Murió Roger Mayweather, el que puso fin al sueño de Benedicto Villablanca

A los 58 años dejó de existir quien fuera campeón del mundo en dos categorías y quien, el 17 de agosto de 1983, derrotara por nocaut al peleador nacional que había rozado la gloria tras vencer en polémica pelea a Samuel Serrano.

Por Eduardo Bruna

Le decían la “Mamba negra”, por esa serpiente venenosa que habita en el África subsahariana. Y es que su ataque rápido, certero y frecuentemente letal, era como el de ese reptil tan temido como repudiado. Nos referimos a Roger Mayweather, campeón del mundo en dos categorías y que acaba de fallecer con sólo 58 años. Y lo recordamos por su ligazón con el boxeo chileno luego que, el 17 de agosto de 1983, en el ring montado en el Showboat Hotel, de Las Vegas, terminara abruptamente con el sueño de Benedicto Villablanca de volver a tener ese cinturón de campeón del mundo que había ostentado durante 17 días.

Para ello hay que retrotraerse a la noche del 5 de junio de 1982, cuando en el Teatro Caupolicán se llevó a cabo uno de los combates más polémicos en toda la historia del boxeo.

Manejado por el promotor español Ricardo Liaño, Benedicto Villablanca, peleador melipillano, fue escalando lenta pero sostenidamente en el ranking mundial de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB), hasta quedar entre los diez primeros retadores tras consagrarse campeón latinoamericano el 7 de agosto de 1981, venciendo a Luis Bendezú.

Liaño, que no se andaba con chiquititas, inició muy luego los contactos con Pepito Cordero, manejador puertorriqueño del campeón del mundo de los livianos juniors reconocido por la AMB: el también puertorriqueño Samuel Serrano. Consciente de que la opción de Villablanca de ganar la corona era reducida, Liaño puso todo su empeño en montar el combate en Chile, y con una atractiva oferta en dólares, lo consiguió.

Tanto para Cordero como para Serrano, el combate iba a ser de mero trámite. Y no era arrogancia: bastaba apreciar la trayectoria de uno y otro.

Sin embargo, en un Teatro Caupolicán semi desierto, por la crisis económica que azotaba al país y el altísimo costo de los boletos, los pocos espectadores que pudieron ver la pelea en vivo y en directo, y los millones que la presenciaron a través de la TV, no podían salir de su asombro conforme avanzaba el combate.

Y es que, a pesar de sus evidentes limitaciones, Villablanca hacía una pelea más que digna. A sabiendas de que Serrano, consagrado campeón del mundo desde el 16 de octubre de 1976, cuando derrotó en San Juan a Ben Villaflor, era un boxeador gastado y veterano, y un poco desprovisto ya de ese fuego sagrado tras defender exitosamente 15 veces su cinturón, Villablanca desde el primer tañido de la campana había propuesto una pelea franca, de “dame que te doy” que, para cualquier entendido, era casi suicida.

Pero he aquí que Serrano, a pesar de sus condiciones, su experiencia y sabiduría, pudo ver de pronto que el chileno no era tan “pan comido” como todos -incluido él y su manager Cordero- habían creído. Si en algún momento habían pronosticado una victoria en los tres primeros asaltos, el fervor de Villablanca, su colosal estoicismo y notable capacidad de absorción a los envíos de su rival, los fueron haciendo dudar.

“Del ring van a tener que bajarme muerto”, había dicho Benedicto Villablanca, y lo estaba cumpliendo. Porque a pesar de que la proporción de golpes era al menos tres a uno a favor del campeón del mundo, Villablanca afrontaba cada nuevo round como si el combate recién empezara.

Y en medio de ese ataque constante, como de “kamikaze”, Villablanca logró partirle una ceja a Serrano mediante un derechazo que aterrizó de lleno en el rostro del “boricua”. La herida, que sangraba profusamente, hizo que el campeón del mundo, a favor de su clara ventaja en las tarjetas, de ahí en adelante se midiera cada vez más en cada cruce.

La intervención del doctor Roberto López, médico oficial del combate, desató la locura. Tras examinar una vez más el corte de Serrano, hizo el gesto de “no va más”. Y sin esperar la decisión final del árbitro venezolano Jesús Celis, la única que al final valía, el escaso público del “ring side” invadió el cuadrilátero celebrando frenéticamente la inesperada victoria.

A partir de ese momento, todo fue un pandemónium. Y tanto Celis, como el sancionador oficial del combate designado por la AMB, el estadounidense Nick Karasiotis, absolutamente superados por lo que estaba ocurriendo, de seguro no pudieron dejar de recordar que, en ese crítico momento, estaban en un país en que mandaba la más brutal de las dictaduras. La historia (o el mito) cuenta incluso que Ricardo Liaño, ubicado detrás del sancionador en el ring, le habría puesto dos de sus dedos en la espalda, simulando el cañón de un revolver, y lo habría conminado a calzarle el cinturón de campeón del mundo al peleador nacional, luego que Celis, también urgido por los acontecimientos, le levantara la mano declarándolo ganador de la pelea.

“Pónle el cinturón, o de aquí no sales vivo”, le habría dicho Liaño a Karasiotis.

Todo, sin embargo, duró exactamente 17 días. Los que tardó el Comité de Campeonatos de la AMB presidido por Luis Batista Salas, claramente hombre de Pepito Cordero, en declarar nula la pelea.

De nada valió el apresurado viaje a San Juan de Liaño y del presidente de la Federación de la época, Alejandro Reid, más Villablanca. Su pretensión, en el sentido de que se reconociera como campeón del mundo al pugilista chileno, y que se decretara una revancha directa con Serrano, fueron inútiles.

Lo máximo que pudieron obtener fue la promesa de que Serrano no tendría problemas en darle una nueva opción a Villablanca. En cualquier parte, menos en Chile.

En el intertanto, sin embargo, Samuel Serrano pactó una nueva defensa de su corona, a esas alturas la número 17, frente a un boxeador estadounidense emergente: Roger Mayweather. Y en el estadio Hiram Bithorn, de San Juan, el tío de Floyd no desaprovechó la oportunidad: se quedó con la corona mediante un nocaut técnico que significó el fin del largo reinado de Serrano entre los livianos juniors del mundo y apuró el fin de la carrera del boricua: tras esa derrota sólo hizo tres peleas más antes de decidir colgar definitivamente los guantes.

El panorama, pues, para Benedicto Villablanca había cambiado radicalmente. De enfrentar a un campeón del mundo que, como Samuel Serrano, ya no quería más, pasaba a jugarse su opción frente a un hombre que, como Roger Mayweather, con 22 años estaba deseoso de comenzar a escribir su propia historia en los encordados del mundo.

Tras defender exitosamente su cinturón frente a Jorge Alvarado, el 26 de febrero de 1983, le otorga la opción a Villablanca. Y, tal como se esperaba, Roger Mayweather zanjó el confronte en apenas un round. Todos los consejos del equipo técnico del púgil nacional no habían valido de nada. Sabedores de los agudos problemas que Mayweather había tenido en la víspera para encuadrarse en la categoría liviano junior (130 libras, o 58.970 kilos), la estrategia era aguantar todo lo que se pudiera en los primeros rounds, seguros de que el sobre esfuerzo -incluida una visita a los baños turcos- tendría que hacer mella en “Black Mamba”.

Pero Villablanca no era un peleador de cálculos. Sanguíneo, convencido de que la estrategia utilizada frente a Serrano igual le serviría, fue de entrada al cambio de golpes. Y así le fue: tras un cruce, un derechazo en la sien lo tiró a la lona por toda la cuenta.

Mayweather, un gran boxeador aunque no un extraordinario boxeador, defendió una vez más su corona, aparte de realizar varios combates sin título en juego, hasta que se topó con quien sería su “bestia negra”: el mexicano Julio César Chávez, quien le arrebató el cinturón el 7 de julio de 1985.

Pero el 12 de noviembre de 1987, Roger Mayweather, dos categorías más por sobre lo que había sido su peso original, es decir, ahora superligero, volvía a ser el mejor del mundo en su peso, tras derrotar a René Arredondo en el Sports Arena, de Los Angeles.

Luego de seis defensas exitosas, el 13 de mayo de 1989 volvió a encontrarse con Chávez, quien en Inglewood repitió el desenlace anterior.

A partir de ese momento, Mayweather inició su inevitable declive. Combatió en otras 32 peleas y, aunque ganó la inmensa mayoría de ellas, ya no era el boxeador de primera línea que alguna vez había sido.

Retirado, se dedicó a entrenar a su sobrino, Floyd. Uno de los boxeadores con más condiciones innatas de los últimos tiempos pero, paradójicamente, uno de los más grandes estafadores que alguna vez hayan pisado un ring. Porque rara vez peleó. Lo suyo era asestar un par de golpes bien dados y luego “agarrar la moto”, a sabiendas de que con eso el round ya le pertenecía.

Aquejado desde el 2015 de diabetes, se dice que los últimos años de Roger fueron una pesadilla. Le fallaba la memoria, hablaba incoherencias y a menudo sorprendía con afirmaciones o juicios cada vez más delirantes.

Hasta que este martes, con apenas 58 años, dejó de existir.

Como no podía ser de otra manera, Julio César Chávez lo recordó con emoción y cariño. Acá en el país, Benedicto Villablanca seguramente se transportó a aquella noche de Las Vegas, cuando sus sueños de tener ese cinturón de campeón del mundo que ostentó durante 17 días se diluyeron definitivamente.