No se escandalice: esclavitud en la antigua Roma y amores extramaritales

Las relaciones sentimentales entre esclavos y dueños fueron algo bastante frecuente, tanto para hombres como para mujeres.

Por EL ÁGORA / Foto: ARCHIVO

Las relaciones sentimentales entre los esclavos y sus dueños fueron algo bastante frecuente en la antigua Roma. Tanto hombres como mujeres mantuvieron este tipo de amoríos con sus siervos, aunque en el caso femenino debía hacerse con absoluta discreción, pues era considerada una relación de infamia.

En el último tercio del siglo I después de Cristo algo estaba cambiando en la moral sexual de Roma. Hoy nos sorprende un modelo familiar así, pero porque somos herederos de una tradición que emerge en ese momento y que el cristianismo asume: la que venera la monogamia, el matrimonio duradero y estable como un vínculo fundado en la castidad y la fidelidad mutuas.

Si otorgamos verosimilitud a las plumas más críticas de la literatura romana, progresivamente se habría ido produciendo una decadencia moral en el seno de la sociedad latina.

Ésta se manifestaba no tanto en la libertad de goce sexual para el varón no esclavo -algo que nunca se cuestionó- como en la drástica reducción de la práctica del matrimonio legal entre los sectores privilegiados de la sociedad y en la ostensible emancipación y censurable libertinaje en el que (a ojos de sus contemporáneos) incurrían algunas divorciadas o viudas acaudaladas que eran, por lo demás, codiciosamente observadas por ojos varoniles a la caza de fortunas.

Los más críticos afirmaban que en el seno de la sociedad latina se habría producido una decadencia moral de manera progresiva, según recoge un artículo publicado por National Geographic.

En el origen de prácticas tan permisivas, y que habían tendido a liberalizarse a regañadientes a favor de las mujeres romanas, había un condicionante previo decisivo, y diversas y conocidas válvulas de escape.

El condicionante derivaba de los pactos matrimoniales, pues eso eran exactamente las uniones de derecho: pactos entre el marido y el padre de la novia en los que se establecían garantías por parte del marido, comúnmente un hombre maduro, y una dote aportada por el padre para la novia, habitualmente una adolescente que dejaba sus muñecas en ofrenda a los dioses del hogar la víspera del matrimonio.

Cuando los intereses pecuniarios primaban, poco espacio quedaba para los afectos, al menos de entrada. El matrimonio era, pues, el medio para lograr descendencia legítima, pero no una unión por amor estable y duradera.

En cuanto a las válvulas de escape que podían aliviar las presiones en un hogar fundado sobre acuerdos y convencionalismos sociales, existían las prácticas amorosas fuera de casa (adulterio y prostitución) o dentro de la misma, con los esclavos.

Los esclavos fueron, pues, objeto del deseo de sus dueños, masculinos o femeninos. Padres con hijas casaderas y maridos de buena posición, desconfiados o preocupados por preservar con garantías la legitimidad de su progenie, mandaban custodiar a sus mujeres por eunucos que las acompañaban fuera del hogar o que vigilaban sus aposentos durante la noche.

El emperador Domiciano (81-96 d.C.) intentó erradicar las prácticas del adulterio y la castración, con pobres resultados. Curiosamente, la castración no bastaba como garantía de castidad: un eunuco castrado en la pubertad, y no de niño, era ideal: podía satisfacer veleidades sexuales sin riesgo de embarazo ni necesidad de abortivos.

Las matronas, pues, podían proyectar la satisfacción de sus deseos sexuales sobre el personal servil. Pero tales prácticas debían realizarse de modo furtivo, puesto que resultaban infamantes para ellas y sus maridos.

Por el contrario, siempre estuvo admitido que el patrono utilizara a su servidumbre libremente en el plano sexual. Durante siglos se suceden los ejemplos de amantes esclavas que gozaron de la mejor consideración por parte de sus patronos y que con frecuencia merecieron la libertad como prueba de reconocimiento, de gratitud o de amor.

Así, el concubinato se tornaba honorable, pues se trataba de la relación con una mujer libre. Una unión de hecho ciertamente, pero cuyos descendientes poseerían la condición libre, en tanto que un hijo de patrono y esclava hubiese seguido siendo esclavo.

¿Y qué se esperaría de la esposa hacia un marido que mantenía relaciones con una esclava? Los amores con esclavas parecen haber sido aceptables y frecuentes, y llegaron a convertirse en una estrategia para evadir el matrimonio entre los nobles romanos de finales de la República y comienzos del Imperio.

Así, del emperador Augusto (27 a.C.-14 d.C.), que intentó remediar el agotamiento de linajes sin descendencia legítima restringiendo esas libertades, se sabe que su propia esposa, Livia, le procuraba esclavas para satisfacer su apetito sexual.

En cierto modo, el concubinato constituyó finalmente la forma oficiosa y socialmente aceptada de canalizar no tanto veleidades libertinas como relaciones fundadas sobre afectos y que no podían sancionarse con el vínculo matrimonial. El amor unía así lo que las fronteras del derecho separaban inexorablemente.