Muere la incorruptible actriz Glenda Jackson 

Ayer se anunció el deceso de la artista a los 87 años de edad, tras una enfermedad escueta y fiel a sí misma, sin aspavientos. Como quien llega al mundo, deja un legado eterno, y se va cerrando con la puerta tras de sí.

Por SEBASTIÁN GOMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO

“Queríamos tanto a Glenda que no podíamos tolerar a los advenedizos”, leemos en un párrafo del cuento Queremos tanto a Glenda, del escritor argentino Julio Cortázar, casi como una admonición de la cultura en cualquier tiempo pero sobre todo hoy. Si bien es cierto que los libros del trasandino ultra afrancesado envejecieron mal y resulta imposible tomarse en serio toda esa monserga, no es menos cierto que la actriz británica ha quedado en la memoria colectiva como una intérprete descollante y feroz, además de ostentar, sin ínfulas, la triple corona: Oscar, Emmy y Tony.

Con 87 años, la ex diputada laborista fue una figura radical dentro del espectáculo y la política británica. De una personalidad desafiante al tiempo que aterrizada, supo recaudar tanto admiración como rencores, amparada en una carrera cinematográfica extraordinaria, al punto que acuñó una frase hermosa: “El mejor premio es el trabajo”. 

Seguramente se refería al hecho de que trabajar, siendo mujer y de clase trabajadora, ya era algo digno de agradecer; pero además también se refería al hecho de que para un artista de verdad, el reconocimiento real es poder seguir trabajando en lo que hace y ser reconocido por eso y no por una vida poética pero precaria. 

La actriz falleció en su casa en la capital inglesa tras una “breve enfermedad”, según comunicó su agente, que también confirmó que había alcanzado a completar el rodaje de una última cinta: The Great Escaper, título que podría ser metáfora o corolario de toda su vida. En este película también trabajó con otra eminencia: Michael Caine, que tiene 90 años. Durante los últimos años de su vida se supone que trató de difuminar la imagen de mujer lenguaraz, esa fama de ferocidad que la seguía a todas partes. 

Hija de un carpintero y una mujer que trabajaba en aseo, vivía hace 15 años en una casita debajo de la de su único hijo, el comentarista político Dan Hodges, con quien tenían profundas diferencias políticas. Algo impensable, dirán algunos, pero sumamente común entre pupilos y progenitores. 

También se recuerda el hecho de que no acudiera a las premiaciones de los dos Oscar que ganó: por Mujeres enamoradas, en 1969, y Un toque más de clase, de 1973. No es de extrañar que Cortázar fuera tan enfático en su querencia por la actriz británica, que deja un legado imperecedero tanto para actrices como para cinéfilos y politiqueros. Se están yendo los grandes.