noche solo fue el preámbulo de lo más importante. Lo grabado a fuego, gracias al Diego, aconteció días después. Porque con la entrada al estadio se sorteaban premios, algo propio de la época como las rifas en el colegio y los bingos en la parroquia del barrio. Ya fuera para marketing, justificar los precios de las entradas, potenciar alianzas o dar alegrías al pueblo sometido. Había premios y, como con los boletos de Polla o Lotería, la esperanza era lo último que podía perderse. 

Mi madre me dejó guardar los dos boletos para cuando salieran los resultados del concurso, así que pasaron unos días llenos de nervios para un apostador de 10 años, hasta que por fin mi padre apareció con el diario donde habían publicado el listado de ganadores. Empecé a revisar: electrodomésticos, televisores, radiocassete, equipos tres en uno, algo de ropa, unas cajas de comida. Llegué a las zapatillas y los zapatos de fútbol. Ya no recuerdo el número, pero el que tenía en la mano coincidía con el que aparecía con la leyenda zapatos de fútbol, marca Power. Revisé una, dos, tres veces. Sí, ganamos. Mi madre estaba tan feliz como yo. Unos días más tarde hubo que ir a buscarlos cerca de Canal 7, en calle Bellavista. Fui con ella. Y apenas me los dieron, número 37, negros con ese logo Power tan característico, me salió una pequeña lágrima de felicidad. Pasamos a comprar unas rosquillas en el Doña Peta. Llegando a la casa le mostré, feliz, el premio a mi papá y a mi hermana.

Por eso el Diego es el más importante. Porque hasta ese momento nunca había tenido unos zapatos de fútbol de verdad. Porque ese año, en sexto básico, me tocaba probarme para quedar en la selección del colegio, en la categoría mini, y los necesitaba más que a mi vida. Porque en ese tiempo los zapatos de fútbol no eran masivos ni menos baratos y en mi casa había muchas otras cosas más importantes en qué gastar el dinero. Porque esos Power (que eran feos y nada comparado con los Adidas, los Nike o los Reebok que tuve décadas más tarde) fueron por años, y hasta que se rompieron del uso, mis compañeros en las canchas de fútbol, de pasto con la selección del colegio, de tierra en las canchas en el Nacional con el Real Santiago del barrio. Porque para mis padres fue una alegría inmensa y un alivio gigante poder complacer a su hijo. Porque, a fin de cuentas, gracias al Diego y ese partido poco amistoso contra el Colo pude tener mis primeros zapatos de fútbol, que llegaron casi del cielo, como la famosa mano de Dios.

Ahora, si me preguntan: a Pelé dámelo siempre en la oncena ideal de todos los tiempos, pero a Maradona dámelo a cada minuto para endulzar las venas llenas de fútbol. No te lo había dicho desde el 80, así que gracias, Diego Armando. ¡Y feliz cumpleaños!

Las formaciones iniciales de este partido fueron las siguientes:  

Colo Colo: Mario Osbén: Mario Galindo, Leonel Herrera, Atilio Herrera, Daniel Díaz; Eddio Inostroza, Carlos Rivas, Severino Vasconcelos, Ramón Ponce, Carlos Caszely y Juan Carlos Orellana. DT: Pedro Morales.

Argentinos Juniors: Roberto Rigante; Carlos Carrizo (Carlos Vidal), Eduardo Beaulieu, Néstor D’Angelo, Adrián Domenech; Eduardo Solari, Ricardo Giusti, Diego Maradona; Luis Petti (Miguel Ángel Molnar), Silvano Espíndola (Rubén Ríos) y Eugenio Morel. DT: Miguel Ángel López.

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